Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

Dos años después…

Nadia —¿Qué haces?

—Nada. —Acerco hacia mí el diario con dibujos de flores en la cubierta y pongo la mano sobre la página para taparla.

Mira enarca una de sus cejas bien formadas y me mira, impasible.

—Sí. Está claro que no es nada.

La doctora Thorne no solo es mi jefa y la veterinaria que dirige esta clínica, sino también mi nueva cuñada. Además, es algo así como mi ídolo. Nunca se lo he dicho, pero lo es. Es inteligente, fuerte y decidida, todo lo que yo no soy; todo lo que me han dicho que no soy.

Mientras yo iba a la universidad mi hermano y ella se casaron y tuvieron un niño llamado Silas.

Ese crío es un auténtico terremoto, con el pelo negro de su madre y los salvajes ojos verdes de su padre en una mezcla perfecta.

Tiene casi dos años y se sube a todo lo que tiene cerca. A decir verdad, es aterrador.

Adoro a mi sobrino, pero también es la razón por la que me he mudado.

En cuanto me diplomé, tuve la suerte de conseguir trabajo en el Gold Rush Ranch, muy cerca de aquí.

Es un prestigioso centro de entrenamiento de caballos de carreras regentado por unos buenos amigos, y también es el lugar donde se encuentra la clínica veterinaria que dirige Mira.

Así que fue pan comido conseguir el pequeño apartamento que hay encima del establo.

Es perfecto para una joven de veintiún años que acaba de salir de la universidad, va incluido en mi sueldo y solo está a un par minutos a pie de la puerta principal de la clínica.

Y no tener que escuchar las rabietas de Silas a las cinco de la mañana es un plus.

La verdad es que se me hacía raro seguir viviendo con mi hermano y su mujer mientras formaban una familia.

Ya era hora de que emprendiera mi camino y dejara que ellos siguieran el suyo.

Suspiro y me reclino en la silla del mostrador.

—Es una lista que empecé en terapia. —Desde que volví de la universidad me siento como si tuviera toda la vida por delante.

Después de dos años en tratamiento, por fin me he dado cuenta de que ya he dejado pasar bastantes cosas, tanto buenas como malas, y ya estoy lista para coger el toro por los cuernos e ir a por lo que quiero.

Los estudios para convertirme en técnica veterinaria fueron el primer paso, y ahora tengo que averiguar cuáles son los siguientes. Aún estoy muy perdida, pero creo que fijarme objetivos alcanzables lo mitiga un poco.

De ahí la lista.

—¿Qué clase de lista? —Mira se apoya en el mostrador y posa la barbilla en la palma de la mano; la brillante coleta negra se derrama sobre su hombro como una cascada de ónice.

Me muerdo el interior de la mejilla; me siento un poco tonta y demasiado joven al confesarle esto a Mira, a pesar de que solo es ocho años mayor que yo.

—Una lista de las cosas que me quedan por hacer en la vida.

No se ríe de mí; nunca lo hace. Es como la figura materna que nunca llegué a tener: siempre busca una solución a mis problemas y se ofrece a tenderme una mano… o un cartón de huevos. Recordar cómo le lanzamos huevos al coche del director del colegio hace dos años siempre me hace sonreír.

—¿Como una lista de cosas que hacer antes de morir?

Suelto un gruñido. Una lista de cosas que hacer antes de morir suena a tópico.

—No —digo, y aparto la mano de la página para mostrarle el título—. «Lista de las cosas que me quedan por hacer en la vida».

Se ríe y sacude la cabeza, a todas luces divertida, aunque está acostumbrada a mis payasadas.

—Es algo bien pensado. Establecer objetivos es importante. Te mantiene centrada. —Me escudriña el rostro y sé que quiere preguntarme algo más.

Me río ante el evidente interés que hay pintado en su expresión.

—Mira, vas a reventar si no preguntas.

—Dios. Gracias. Intentaba guardar las apariencias, pero el suspense me estaba matando. ¿Qué hay en la lista? —Se echa más sobre el mostrador, con los ojos iluminados como los de un niño en Navidad.

Me aclaro la garganta y acerco el bloc para leerlo.

—La primera es abrir mi propia cuenta de ahorros. No quiero depender más del dinero de él . Haré algo con él, pero aún no sé qué. Algo bueno, algo que merezca la pena.

La presencia de mi difunto padre en nuestras vidas es como la de Voldemort: no hablamos casi nunca de él y, cuando lo hacemos, jamás lo llamamos por su nombre. Aún está en mi cerebro, persiguiéndome, pero si lo compartimento en una caja sin nombre ni rostro, me molesta mucho menos.

Mira se limita a asentir.

—Creo que es un objetivo excelente. —Ella conoce la historia completa, o la versión de Stefan, por lo menos, que, en lo que a mí respecta, es demasiado edulcorada.

No estuvo allí los peores años porque se fue. Y yo no.

Hasta hace tres años, vivía en mi propio infierno, encarcelada por un monstruo maltratador.

Incluso cuando ya había muerto, no pude dejar atrás a su puta familia hasta que cumplí los dieciocho años.

Tomé posesión de mi cuantiosa herencia y hui tan rápido como pude desde Rumanía a la seguridad del rancho de mi hermano sin volver la vista atrás.

No lo echo de menos, y me he pasado los tres últimos años intentando borrar esa parte de mi vida.

Hasta mi acento ha desaparecido, y nadie sería capaz de adivinar que no nací en Ruby Creek, que es lo justo lo que quería.

—Sí, eso creo. —Aparto la vista de ella y miro la hoja de papel pautado que tengo delante—.

Creo que…, bueno… Creo que en algún momento me gustaría estudiar Veterinaria.

—Me arden las mejillas. Quería ser auxiliar de veterinaria, pero ahora me doy cuenta de que aspiro a algo más—.

Es una tontería. Probablemente sea demasiado tarde.

Estoy segura de que ni siquiera soy lo bastante lista.

Además, acabo de volver a trabajar aquí y no quiero defraudarte.

Solo con decirlo en voz alta aumenta mi ansiedad.

Mira yergue los hombros y se incorpora. Tiene un aspecto tan regio, tan digno, va tan arreglada… Estar a su lado me hace sentir más joven y perdida.

—Nadia. No quiero volver a oírte decir eso de ti misma o te prometo que te daré unos azotes. O te lo descontaré del sueldo. O algo.

Por supuesto, este es el momento en que la puerta trasera de la clínica se abre de par en par.

—¿A quién le van a dar unos azotes? —dice Billie a modo de saludo.

Mira y yo nos reímos. Billie es la esposa de uno de los propietarios del Gold Rush Ranch y una de las entrenadoras de caballos de carreras más famosas y respetadas del mundillo.

Y también está embarazadísima de gemelos: mi peor pesadilla.

Atraviesa la puerta del vestíbulo sonriendo como una tonta con una mano colocada despreocupadamente sobre su barriga.

—Echo de menos unos buenos azotes. Vaughn me trata con guantes de seda ahora que estoy embarazada. Es un asco. Solo quiero que me pegue en el culo y me diga guarradas —suspira, nostálgica, y yo intento contener las carcajadas—. ¿Stefan sigue haciendo eso ahora que eres madre, Mira?

Demasiada información, joder. Reprimo un gemido y Mira se rasca la frente con una sonrisita en los labios. Billie siempre dice algo inapropiado. No sé si alguna vez tuvo filtro, pero está claro que ya no.

—Estábamos hablando de fijar objetivos. Le estaba diciendo a Nadia que no se subestimara. Y, para responder a tu pregunta, nuestra vida sexual es mejor que nunca. Y hasta ahí puedo leer.

Mira me guiña un ojo con complicidad.

—Menos mal —murmuro.

Billie me da un suave apretón en el hombro; estoy tan ocupada estremeciéndome por la imagen de mi hermano que Mira acaba de dibujar en mi mente que me he olvidado de que mi diario está a la vista y ella puede leerlo.

—Bueno, Nadia la traviesa. —Dios, aborrezco ese apodo—.

Puedo ayudarte con lo de aprender a montar a caballo.

También con lo de tener tu propio caballo.

¡Vacaciones en el Trópico! ¿Quién no querría un viaje de chicas?

—Se detiene, con los labios entreabiertos—.

Hacer el amor… Vale, ahí no puedo ayudar.

Pero ¿cómo se llamaba el tipo del otro día?

¿El que apareció por aquí para invitarte a salir? ¿Tommy?

Estrecho el diario contra mi pecho. Se me atora la garganta y me ruborizo. Joder . Se suponía que eso era privado. Doy unos golpecitos con la frente sobre sobre el escritorio.

—¿Él tampoco? ¡Era guapo! Pero, bueno… —Me da unas palmaditas en la espalda—. Todo va a ir bien, pequeña. Ya encontrarás a alguien con quien hacer el amor. No creí que fueras virgen, pero no te juzgo.

—Biiillllliiieee —gimoteo—. ¡No soy virgen!

—Dejo caer la cabeza contra el respaldo de la silla y abro los ojos de par en par, dispuesta a mandarla a la mierda, y entonces veo al hombre que está en la entrada, junto a la puerta abierta que deja entrar el calor en este sofocante día de principios de verano.

Joder, joder, joder.

—¡Griff! Estás aquí —celebra Billie—. Genial.

Tiene una bolsa de lona en la mano y, aunque Billie se dirige a él, me está mirando a mí.

Griff Sinclaire. El hombre que me dio un estúpido beso en el baño sucio de un bar y me dejó sintiéndome como una cría cuando se marchó.

Pensé que eso sería lo último que sabría de él, pero el destino me la jugó cuando unos días después entró en esta misma clínica para dejar unas muestras y se negó a hablar conmigo.

Ni. Una. Puta. Palabra.

Y eso debería haber sido todo, pero, para mi sorpresa, bajé las escaleras una mañana, poco antes de empezar las clases, y me lo encontré pasando el rato con mi hermano.

No sé cómo no me di cuenta, pero Griff es Griffin, el mejor amigo de mi hermano, al que no había tenido la ocasión de conocer desde que dejé Rumanía para mudarme aquí.

Me da un vuelco el estómago, como siempre que estoy con él, y el peso de su mirada me deja fuera de juego con su desaprobación y su rechazo.

La versión adulta de mí sabe que Griffin no debería haberme besado en el baño de hombres aquella noche, que hizo bien en alejarse, pero mi parte más infantil lo odia por ser tan capullo. Mi yo inmaduro ha magnificado esa noche hasta convertirla en algo que no fue.

El tío no me ha dicho una sola palabra desde entonces, y soy consciente de que puede hablar porque aún siento el rumor de su voz grave contra mi piel por mucho que intente olvidarlo.

Es demasiado mayor para mí. Ya debe de tener unos treinta años. Sin mencionar que creo que Stefan lo despellejaría si se enterara, así que probablemente evita hablar conmigo porque valora su vida, y esa es una postura inteligente. Lo malo es que acaba de escuchar nuestra conversación.

—Bien. —Billie rodea el escritorio y va hacia él—. Olvidaba que eres un hombre de pocas palabras. No pasa nada. Yo hablo y tú escuchas. Excepto la charla sobre ser virgen. Ignora a Nadia la traviesa y deja que te enseñe esto.

Se me revuelve el estómago cuando cierro el diario y los ojos.

Ojalá pudiera plegarme entre las páginas y esconderme allí.

Sabía que en algún momento volvería a cruzarme con él, pero no había imaginado que iba a llevar un uniforme azul descolorido y el pelo recogido en una coleta ladeada y que estaría gritando que no soy virgen.

Planeaba estar tan buena que se le cayera la baba y se diera de tortas por ser un capullo despreciativo.

—¿Dónde has aparcado? Primero vamos a instalarte. Luego te lo enseñaré todo. —Billie no deja de parlotear, ajena a la tensión que hay entre nosotros. Aunque a lo mejor no hay tensión entre nosotros; quizá soy la única que la siente, la única a la que esa noche le dejó el mundo del revés.

Puede que él ni siquiera se acuerde.

Eso es probablemente lo que hace un adulto después de besar a una adolescente: lo compartimenta en la categoría de «no tocar». No piensa en ello como yo no pienso en mi padre, porque es algo malo.

Inspiro hondo y levanto la vista justo a tiempo para ver a Billie guiándolo hacia el rellano, gesticulando como una loca. Habla muchísimo con las manos.

—¡Hasta luego, señoritas! —dice cuando salen.

Los nervios me atenazan las tripas. Ese tío es un imbécil, y no se merece que me avergüence, así que decido no avergonzarme. Fue un beso inocente hace dos años. No significó nada.

Mira está hojeando una carpeta del escritorio; lee el expediente mordiéndose el labio inferior, despreocupada y sin enterarse de nada.

Es como si ambas estuvieran tan felizmente casadas que no se dieran cuenta de lo increíble que es el culo de ese tío: no lleva los vaqueros, los vaqueros lo llevan a él.

—¿Por qué está Griffin aquí? —Tengo las manos sudorosas y el frío metal de las anillas del diario se me clava en las palmas.

Para Mira esto es tan intrascendente que ni siquiera levanta la vista.

—¿No te lo ha dicho Stefan?

Obviamente no.

—¿Decirme el qué?

Cierra la carpeta y coge otra.

—Va a mudarse a la antigua casa de invitados de Vaughn y Billie durante el verano para domar a los caballos jóvenes porque, obviamente, Billie no puede. Es el acuerdo al que han llegado: ella puede montar a caballo, pero solo a DD, así que ha contratado a Griff.

—¿Todo el verano?

Mira sigue con el dedo la línea que tiene delante, moviendo los labios mientras lee para sí misma, algo que hace a menudo.

—Sí —responde.

Miro a través de los grandes ventanales que dan al porche delantero. Billie sigue hablando con Griffin.

Pero Griffin me está mirando a mí.