Capítulo 7
Nadia
El perrito está hecho una mierda y hemos tenido que sedarlo porque temblaba demasiado como para hacerle una radiografía en condiciones.
Le acaricio el pequeño cráneo mientras Mira hace tomas de la pata , evidentemente rota.
Está fatal por muchas razones. Sí, tiene una pata rota, pero también el pelaje más enmarañado que he visto nunca y , cuando meto los dedos bajo esa capa de nudos, puedo contarle los huesos.
No ha sido un perro muy querido y, según Mira, que asimila la escena con serenidad, debe de estar perdido o lo han abandonado.
Me pica el puente de la nariz y se me llenan los ojos de lágrimas.
—¿Por qué lloras? Va a ponerse bien. Puedo ayudarlo. —Estudia los escáneres que cuelgan del tablero retroiluminado. Tiene la pata destrozada.
—Me da pena.
Mira se encoge de hombros con los brazos en jarras, aún evaluando la imagen.
—Yo me alegro de poder salvarlo.
Resoplo. Es una forma de verlo. Mira es un poco robótica con estas cosas, pero a mí ver el sufrimiento de cerca todavía me toca la fibra sensible. Tal vez estoy proyectando.
—Ve a decirle a Griff que el perro sobrevivirá, pero que voy a tener que amputarle la pata. —Parpadeo rápidamente y paso la mano por ese cuerpecito sucio. Pobre cachorro—. Después vuelve para ayudarme a limpiarle las heridas.
—¿Crees que todavía está aquí? —Ese tío es idiota, y apuesto a que se ha ido a jugar a los vaqueros, o lo que sea que haga.
Mira asiente con naturalidad, como si no tuviera ninguna duda de que sigue ahí fuera, y desaparece por la puerta de la zona quirúrgica para prepararse. Solo estamos las dos y, como no es una cirugía programada, tendremos que apañárnoslas y trabajar juntas.
Dejo un momento la mano sobre el cuerpecito escuálido del perro e inspiro hondo antes de volver a la sala de espera.
Mira tenía razón: Griffin sigue aquí, sentado con las piernas abiertas, los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha, acurrucado sobre sí mismo, como si no pudiera soportar el peso que carga sobre los hombros.
Levanta la cabeza y sus ojos oscuros y misteriosos se cruzan con los míos y no se apartan. No se había fijado así en mí desde aquella noche, desde antes de saber quién soy, y mis pasos vacilan bajo el peso de esa mirada.
Es de lo más sexy y rezuma masculinidad por todos sus poros. Es embriagador. Es para partirse de risa: estoy pillada por el amigo de mi hermano. Vaya puto cliché.
—Va a ponerse bien. —Me flaquea la voz cuando intento esconder lo que siento, algo en lo que me he vuelto experta en los dos últimos años.
Ya no soy esa niña perdida y furiosa: ahora tengo una vida normal y agradable—.
Pero vamos a operar. Mira dice que esa pata trasera está demasiado dañada para conservarla.
—¿Amputación? —El ala del sombrero le ensombrece la amplia frente y la firme nariz, y me impide ver su expresión.
—Sí. —Me retuerzo las manos como una colegiala nerviosa, sin saber qué más decir.
Puedo soportar que esté bueno o que no me dirija la palabra, pero ese lenguaje corporal cargado de culpa me tiene descolocada. Creo que ahora mismo lo que necesita es un amigo.
—¿Estás bien? —susurro, agachándome delante de él.
—Mmm. —Asiente, agacha de nuevo la cabeza y enlaza los callosos dedos entre sus rodillas.
—Vale. Eeeh… ¿quieres que te llame cuando hayamos terminado?
Sacude la cabeza sin mirarme.
—Esperaré.
Parpadeo de nuevo, pero no para ahuyentar las lágrimas, sino porque no puedo creer lo que oigo. Por algún motivo, no esperaba esa reacción.
Sin pensarlo, pongo una mano sobre las suyas porque creo que le hace falta un gesto de apoyo: bien sabe Dios que ahora mismo se está machacando.
—Eh, está controlado. Lleva tiempo él solo. Esto no ha sido culpa tuya, los accidentes ocurren.
Su única respuesta es un gruñido, pero no me aparta la mano.
Llego a la clínica con la sonrisa pintada en la cara: ha salido el sol, los pájaros cantan, la vida es bella.
Estoy cansada porque me he pasado toda la noche vigilando al perro, pero tengo una taza de café en la mano.
Subo los pocos escalones que hay hasta el porche que está frente a la entrada principal.
Algo se mueve y doy un respingo. El café se derrama y me quema la mano.
—¡Ay! —Me llevo la mano al pecho cuando Griffin levanta su enorme cuerpo de una de las sillas de mimbre del porche—. ¿No podías haberme saludado antes de abalanzarte sobre mí de esa manera?
Frunce los labios y pone los ojos en blanco bajo el ala del sombrero.
—Vale, ya veo… —Paso delante de él y de su silencio perpetuo, meto la llave en la cerradura de la puerta principal y oigo un «Hola» apenas musitado detrás de mí.
La alarma suena, introduzco el código y enciendo las luces.
—¿Cómo está el perro? —Griffin me sigue y sus pisadas se oyen a mi espalda.
—Bien. He estado controlándolo toda la noche. Está un poco aturdido, pero bien. ¿Quieres verlo?
Dejo mis cosas en la recepción y él asiente, con las manos metidas en los bolsillos y la mirada perdida.
—Pues venga, vamos. —Le hago una seña para que me siga y voy hasta la jaula que está al fondo del consultorio—.
Buenos días, cachorrito. —Se incorpora, inseguro, y mueve la cabecita cuando nos acercamos.
Y cuanto más nos acercamos, más se excita.
Se levanta y se menea, y mete la naricita negra entre los barrotes de la jaula.
—Está calvo —La voz ronca de Griffin resuena en la sala.
—Sí. Hemos tenido que afeitarlo. Tenía un montón de nudos y estaba lleno de pulgas. Está claro que nadie ha cuidado de él desde hace bastante tiempo.
—Está contento. —Griffin se acerca, mirando al perrito con la preocupación dibujada en el rostro.
—Qué observador… —Me fulmina con la mirada y yo intento no reírme—. Los perros no son como nosotros, no se compadecen de sí mismos. Se limitan a aceptar la situación y a seguir adelante. Y, por suerte, se recuperan bastante rápido después de perder una pata trasera.
Griff gruñe y se acerca a mí; soy consciente de su presencia con cada célula de mi cuerpo. Acerca una mano a la jaula y el perro, como loco, se la lame. No te culpo, chico. No te culpo en absoluto.
Sonrío ante la escena.
—Sabe que lo has salvado.
—No lo he salvado. Lo he atropellado.
Me encojo de hombros.
—Puedes verlo así o puedes pensar que se interpuso en tu camino porque necesitaba ayuda. Y tú lo ayudaste.
Desvía la mirada hacia mí.
—Eres lo bastante joven como para ver la vida de color de rosa, ¿no?
Enarco una ceja y me cruzo de brazos. No creo que nadie me haya acusado en mi vida de algo así.
¿Lo de joven? Bueno, debió de sentir auténtica vergüenza cuando ató cabos y descubrió quién soy, pero ¿color de rosa?
Es para morirse de risa, vamos. Hasta que decidí verlo todo de otro modo y dejar de permitir que me pasaran ciertas cosas, para mí la vida era de color negro.
—Tengo la edad suficiente como para elegir el color que quiero, gracias.
Capullo.
Me doy media vuelta para prepararle el desayuno y la medicación al perro sin nombre.
—¿P… por qué no le hablas así a él? —dice, volviéndose hacia mí.
—¿A él?
Vacila, y juraría que se sonroja un poco.
—A la muñequita Barbie en chico.
Me río, midiendo una jeringa de antiinflamatorios.
—¿Te refieres al muñeco Ken?
—A lo que sea —dice, aferrado a la jaula.
—Puedes dejarle salir. —Mezclo la pequeña ración de comida húmeda y las pastillas; ojalá no sea la clase de perro que las coge y las escupe—. Y no sé de qué me hablas.
—No debería decirte mierdas como esa. —Dios, es tan vago… Estoy convencida de que se refiere al comentario de Tommy sobre cabalgar, que era de lo más desagradable, pero no quiero darle la razón: mi orgullo no me lo permite.
—Gracias por el consejo. Lo tendré en cuenta en nuestra próxima cita —replico; que le den a este tío por decirme lo que tengo que hacer, y más teniendo en cuenta lo que ha pasado entre nosotros. Ya tengo un hermano mayor, y no necesito otro.
Deslizo el cuenco por el suelo hacia el perro con aspecto de rata que Griffin acaba de liberar de la jaula, y se zambulle en él a toda prisa. El pobre debe de estar hambriento, pero tenemos que empezar a alimentarlo con raciones pequeñas.
Cuando me incorporo, Griffin está mirando el cuenco, atento a los silenciosos gruñidos que emite el perro.
—No se merece otra cita.
Lo miro con los ojos entrecerrados.
—Vamos a dejarlo, ¿vale? No te he pedido tu opinión.
Ya me comentaste lo que pensabas de mí hace dos años y con eso tuve bastante, gracias.
¿Qué fue lo que dijiste?, ¿un accidente?
, ¿un error? Lo que sea. Mensaje recibido, alto y claro.
—Me paso las manos húmedas por el uniforme y me cruzo de brazos a modo de escudo.
Solo quiero llevar una vida normal: un trabajo, un marido, un rebaño de niños felices… Por eso lo aguanto.
—Solo cuidaba de la hermana pequeña de mi amigo.
Lanzo una carcajada incrédula. Qué puto descaro.
—¿Fue eso lo que hiciste aquella noche en el baño?, ¿cuidar de mí?
—Eso fue diferente.
—¿Por qué?
—No sabía quién eras —gruñe.
Chasco la lengua, decepcionada; ese tipo que me agarró y me besó ahora mismo se está comportando como un cobarde.
—Gallina.
—Nadia —dice con tono de advertencia, pero he oído cosas peores. Griffin Sinclaire me provoca un montón de cosas, pero miedo no es una de ellas—. T… tengo treinta y cinco años. Fue legal por muy poco y ni siquiera deberíamos hablar de ello. T… tienes que olvidarlo.
Pongo los ojos en blanco. ¿Legal? ¿Qué es esto, porno?
Cuando has pasado por la misma mierda que yo, la edad es solo un número en el documento de identidad, y yo me siento como si hubiera vivido mil vidas. Me he reinventado. Cuando has visto lo que yo he visto, ¿qué demonios tienes en común con la gente normal y feliz de tu edad?
Recojo la comida y los medicamentos, mirando en silencio al pequeño perro que cojea torpemente alrededor del cuenco, olisqueando y buscando más.
Cuando termino, veo los ojos oscuros de Griffin recorriendo mi cuerpo. Se posan en mis labios y se me eriza el vello de los brazos. El modo en que mi cuerpo reacciona a él es inquietante.
En un intento por recuperarme, esbozo una sonrisa satisfecha.
—Una vez más: gracias por el consejo, pero no creo que vaya a seguirlo. En realidad, disfruto reproduciendo esa noche en mi mente.
Tensa la mandíbula y se cruza de brazos. Parece tan mosqueado que casi me echo a reír.
—No seas tan crío.
Todo en su lenguaje corporal indica tensión, enfado, excepto sus ojos cuando escucha esa palabra. «Crío». Son puro fuego, y me cuentan una historia muy distinta.
Le guiño un ojo y él retrocede, rígido, como si acabara de abofetearlo.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué parar cuando está claro lo mucho que te gusta? —Voy a la entrada para abrir la clínica.
Tiene razón en que no debería permitir que Tommy me hablara como lo hizo, pero tampoco es como si fuera a dejar que lo hiciera.
Griffin Sinclaire no va a echar a perder mi buen humor con sus tonterías. Mi primera clase de equitación es esta tarde, y voy a seguir tachando cosas de mi lista y experimentando todo lo que la vida me ofrece, le guste o no.