Capítulo 8
Griffin Cabreado. Esa es la palabra que describe cómo me siento ahora mismo.
Nadia Dalca se me ha clavado como una astilla en la puta piel, tanto que es casi imposible sacarla. Y es de lo más irritante.
La florecilla silvestre. No quiere que la domestiquen, y yo no debería querer intentarlo con tantas ganas. Debería hacer que saliera corriendo en dirección opuesta.
Hacía años que una mujer no despertaba mi interés más allá de algún intercambio anónimo y despreocupado.
Mis días de futbolista fueron una locura, y hay unas cuantas mujeres en la zona a las que puedo llamar cuando me surge la necesidad.
No sirven para darle a mi madre los nietos que tanto desea, pero sí para aliviar la picazón.
Y es una forma fácil de conservar mi vida privada.
Me dirijo al establo para empezar el día. Las horas pasan mientras hago mi labor de forma metódica: trabajo con un potro tras otro, hasta que los cinco han entrenado lo suficiente. Nadie me habla, nadie me molesta.
Excepto Nadia.
Ella sí que me molesta. Me persiguen sus labios, me preocupa lo que dice y me avergüenza que sea catorce años más joven que yo, que viva en el mismo rancho y que esté totalmente fuera de los límites.
Debería ir al pueblo esta noche y follar con Natasha, que no hace preguntas, ni me replica, ni me mira con una sonrisa descarada ni me la pone dura sin ni siquiera tocarme.
Podría desahogarme con ella, tranquilizarme un poco y librarme de la tensión, y luego volver al rancho y ponerme a trabajar sin pensar en follar con una chica a la que ni siquiera debería mirar.
—Quizá otro día —murmuro, y le doy al último de los caballos una palmada firme en el anca.
Ahora mismo no estoy de humor para estar con otra mujer.
No sé cuándo lo estaré, cuándo otro polvo sin sentido encajará en mi agenda y, aunque me sobra el tiempo libre y puedo hacerlo cuando me dé la gana… , no quiero.
Estoy dándole vueltas a la idea en mi mente cuando oigo tras de mí el crujido de unas ruedas sobre el asfalto.
Mira se detiene a mi lado con la camioneta y baja la ventanilla con una expresión de urgencia.
—Hola, Griff. Vas a tener que darle la clase de equitación a Nadia.
Vamos, no me jodas…
—¿Cuándo?
Mira el reloj.
—Dentro de una hora.
Frunzo el ceño. Sé que me ofrecí, pero en realidad no esperaba tener que hacerlo. Solo intentaba ser educado.
—¿Por qué?
—Porque Billie está en el hospital. Parece ser que ha roto aguas, pero es demasiado pronto, y voy a verla. Ha sido ella quien me ha dicho lo de la lección. —Tamborilea con impaciencia en el volante.
—¿En serio se preocupa por una clase de equitación cuando se ha puesto de parto?
Se encoge de hombros como si fuera lo más normal del mundo.
—Sí. Y también me ha dicho que tengo que ir porque soy la única médica a la que le confiaría su vagina.
Resoplo, sacudiendo la cabeza.
—Las tías sois la hostia de raras.
—Totalmente. —Asiente, para nada ofendida—. Entonces, ¿le darás la clase?
—Sí, sí. —Le hago un gesto para que se vaya—. Ve a tratar con ella su… eso. Ya sabes… Que te vayas.
—Vagina —ríe Mira, subiendo la ventanilla—. La palabra que buscas es «vagina».
Se aleja y yo regreso a los establos, anhelando la tranquilidad de mi finca en la montaña.
—¿Qué haces aquí?
Nadia parece tan feliz como yo por las circunstancias, pero tengo claro que soy el que mejor puede encargarse de este trabajo y el único que tiene tiempo para hacerlo. Un tiempo que podría haber pasado con Natasha o con otra mujer. O con cualquiera que no fuera la tentadora rubia que tengo delante.
—Billie está en el hospital. Así que me han p… p… —Me callo y me paso una mano por la cara. A estas alturas debería saber cómo evitar las palabras que me hacen trabarme, pero soy tan imbécil que caigo en todas.
Al menos soy coherente en mis decisiones vitales.
Cuando aparto la mano, Nadia me está mirando con curiosidad, con la cabeza ladeada y los ojos brillantes, apoyada en la valla.
—¿Te han pedido que me entrenes? —termina la frase. Asiento. Ya me he cansado de hablar, y echo de menos estar solo—. Te he oído hacer algo así antes.
—Sí —mascullo con un tono más seco del que pretendía, y no me sorprende que se sobresalte.
—¿Tartamudeas? —Lo ha preguntado sin más, sin rodeos, sin vergüenza, sin arrepentimiento… Solo lo ha soltado y ya.
Me gusta que siempre diga lo que piensa: lleva el corazón por bandera, y por eso me cabreó tanto verla tan recatada y complaciente con ese imbécil la otra noche. Quería que lo mandara a la mierda, porque eso era lo que se merecía.
Aunque apenas la conozca, en el fondo sé que es así. Y perder el tiempo con una persona con la que no puedes ser tú mismo es una pérdida de tiempo absurda, así que no me molesto en mentirle. Ahora soy así.
—Sí —murmuro, volviéndome hacia la puerta—. Empecemos.
—¿Billie está bien? —Su mirada refleja una pizca de preocupación.
Inspiro hondo: tengo poco consuelo que ofrecerle.
—La verdad es que no lo sé.
Asiente con un enorme suspiro.
—Vale. —Su tono vuelve a ser despreocupado y alegre—. Pues enséñame a montar.
Casi suelto un gruñido. Cuando me dice cosas así tengo que recordarme que es catorce años más joven, está en la flor de la vida y lo último que necesita es alguien como yo, solitario y hecho polvo; y además no puedo traicionar la confianza de Stefan liándome con su hermana pequeña.
—¿Lo has hecho alguna vez?
—No. —Se pone a mi lado y recorre a Mancha con la mirada. No me extraña, es un caballo muy guapo—. ¿Cómo se llama? —Lo señala con la barbilla.
—Mancha. —Abro la verja y le paso el ronzal de cuero—. Ve con él.
—¿Mancha? —La miro como preguntando «Sí, ¿y qué?»—. No es un nombre muy creativo, con esas manchas que tiene. —Entra en el prado con confianza y sostiene en alto el ronzal para que el caballo meta la cabeza—. Sería como llamarme «rubia» en lugar de «florecilla silvestre».
Rechino los dientes cuando menciona ese apelativo cariñoso, y me doy perfecta cuenta de que hace comentarios como ese para divertirse: está apretando los labios en un patético intento de disimular la sonrisa.
—Nadia. —Pronuncio su nombre como una advertencia, agradeciendo en silencio al universo que no empiece por ce ni por te. Regañarla tartamudeando no sería tan efectivo.
—¿Sí? —Me mira con los ojos muy abiertos y parpadea con aire inocente. Mocosa malcriada…
—Llévalo al establo y ensíllalo. ¿Crees que podrás hacerlo?
—Sí, entrenador. —Su voz destila pura diversión, y pasa junto a mí hacia las impecables instalaciones.
Si no estuviera tan fuera de los límites, la pondría sobre mis rodillas, y me importaría muy poco la diferencia de edad.
Me quedo mirándole el culo mientras guía a Mancha hacia el establo. La forma en que esos vaqueros se ciñen a sus redondeadas nalgas es hipnótica. Dibujan la curva de su estrecha cintura y se ensanchan en las caderas.
Si buscaras «figura de reloj de arena» en el diccionario, seguro que encontrarías una foto del pecaminoso cuerpo de Nadia Dalca.
Preparamos a Mancha, que está amarrado al box. Le enseño los arreos que va a necesitar y le explico lo que es cada uno y cómo colocarlo de forma segura.
Pasa la punta de la lengua entre los dientes, concentrada, esforzándose por memorizar lo que le digo.
Han desaparecido los comentarios insinuantes y el flirteo: ahora está concentrada en aprender lo que estoy enseñándole, y eso hace que me parezca aún más atractiva: es lista y espabilada y está poniéndolo todo de su parte, algo que respeto.
Y no me mira diferente desde que sabe que tartamudeo.
No se ha compadecido, ni me ha juzgado ni me ha tratado como si fuera un cachorrito herido.
Me ha hecho una pregunta directa y ha seguido adelante sin más.
Su reacción, o más bien su falta de ella, me relaja.
Las palabras fluyen con facilidad y me dejo llevar para compartir con ella una tarea que podría hacer con los ojos cerrados.
—Vale, coge el casco y salgamos.
—Ah, no, no hace falta. —Va hacia la puerta como si pensara que voy a dejar que saque su estupendo culo del establo sin ponerse el casco.
—Ni de broma. Ponte el casco. Ya.
Se vuelve hacia mí, pone los ojos en blanco y los brazos en jarras, de un modo que me hace ser muy consciente de su edad.
—El casco no es obligatorio. Es legal no llevarlo.
Entrecierro los ojos; no he pasado por alto la indirecta.
—Me da igual que sea legal . Deja de comportarte como una cría. —Señalo bruscamente la sala al fondo del pasillo, donde sé que guardan los aperos y la ropa de montar, dejando que la ira inunde mis gestos. No hay discusión posible—. Si no te pones el casco, no habrá clase.
Estamos frente a frente, y busca en mi rostro una respuesta que no va a encontrar. Y debe de darse cuenta, porque sus estrechos hombros se mueven cuando suspira profundamente.
—De acuerdo. Deja de refunfuñar. No hace falta que te tomes tan en serio lo del rol paterno. Ahora vuelvo.
Tras unos minutos sale abrochándose la correa bajo la barbilla.
—Si tuvieras este pelo rizado y rebelde que tardo una eternidad en alisar, lo entenderías —murmura; coge las riendas de Mancha y sale al centro de la enorme pista de arena.
El pelo. Está preocupada por su puto pelo en vez de por su cerebro. Rechino los dientes y sacudo la cabeza; la sigo, intentando controlar mi mal genio.
—Ve junto a las escaleras para montar —digo, acercándome a los grandes escalones de madera—, pero, antes, comprueba la cincha.
A veces los caballos contienen la respiración cuando les pones la cincha, lo que significa que está suelta cuando te subes; es la forma típica de caerse para un novato.
—Para mis adentros, me doy una palmadita en la espalda por no haber tartamudeado con la palabra «típica».
Siempre estoy haciendo recuento de las palabras en las que me trabo, no puedo parar. Es agotador.
Nadia asiente y pasa la mano debajo de la silla; se pone de puntillas para intentar apretar la cincha. Mancha echa las orejas hacia atrás, muy poco impresionado por sus esfuerzos.
—No estás intentando asfixiarlo. —Me acerco lo suficiente para que su brazo roce mi bíceps.
Siento el calor de su cuerpo y el leve aroma de su perfume, que flota en el aire entre nosotros.
Pero no se aparta de mí. Observa mis manos, concentrada al máximo, pero a mí me distrae la punta sonrosada de su lengua, que ha vuelto a aparecer entre sus dientes—.
No hace falta que lo estrangules hasta mat…
matarlo. —Se me acelera el corazón en el pecho e intento ignorar el desliz.
Si finjo que no ha ocurrido, quizá ella también lo haga.
Cuanto más me obsesiono, más empeora el tartamudeo.
Cuanto más nervioso estoy, más sale a relucir.
Doy un tirón a la cincha, buscando el margen de maniobra justo—. Mira, es más o menos así.
—Vale. —Frunce el ceño y sus finos dedos rodean el cuero, comprobándolo como acabo de hacer yo—. Ya lo he pillado. ¿Y ahora qué?
Su rostro, con esa piel suave y bronceada, el labio superior en forma de corazón y el inferior ligeramente más grueso, se echa hacia mí, buscando más directrices. Sus ojos de color cuero son cálidos, dulces, y no muestran ningún prejuicio.
Me aclaro la garganta.
—Sube a la escalera. —Obedece al instante—.
Coge las riendas con la mano izquierda. —Se las tiendo y cierro mi mano sobre la suya, envolviendo sus dedos alrededor del cuero gastado—.
Bien —digo con voz serena—. Pon esa mano aquí, en el pomo, y la otra.
—Mientras la ayudo a colocar el cuerpo, nos sincronizamos: yo la dirijo y ella me sigue; respiramos al unísono, y una extraña calma se apodera de mí.
Después de años escondiéndome de la gente, no esperaba sentirme tan a gusto en presencia de alguien a quien apenas conozco, pero es que hay algo en ella, algo natural, reconfortante, que me hace sentir como si ya la conociera—.
Mueve la pierna y siéntate, a ver qué tal.
En unos instantes está montada en mi caballo con una sonrisa de satisfacción en los labios. Me quedo sin aliento, como hace dos años, sin saber qué decir a continuación.
No puedo apartar la vista de ella. Tengo una mano en el anca musculosa de Mancha y la otra cuelga flácida a mi lado. Mi mirada está clavada en su cara, atrapada por su brillo.
—¡Lo he conseguido! Estoy montando. —Su sonrisa podría iluminar un estadio entero.
—Sí, bueno, estás ahí sentada —río por lo bajo. Su entusiasmo es contagioso.
—Déjame en paz, señor gruñón. —Sacude la cabeza, coge las riendas con una mano y acaricia las crines de Mancha—. Gracias, colega. Con tu ayuda voy a poder tachar esto de mi lista —murmura, como si le hubiera hecho un gran favor solo por estar ahí.
Es increíble el placer que le proporcionan las cosas más simples. Me muero por saber qué más hay en esa lista, qué más podría ofrecerle tanta felicidad como esto. Porque, ahora mismo, creo que haría cualquier cosa para ayudarla a tachar esas cosas.