Capítulo 5
Nadia
—Hola, guapa. Estás tan buena como recordaba.
Tommy está apoyado en la barandilla de las escaleras que llevan a mi apartamento con una enorme sonrisa infantil en la cara. Me molesta la familiaridad con la que me habla, como si nos conociéramos bien, y el modo en que su mirada recorre mi camisa de flores me da un poquito de grima.
Sí, vale, nos hemos besado unas cuantas veces. Hubo algo entre nosotros. Yo qué sé, algo, en el sentido más informal del término, pero de eso ya hace un par de años, y no hemos seguido siendo amigos.
—Hola. Dame un segundo. —Vuelvo corriendo a casa para coger un jersey. Hace mucho frío.
Ha insistido un montón para que volviéramos a salir; incluso se ha presentado en mi trabajo para decirme que deberíamos intentarlo de nuevo y recordarme lo bien que estábamos juntos.
En mi opinión, exagera: jamás hemos tenido una relación exclusiva, y verlo colgado del brazo de otra chica por el pueblo nunca me ha importado.
Y menos después de ese beso con Griffin. Una vez que supe lo que podía ser un beso, todo lo demás me parecía poco.
Sobre todo Tommy.
Pero Griffin no es una opción. Primero, me habla con gruñidos y resoplidos, y estoy convencida de que me odia. Segundo, y más importante, es el mejor amigo de mi hermano, y estaría mal visto que cruzáramos esa línea, sin importar lo inolvidable que fuera el beso.
Así que aquí estoy, llevando a Tommy a la cena familiar de los domingos para ver si esta vez podemos ser algo de verdad. Ahora los dos somos mayores, más maduros, o al menos lo intentamos. Yo he ido a la facultad y él también. A lo mejor lo que necesitamos es empezar de cero.
—Vale, ¡lista! —Doblo la esquina esperando que Tommy esté en la puerta, con su pelo dorado y esos brillantes ojos azules; es alegre y despreocupado, y eso es justo lo que una chica como yo necesita para iluminar un poco su oscuro pasado.
Pero no está esperando en la puerta.
Salgo al rellano, me asomo por la barandilla y lo veo sentado en su camioneta. Empezamos bien… Pongo los ojos en blanco. No podía esperarme un par de minutos, no… Cierro y bajo las escaleras a toda prisa, arrepintiéndome de haber aceptado su invitación.
Está mirando el teléfono con el motor en marcha cuando entro. Ni siquiera levanta la vista.
Me invade una oleada de irritación. Me he pasado la vida con una madre que creía a un hombre siempre que le decía que iba a cambiar, y no puedo evitar preguntarme si he heredado esa actitud.
Tommy me ha dicho que ha cambiado, que ha madurado, que va a estudiar Dirección de Empresas para poder llevar su propio negocio.
Y yo me lo he creído, así que la tonta debo de ser yo.
Tampoco hace falta que me tenga en palmitas, pero decirme que estoy buena y luego ignorarme no va a hacer que se me caigan las bragas.
Meterme en una relación ya me parece bastante complicado, así que no hablemos de enrollarme con alguien que me saca de quicio nada más llegar.
Sin embargo, al parecer, esto es lo que se supone que debo hacer, así que sigo adelante.
—¿Listo?
Se ríe entre dientes y sacude la cabeza, mirando el móvil, como si hubiera pasado algo gracioso y yo no entendiera el chiste. Y entonces, sin decir palabra, mete la marcha y sale a la carretera que va a la casa de mi hermano, que está a solo cinco minutos, en Cascade Acres.
—Unos amigos van a salir de copas esta noche. —Alarga la mano para bajar la ventanilla—. He quedado con ellos después de la cena.
Sonríe, satisfecho y relajado, feliz de estar en casa y de no tener que ir a clase en verano; es un contraste perfecto con el estrés que me invade a mí.
No bebo, y es domingo por la noche.
—Mañana tengo que trabajar. No me va bien.
—Venga, Nadi, no seas sosa. Solo se vive una vez.
Me cruzo de brazos. El problema es que no me siento tan joven después de las mierdas que he vivido.
—Me gusta empezar la semana bien descansada. Si quieres ir tú, perfecto. Puedo hacer autostop para regresar al rancho.
Resopla y pone los ojos en blanco como si hubiera dicho una estupidez.
—Ya veremos. Tengo un par de horas para convencerte.
Giro la cabeza, miro por la ventanilla y no respondo, aunque lo que de verdad quiero decir es que, más bien, solo tengo que aguantarlo yo un par de horas a él.
Pero me he esforzado mucho para dominar esa chispa que salta con facilidad cuando me enfado.
Mi carácter es explosivo, y aborrezco pensar de dónde ha salido, así que intento reprimirlo.
Atravesamos las puertas de Cascade Acres y le indico cómo llegar a la casa de piedra de río y madera vista. Es impresionante, y está en la cima de la colina con vistas al lago. Stefan esparció las cenizas de nuestra madre en ese lago. Aún no sé cómo sentirme al respecto.
Todos los domingos los miembros de nuestro grupo de amigos se turnan para organizar la cena, y yo espero esa ocasión con impaciencia todas las semanas.
Nuestras reuniones tienen ese ambiente familiar con el que he soñado toda mi vida, el que no había con mi hermano mayor fuera y dos padres alcohólicos que se peleaban sin parar.
Con un donante de esperma que era adicto a usar los puños, algo de lo que me libraba cada vez menos cuanto más bocazas era; me son ajenos los cálidos sentimientos borrosos que la mayoría de la gente le atribuye a la infancia.
Hace años que nadie me pega, pero aún siento el ardor en la mejilla y el escozor de las lágrimas en la nariz. Aún tengo pesadillas en las que me él grita y yo me agacho a sus pies, mientras que mi madre está borracha y desmayada en el sofá.
Alejo esos recuerdos cuando Tommy aparca y salgo sin esperarlo.
Solo quiero entrar en el puerto seguro que es la casa de mi hermano, rodearme de toda la gente a la que he llegado a querer y en la que confío.
Alejarme del tipo que me llama «Nadi» como si me conociera lo bastante como para usar ese diminutivo de mierda.
Inspiro hondo y pongo la mano en el picaporte de la puerta principal. Estoy siendo demasiado dura con él. Tommy es encantador y fácil de llevar. Es bueno para mí. Solo tengo que relajarme y actuar conforme a mi edad.
Su cálida palma se posa en mi hombro y en su rostro en forma de corazón se dibuja su simpática sonrisa de surfero.
—Vamos, nena.
Nena.
Se me ocurre de pasada que Tommy es como un golden retriever . Guapo y amigable, pero un poco bobo y demasiado ansioso por complacer. Pero abandono esa línea de pensamiento porque es injusta para los golden y entro en casa.
La música y las risas me llegan desde la cocina abierta y resuenan por el pasillo. Esos sonidos en una casa todavía me hacen respingar. Hace cuatro años no los oía jamás.
—¡Hola! —grito; me quito los zapatos y voy por el pasillo para encontrarme con todos—. Ya estamos aquí.
—Pasa, cariño. —Mira aparece con una enorme copa de vino tinto en la mano—. Tu hermano está cocinando como un loco. Espero que tengas hambre. —Ladea la cabeza al ver a Tommy de pie detrás de mí—. Has venido con alguien…
—Sí. —Me mordisqueo el labio inferior al darme cuenta de que debería haberla avisado antes—. Lo siento. ¿Te importa?
Sus labios carnosos se curvan en una sonrisa y evalúa a Tommy.
—Claro que no. —Se adelanta y le tiende la mano a mi cita—. Hola, soy Mira.
—Tommy. —Incluso su voz suena como si estuviera sonriendo; estrecha con su enorme mano la de ella—. Encantado de conocerte.
Ella asiente, pero ladea la cabeza otra vez y nos estudia con esos ojos oscuros. Me encanta Mira. Me encanta lo mucho que quiere a mi hermano, pero, maldita sea, a veces es imposible saber qué está pensando.
—Entra. Te presentaré a todos. —Atraviesa el arco de madera haciéndonos señas por encima del hombro—.
Ha llegado Nadia —anuncia, y se desliza sobre uno de los taburetes de la gigantesca isla—.
Y ha venido con alguien. —Me sonrojo y miro hacia el techo, deseando que me trague la tierra.
Esta ha sido la peor idea que he tenido nunca —. Este es Tommy.
—Hola, pandilla —dice Tommy, despreocupado, a modo de saludo.
Es absurdo decirle algo así a un montón de gente que no conoces, pero ahora mismo no puedo prestarle atención a Tommy porque siento como si llevara un collar alrededor del cuello y alguien acabara de darme un buen tirón: acabo de encontrarme con la mirada pétrea de Griffin Sinclaire.
Está sentado a la mesa, con los ojos oscuros clavados en mí como si pudiera convertirme en sal si pusiera suficiente empeño.
Todos nos miran a Tommy y a mí, pero yo no puedo apartar la vista de Griffin; no lleva sombrero, se ha peinado hacia atrás y tiene un aspecto delicioso. Mis pensamientos me llevan al instante de nuestro encuentro en el baño.
¿No voy a olvidarme jamás de esa noche?
Es entonces cuando me doy cuenta de que Silas, mi sobrino, está sentado a su lado, coloreando.
De hecho, Griffin también. Sostiene entre sus enormes dedos un pequeño lápiz de color morado y juntos dibujan una escena submarina en una hoja de papel.
Silas está echado sobre la página como si fuera algo extraordinario.
En su mano diminuta y regordeta tiene un lápiz azul, y se ve aún más pequeño al lado del gigantesco montañés que está sentado a su lado.
Debe de haberse dado cuenta de que Griffin ha dejado de colorear porque le da un codazo al brazo tatuado que tiene a su lado.
—Más peces —dice con esa voz de bebé mimado—. Haz un pez grande.
Griffin deja de mirarme y le dedica al niño una sonrisa dulce y juguetona. Una que va derechita a mis ovarios.
—Sí, jefe —dice, más alegre de lo que jamás lo he visto—. ¿Cómo de grande? ¿Como un tiburón?
Silas aplaude y le sonríe a ese hombre que no debería tener tan buen aspecto ni estar tan guapo. No lo soporto.
Esbozo una sonrisa y me doy la vuelta para no derretirme ahí mismo, y miro al resto de mis amigos, que están desperdigados por la estancia.
Billie, Violet y Mira, sentadas a la isla; Hank y Trixie, jugando con las dos niñas de Cole y Violet en el salón contiguo, y Cole y Vaughn, sentados con Griff a la mesa.
Todos se comportan como si fueran familia, aunque las relaciones son un poco enrevesadas por matrimonio, por sangre y por elección.
En cualquier caso, es un grupo muy unido y todos tenemos en común el Gold Rush Ranch.
Saludo con un gesto.
—Hola a todos. —Y entro en la cocina, desesperada por una bebida que me ayude a aliviar la sequedad de mi boca.
—Hola. —Mi hermano, Stefan, está cortando romero fresco y me mira con una sonrisa satisfecha. Podría haber sido chef si hubiera querido. Es lo que más echo de menos de vivir con él. Fue difícil dejar la cocina gourmet cuando me mudé—. Así que una cita, ¿eh?
Sigue concentrado en la tabla de cortar, pero no soy tan tonta como para no saber que por dentro se está riendo a carcajadas.
—Eso parece. —Abro la nevera y busco mi refresco favorito con sabor a piña.
—Vamos, nena. Tómate una cerveza. —Tommy pasa a mi lado y va directo a la nevera como si fuera el dueño del lugar.
Echo un vistazo furtivo a mi hermano y al instante quiero borrarle la sonrisa de la cara cuando vocaliza: «¿Nena?».
Sacudo la cabeza y me vuelvo hacia Tommy.
—No, gracias. No bebo, ¿recuerdas?
Cerveza en mano, resopla y se apoya en la isla para evitar que los demás oigan nuestra conversación.
—¿En serio? Creía que ya habrías superado esa fase. —Abre la lata con sus gruesos dedos y me la tiende—. Venga. Un sorbito no va a hacerte daño. O puedo prepararte algo dulce. ¿Un margarita?
El corazón me late con fuerza y la sangre me ruge en los oídos. Odio que me pongan en un aprieto así. Siempre hay una vocecita en mi cabeza —una vocecita muy negativa— que me dice que los demás saben más que yo, así que a lo mejor Tommy tiene razón y yo debería relajarme un poco.
Aprender a ser yo misma fuera de los confines de la casa en la que crecí es una lucha constante. No confío con facilidad en los demás y, lo que es peor, a menudo ni siquiera confío en mí misma.
—Ha dicho que no. —Una voz ronca suena a mis espaldas y, aunque apenas me haya hablado, sé muy bien a quién pertenece.
—Solo estaba bromeando, tío. Soy Tommy.
Me vuelvo para ver a los dos hombres. A Griffin no le ha parecido una broma demasiado graciosa: contrae y relaja el músculo de la mandíbula, y, si las miradas mataran, Tommy habría caído fulminado en el acto.
Tommy es voluminoso, más ancho, pero Griffin es musculoso de forma natural. Sus miembros parecen fuertes, pero no de forma exagerada. No se dedica a hacer pesas en el gimnasio hasta que le tiembla todo el cuerpo; levanta balas de heno y fija los postes de las vallas, y eso es suficiente.
Los rasgos de Tommy son suaves; los de Griffin, duros. Si Tommy es el día, Griffin es la noche. No podrían ser más opuestos ni aunque lo intentaran.
El hombre mayor me quita la lata amarilla de la mano, la abre y me la devuelve. Todo ello sin decir palabra. Empuja a Tommy y abre la puerta de la nevera en busca de algo para él y nos bloquea el paso.
Quiero asomarme para tener una mejor vista de Griffin. Esta noche está diferente: sin gorra, con el pelo oscuro bien peinado, la barba arreglada y la camisa blanca remangada lo justo para mostrar los tatuajes negros que adornan sus antebrazos.
Ese tío es un regalo para la vista.
—¿Quién es ese gilipollas? —susurra Tommy.
Frunzo el ceño. Sí, yo también creo que Griffin es un gilipollas, pero porque tengo mis razones, y me molesta que Tommy piense lo mismo. Pero prefiero no seguir por ese camino.
—Griffin. El mejor amigo de mi hermano —murmuro.
—¿Griffin Sinclaire? —Tommy vuelve la cabeza hacia Griffin, con el ceño fruncido y una expresión concentrada.
—Sí. —Me encojo de hombros. No sé de qué lo conoce.
—¿ Ese Griffin Sinclaire?
—No tengo ni idea de qué me hablas. —Doy un sorbo a la bebida y miro con disimulo la enorme montaña de músculos que se ha sentado a la mesa.
—El famoso quarterback que creció en este pueblo, que luego se lesionó y desapareció.
Enarco una ceja hacia Tommy porque no lo sé. Donde yo me crie no se juega al fútbol americano, y, además, nadie lo ha mencionado.
Doy un respingo cuando mi hermano da una fuerte palmada.
—¡Venga! Todos a la mesa. La cena está lista.
La mano de Tommy se posa en mi espalda y reprimo un escalofrío. Tommy es bueno para mí. Miro por encima del hombro para echar un último vistazo a Griffin y me da un vuelco el estómago cuando veo sus ojos clavados en el lugar donde Tommy me está tocando.
Inquieta por la intensidad de su mirada, voy hasta la mesa, que es preciosa, con su madera sin pulir y ese aire industrial que gana calidez con los brillantes platos blancos y los cubiertos de color cobre.
Escojo una de las modernas sillas negras, junto a Tommy.
El apacible, radiante y alegre Tommy. El día soleado que necesito en mi vida.
Se acabaron las noches oscuras y melancólicas.