Capítulo 6
Griffin
Estoy cortando las costillas con más fuerza de la necesaria, furioso con el estúpido muñeco Ken a tamaño natural que ha intentado obligar a beber a la hermana pequeña de mi mejor amigo. Nadie más lo ha visto y , aunque así hubiera sido, no les habría molestado tanto como a mí .
Pero como alguien que se mantiene alejado del alcohol, esas cosas me enervan.
No sé cuáles son los motivos de Nadia, pero, al parecer, él tampoco.
Además, un hombre siempre debe aceptar un no por respuesta.
Si tienes que presionar a una mujer para que haga algo, eres un gilipollas y no te han educado bien. O eso creo yo.
Este tío es justo eso: un charlatán, un fanfarrón de pueblo. Conozco bien a los de su clase porque yo era uno de ellos, salvo en lo de no aceptar un no por respuesta. Mi madre me educó mucho mejor.
—Esto está delicioso, Stefan —sonríe Violet, la rubita que está al otro lado de la mesa, por encima del suave tintineo de los cubiertos. Le responde un coro de murmullos de aprobación.
—Me alegro. Me encanta cocinar para vosotros. —Stefan le dedica a su mujer una enorme sonrisa que casi me da un poco de envidia.
Toda esta gente parece encantada de estar en compañía de los demás, pero yo me siento fuera de lugar.
Hace años que no conozco a gente nueva, y he perdido la práctica en eso de socializar.
La mayoría de los que están aquí sentados son desconocidos.
A Stefan y Mira los he tratado mucho, pero no al resto.
Bueno, he hablado con Billie, o, al menos, ella me ha hablado como si nos conociéramos de toda la vida.
Durante unos años, la única persona con la que he pasado tiempo, aparte de mis padres, ha sido Stefan.
Cuando me compró este lugar él estaba perdidísimo, y yo era incapaz de comprender por qué alguien que no sabía casi nada sobre el funcionamiento de un rancho quería tener uno, así que me ofrecí a ayudarlo en mi tiempo libre, a enseñarle los entresijos del negocio.
La única razón por la que lo hice fue porque cuando nos conocimos no abrió los ojos de par en par, ni me pidió un autógrafo ni preguntó por qué había desaparecido, lo que significaba que no tenía ni idea de quién era yo.
Me ofreció un sincero «Encantado de conocerte» y eso fue todo, y el anonimato me dio la libertad de ser una persona nueva con Stefan.
Por supuesto, después de un tiempo supo de mi historia, pero cuando y como yo lo decidí.
A Stefan le caigo bien por ser quien soy —aunque me haya convertido en un capullo gruñón—, y nuestra amistad no tiene nada que ver con lo que fuimos en el pasado y sí con lo que éramos en el momento en que nos conocimos.
Dos cabrones solitarios con pasados que preferiríamos dejar…, bueno, en el pasado.
Violet sigue llevando el peso de la conversación.
—Nadia, me han contado que Billie te va a dar clases de equitación este verano.
La joven que está a mi lado, a la que me he esforzado por ignorar, se tensa un poco. Deja el tenedor con cuidado, como si planificara meticulosamente todos sus movimientos. Como si interpretara el papel de una persona encantadora y recatada.
La chica del baño no se controlaba tanto. Era fiera y exigente. «Otra vez», dijo, y esas palabras estuvieron a punto de derribar mis muros. Casi obedecí, casi volví a besarla. Faltó muy poco, pero algo me detuvo.
Y ahora voy a pasar el verano aquí, cerca de ella, y voy a tener que seguir conteniéndome. Voy a tener que mantenerla alejada.
—Sí. Sí, es lo que me gustaría. Me siento cómoda trabajando con los caballos, y lo lógico es que aprenda a montar.
—Estaré encantada de ayudarte cuando tenga un rato. Creo que Billie no se da cuenta de lo cansada que va a estar cuando nazcan los bebés. —Le dedica una sonrisa cómplice a su amiga.
Billie pone los ojos en blanco.
—Sabes que estoy aquí, ¿verdad?
El corpulento Tommy se acerca hacia Nadia y, aunque las risas resuenan por toda la mesa, puedo escuchar su murmullo.
—Yo puedo decirles lo bien que cabalgas.
Nadia deja de masticar y echa un vistazo alrededor de la mesa para ver si alguien lo ha escuchado. Clava su cálida mirada marrón en mí solo un instante y vuelve a bajarla hasta su plato.
Sabe que lo he oído y no puede ni mirarme porque la ha avergonzado. Hay que ser gilipollas para decirle algo así en una cena familiar.
Me rechinan los dientes. Tengo unas ganas terribles de soltarle cualquier cosa o de estamparle la cara contra el plato, pero me trago la rabia y sigo dándoles caña a las costillas.
—A lo mejor Violet tiene razón. —Vaughn ni siquiera mira a Billie cuando habla, como si incluso él supiera que su mujer va a darle una paliza por intentar decirle lo que tiene que hacer—.
Solo era una idea… —resopla; es un intento muy pobre de disimular su diversión al ver la mirada gélida que le dedica ella.
—Gracias, jefe —dice, cortante, y los labios de Vaughn se crispan para contener una sonrisa.
Las pocas veces que he estado con estos dos me han bastado para saber que disfrutan con el tira y afloja de estos enfrentamientos.
De alguna forma, es muy entrañable, pero creo que yo soy más que capaz de decidir lo que puedo aguantar y lo que no.
—Si tú no p… puedes, yo me encargo. —Lo digo sin pensar y me trabo en el sonido explosivo de la pe; en el mejor de los casos, la conexión entre mi cerebro y mi lengua es cuestionable, así que es lógico que haya soltado esa estupidez.
Billie me señala con el tenedor y entrecierra los ojos.
—Gracias, Griff. Eso sería genial. —Se vuelve hacia su marido—. Ya te avisaré si necesito tu ayuda.
Asiento y vuelvo a concentrarme en el plato, lamentándome por haberme presentado voluntario delante de todo el mundo para pasar más tiempo con una chica de la que debería mantenerme alejado.
Sobre todo, a juzgar por cómo me está mirando ahora mismo.
—Me encanta que hayas venido. —Mi madre me sonríe como si tuviera miedo de espantarme .
Mis padres y yo siempre hemos estado muy unidos, pero cuando las cosas se fueron a la mierda hace unos años, me dejaron que me escondiera para lamerme las heridas.
No me forzaron ni me dijeron lo que tenía que hacer, pero me dieron un ultimátum y nunca me han abandonado, aunque estoy seguro de que les habría gustado hacerlo.
Cuando toqué fondo fueron los que me ayudaron a levantarme y me dieron la patada en el culo que necesitaba. No me juzgaron ni me hicieron sentir como una mierda por haberme hundido. Su apoyo y su amor fueron, y siguen siendo, incondicionales.
No quiero ni pensar dónde estaría sin ellos.
—Es estupendo vivir tan cerca y poder venir a menudo. —Me acerco hasta mi menuda madre y le rodeo los estrechos hombros con un brazo—. Te quiero, mamá. —Mis labios rozan el pelo negro de su sien.
—Yo también te quiero, mi niño. Gracias por venir a tomar un café. No acabo de creerme lo diferente que sabe el café de cafetera italiana.
Esta es la nueva obsesión de mi madre: una lujosa cafetera, con una balanza para pesar los granos orgánicos lavados con amor y energía positiva o algo así. A mí me parece demasiado misticismo, pero ella está tan satisfecha de sí misma que es imposible no compartir su fascinación.
Además, hasta yo reconozco que el café está bueno.
—Estaba delicioso. —Me levanto y le doy un suave apretón en el hombro—. Tenemos que rep… rep… rep… —Aprieto los labios y suspiro, intentando no machacarme—. Cuando papá vaya a jugar al golf.
Ella no reacciona. Me conoce lo suficiente como para saber cuánto me molesta el tartamudeo. Actúa como si no se hubiera dado cuenta, aunque está claro que sí. ¿Cómo no va a darse cuenta?
—Fabuloso —aplaude, y nos dirigimos a la puerta principal de su espacioso apartamento.
Está enclavado en Garnet Ridge, un pueblo cercano a Ruby Creek.
Cuando vendí el rancho, el que compré con mi nuevo y reluciente contrato hace tantos años, les regalé este lugar situado en una comunidad para mayores de cincuenta y cinco años.
Tiene unas hermosas vistas del valle y un campo de golf donde mi padre disfruta de pasar todo su tiempo libre.
Ahora vivo en la montaña, y mi padre suele bromear diciendo que, si aguza la vista, puede verme ahí, deprimido.
Son felices, y eso me hace feliz. Aunque, después de todo lo que han hecho por mí, me gustaría poder hacer más por ellos.
Me calzo las botas y me pongo la chaqueta vaquera, y me doy la vuelta para abrazarla una vez más.
—¿Hay alguna chica guapa en ese rancho? —Siento su sonrisa contra mi cuello.
Vale, eso es algo que no sé si podré hacer por ellos.
—Mamá —digo, con tono de advertencia, pero juguetón.
—Griffy, tengo «nietitis». Estoy enferma. No puedo evitarlo.
Sacudo la cabeza, sonriente.
—Tienes que ponerte a tratamiento, mamá.
Compartimos una mirada y luego me doy la vuelta para marcharme; tengo que volver al Gold Rush Ranch y empezar mi nuevo trabajo.
Un trabajo con más gente y en una comunidad de la que he pasado años escondiéndome.
He crecido cabalgando. Mi abuelo era jinete de broncos y me montó en muchos caballos.
Me pasaba los días siguiéndolo y aprendiendo todo lo que podía sobre la monta de potros.
Pero encontré el fútbol americano y se convirtió en todo mi mundo…
hasta que dejó de serlo. Volver a trabajar con los jóvenes potros es terapéutico y me mantiene ocupado.
Atravieso las sinuosas carreteras bajo un cielo azul despejado, con la luz del sol rebotando en el ala de mi sombrero. Aparto la vista de la carretera un instante para coger una gragea de mi chicle de canela favorito y capto un destello gris por el rabillo del ojo.
Y entonces siento un pequeño golpe bajo la rueda delantera del conductor.
No me jodas…
No hace falta ser un genio para darse cuenta de que acabo de chocar con algo. Me paro para ver lo que he hecho con el corazón encogido. Otra cosa por la que machacarme. Habré matado a un puto conejito o algo así.
Pero cuando salgo de la camioneta a la tranquila carretera rural, no veo un conejo. Veo un sucio montón de pelo enmarañado lloriqueando en la cuneta. Se me acelera el pulso al verlo.
—Guau, chico. —Escalo la empinada ladera de la zanja y extiendo la mano hacia él—.
¿Qué eres? —Unos pequeños ojos negros me miran y decido que debe de ser un perro.
Un perro en muy mal estado. Está temblando y, cuanto más me acerco, más se tensa—.
Lo siento, tío. —Una de sus patas traseras está torcida en un ángulo poco natural—. Estoy aquí…
Cojo al perrito, y me alarma lo delgado que está. Se revuelve y gime, conmocionado, y corro hacia la camioneta con él en brazos. Al menos sé adónde llevarlo. Por suerte, soy amigo de una de las mejores veterinarias de la zona.
Cuando llego al aparcamiento de la clínica veterinaria del Gold Rush Ranch, el perro sigue en las mismas condiciones. Lo saco del asiento trasero, lo envuelvo en una toalla y me apresuro hasta la clínica.
Nadia está en la recepción enseñándole algo a otra mujer en el ordenador. Su rostro no delata ninguna emoción cuando levanta la vista hacia mí.
—Necesito ayuda.
—¿Qué es eso? —Señala lo que tengo entre los brazos, confusa.
—He atropellado a un perro.
—Ay, joder. —Se levanta al instante, rodea el escritorio con el ceño fruncido y aparta la toalla para echar un vistazo al can—. ¿Cuánto hace de eso?
—Unos d… nueve minutos.
—¿Nueve minutos? —Frunce el ceño como si pensara que soy raro, pero me da lo mismo.
No voy a tartamudear con la palabra «diez» delante de ella—.
Qué específico… Pero, vale, al menos hablas —murmura, poniendo los ojos en blanco, aunque ya ha acercado las manos sin perder ni un segundo—.
Voy a llevarlo dentro. Vamos a intentar no moverlo mucho.
—Desliza los torneados brazos entre los míos e intenta sujetar al perrito sin alterar demasiado su postura—. Vale, ya lo tengo.
Me dedica una sonrisa lacónica. Y luego se va, dejándome con el ligero aroma a rosas que aún recuerdo de hace dos años.
El que no he olvidado todavía.