Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

Griffin

La mujer que tengo delante habla a mil por hora y gesticula como si dirigiera una puñetera orquesta, y no puedo dejar de preguntarme si tanta excitación va a provocarle el parto. Supongo que no pasaría nada, ya que estamos en la puerta de una clínica veterinaria.

Debería escuchar lo que está diciendo porque, después de todo, es mi nueva jefa, pero mi cabeza está en la clínica, concentrada en la rubia temperamental de la recepción, que me mira como si fuera algo que se le ha quedado pegado en el zapato.

La hermana pequeña de mi mejor amigo.

Solo puede traer problemas.

Y está absolutamente fuera de los límites.

Cuando acepté este trabajo no pensé que ella iba a estar aquí.

No sabía lo que estaba estudiando en la universidad, pero pensé que estaría fuera durante cuatro años y que, en cuanto una chica como ella probara la libertad, se marcharía para siempre.

Cuando acepté este trabajo no tuve en cuenta que tendría que lidiar con Nadia Dalca y su carácter agresivo.

Levanto una mano para impedir que Billie siga hablando. No la conozco bien, pero Stefan me ha asegurado que es buena gente. Si no, no habría aceptado el trabajo. Me habría quedado en las montañas, donde he hallado algo de paz.

Ruby Creek es un arma de doble filo: el lugar donde he vivido mis mejores y mis peores momentos.

—Dime dónde poner mis cosas y ya. Mi caballo está todavía en la ca… ca… En mi remolque.

Esa mujer me escudriña hasta hacerme sentir incómodo.

—Por supuesto. Iré contigo a la cabaña y te ayudaré a descargar.

Contemplo su barriga de embarazada, pero me señala con el dedo y frunce los labios.

—Ni se te ocurra decirme lo que puedo o no puedo hacer, porque vas a acabar mal.

Y si no, pregúntaselo a mi marido. —Asiento con un gruñido, pero ella sigue—.

Vamos a aclarar las cosas antes de que empieces a trabajar aquí: estoy embarazada.

Ni herida, ni enferma ni en mi lecho de muerte, así que no me trates como si lo estuviera.

—Ni se me ocurriría… —murmuro; me meto las manos en los bolsillos y me balanceo sobre los tacones de las botas.

Me hace un gesto con la cabeza, da media vuelta, va hacia mi camioneta —a la que va enganchado el remolque— y se sienta en el asiento del copiloto.

—Sal por la entrada y gira a la derecha. Tenemos que dar la vuelta a la propiedad, pero si vas a caballo o a pie, puedes atajar por las colinas. Ya te diré cómo.

Le respondo con otro gruñido a modo de afirmación, y tomamos una de las carreteras secundarias que conozco bien: me crie junto a ellas.

Vendí la parte de mi rancho dedicada al negocio a Stefan Dalca cuando decidí empezar de nuevo, algo que no iba a poder hacer si seguía por el camino que llevaba.

Conservé la casa de Cascade Acres para vivir cerca de mis padres.

Ese iba a ser el hogar de mi jubilación, aunque jamás había pensado que iba a retirarme tan pronto.

Pero cuando mi vida se vino abajo, lo dejé todo, incluso a mis queridos padres, me refugié en una remota finca en los acantilados de Garnet Ridge y me puse a trabajar.

El dicho «Cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo» nunca se ha aplicado a otra persona con más acierto.

Había pasado de ser el chico de oro del pueblo a ser el chico del pueblo ahogado en alcohol dorado.

Pero construir mi casa desde cero en la paz de las montañas me dio el propósito que tanto necesitaba.

—Gira donde el buzón. —Las indicaciones de Billie interrumpen el flujo de mis pensamientos y me dirijo hacia el sinuoso y bien pavimentado camino de entrada que se abre para revelar una casa de cedro en forma de A en medio del claro.

Un poco más allá, en los campos mecidos por la brisa, hay unos cuantos corrales que deben de conducir al establo principal.

—Rodea la casa. Puedes aparcar el remolque en la parte de atrás.

En cuanto aparcamos, salta como si quisiera demostrarme que no va a explotar en cualquier momento.

—¿Cuántos caballos has traído?

Levanto un dedo, rodeo la parte trasera del remolque y bajo la rampa.

—Vale. Aquí tenemos tres corrales, así que, si alguna vez quieres aumentar la manada, adelante.

Si quieres traer más caballos mientras estás aquí, hay bastante sitio.

Hay heno almacenado en ese cobertizo. —Señala detrás de mí—.

Por desgracia, no hay bebederos automáticos, así que tendrás que acarrear el agua en cubos.

—Vale. —Abro de un tirón la barrera y ella sube al remolque.

—Hola, chico. Bienvenido a tu lugar de vacaciones —dice con voz suave cuando entra en el amplio espacio abierto del remolque.

Es demasiado grande para mi único caballo, pero me encanta su diseño, y me niego a cambiarlo por algo más apropiado.

Quizá algún día tenga más caballos, y entonces tendrá todo el sentido del mundo.

Por ahora, Mancha es mi única compañía.

Lo hago bajar con cuidado y dejo que eche un buen vistazo; Billie abre una paca y saca unas briznas de heno. Mientras rastrillo el remolque, le habla a mi caballo como si pensara que va a responderle.

Cuando me acerco hasta ella, que está mirando tan contenta cómo come el caballo, pone los brazos en jarras y se aparta el pelo de la cara.

—Es precioso. ¿Cuál es su historia?

Está claro que mi silencio obstinado no va a disuadirla.

Señalo al appaloosa marrón oscuro que lleva una manta moteada sobre las ancas: un cabrón muy bonito.

—Lo rescaté de una subasta de carne. —No sé cómo acabó donde acabó, pero la vida es así: a veces los mejores acabamos peor que nadie.

—Me encanta. Es guapísimo —sonríe, y yo asiento.

Vamos hasta el porche, donde saca las llaves y abre la puerta. Suena un pitido incesante.

—Es la alarma —dice por encima del hombro—. El código es sesenta y nueve sesenta y nueve.

Teclea los números y, efectivamente, el pitido se detiene. Se da la vuelta para decir algo, pero se da cuenta de mi expresión.

—¿Qué? Me dirás que no es un número fácil de recordar…

Ya echo de menos la soledad de las montañas.

Ruby Creek es diminuto: tiene una calle principal y un bar. Empujo la pesada puerta del Neighbor’s Pub. No debería estar aquí, pero sigo viniendo, una y otra vez, como un puto masoquista.

Da igual si he venido a ver a mis padres, a visitar a Stefan —mi único amigo— o a la clínica veterinaria. Siempre me fuerzo a pasar por la puerta principal de este establecimiento aunque me dé ganas de vomitar.

Me siento en un taburete, suspirando, tranquilo, y miro la pared llena de licores que hay detrás de la barra. Botellas de todas las formas con etiquetas de todos los colores y, en el fondo de todas ellas, todos los recuerdos sombríos… o la absoluta falta de ellos.

—¿Qué te pongo? —Un posavasos se desliza por la barra y aterriza frente a mí.

La camarera tiene los ojos azules y rasgados y una melena teñida de negro que cae como un manto sobre sus hombros y enmarca sus tetas enormes; parece que vayan a escaparse por encima del escote de la camiseta de tirantes: le llegan casi a la barbilla.

Me dan ganas de preguntarle si le hace daño llevarlas así; siento auténtica curiosidad.

— Bourbon . Del mejor.

—Un hombre con mis mismos gustos. —Me guiña un ojo por encima del hombro y se arquea de forma innecesaria para alcanzar el estante superior y sacar algo caro en lugar del Wild Turkey que hay los inferiores—. Invito yo, cariño. No todos los días tenemos a un futuro miembro del Salón de la Fama.

Maravilloso. Alguien que todavía me reconoce.

Vierte el líquido dorado en un chupito, lo echa en un vaso ancho y se relame cuando lo pone frente a mí.

Hubo un tiempo en el que le habría devuelto la invitación y me habría ofrecido a llevarla a casa.

Me encantaba que las mujeres perdieran el sentido por Griffin Sinclaire, el quarterback fuera de serie, el pueblerino que llegó a lo más grande.

Soltaba alguna burrada —algo como: «Vamos a follar con tantas ganas que te vas a pasar días caminando con las piernas arqueadas» — y ellas se reían como si les hubiera tocado la lotería.

Y siempre que no hubiera bebido demasiado, solía cumplir mi promesa.

Nunca he tenido quejas en ese aspecto, pero sí porque nunca me quedaba con nadie.

Sobre eso sí que hubo un montón de quejas, pero yo seguía adelante hasta la siguiente ciudad, el siguiente partido, la siguiente Super Bowl porque quería más que las dos que ya tenía.

Era ambicioso y entusiasta y vivía para ganar a lo grande, follar duro y salir de fiesta a lo loco.

Pero ahora me siento viejo y cansado. Supongo que eso es lo provoca convertirte en un alcohólico funcional a los veinte años.

Levanto el vaso en un brindis silencioso de agradecimiento y, con suerte, de despedida.

No pienso follar con esa camarera de veintitantos en mi primera noche en el pueblo.

No me he pasado los seis últimos años viviendo en mi refugio apartado del mundo, intentando despejarme la mente, para caer ahora solo porque tiene buena percha.

Sonríe con curiosidad y se aleja, meneando las caderas como un péndulo. Apenas me doy cuenta. Estoy demasiado ocupado mirando el vaso, dándole vueltas entre las manos y contemplando cómo el líquido almibarado salpica sus paredes de cristal antes de volver a caer lentamente.

Todavía puedo paladearlo si cierro los ojos y me dejo llevar.

El sabor a malta, la textura en la boca, la agradable calidez al deslizarse por mi garganta…

A veces me pregunto si me gustaba más el hecho de beber que el sabor, pero cuando lo tengo tan cerca que puedo olerlo, como ahora, sé que no es cierto.

Para mí el alcohol es adictivo. El sabor, el olor… La forma en que me hacía sentir como un puñetero dios.

Antes lo echaba de menos, pero ya no.

—¿De vuelta en el pueblo?

La camarera está otra vez frente a mí, y desvía mi atención del alcohol que tengo en la mano.

—Algo así. —Ni siquiera levanto la vista. Ahora detesto que la gente me reconozca, aunque antes lo adoraba. Me enorgullecía que los lugareños me dieran palmaditas en la espalda y me dijeran que me animaban cada domingo.

Eso solo hizo que mi caída fuera mucho más humillante.

—¿Dónde te alojas? —Coge un trapo y pule un lugar de la barra que ya está perfectamente limpio para poder echarse más hacia mí. Esta mujer es cualquier cosa menos sutil, y recuerdo cuando tenía edad para pensar que eso era sexy.

Ya no tengo esa edad.

—En el Gold Rush Ranch —respondo, seco, porque al final se van a enterar todos. Detesto el modo en que esas dos palabras seguidas con erre se me atascan en la lengua.

—Fantástico —sonríe.

Es encantadora, pero me da igual. No he venido para eso. Estoy aquí para torturarme, no para divertirme.

Así que le hago un gesto irónico, agacho la cabeza y vuelvo a esconderme tras el ala de mi sombrero.

Siempre hago lo mismo cuando vengo al pueblo: entro en mi antigua guarida, el Neighbor’s Pub, pido un bourbon y me siento en la barra. Lo miro como si fuera mi némesis y me permito recordar a qué sabía, pasándome la lengua por los dientes como si lo tuviera en la boca.

Y entonces dejo diez pavos en la desgastada barra del bar y me voy, solo para demostrarme a mí mismo que puedo hacerlo.

Y es justo lo que hago esta noche. Me meto la mano en el bolsillo trasero, saco un billete de la cartera y lo dejo junto al vaso mientras la camarera habla con otra persona, y luego salgo por esa puerta, sintiéndome un ganador, sabiendo que me he hecho más fuerte en estos años de ausencia.

Incluso aunque no me haya curado por completo, ya no tomo malas decisiones.

Excepto la noche en que besé a Nadia, la noche que fui a mear antes de marcharme.

Esa noche fui lo bastante débil como para hacer algo estúpido y besar a una chica que apenas tenía edad para beber.