Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Nadia

Tengo el síndrome premenstrual y estoy hambrienta y cansada. Es una mala combinación, y descargo mi furia contra el teclado mientras archivo las facturas del mes.

En la actualidad trabajo a tiempo parcial en una clínica veterinaria y también curso por correspondencia las últimas asignaturas que me faltan para sacarme el bachillerato; me siento en la recepción y alterno los deberes con las tareas esporádicas que me encomiendan, algo con lo que mi jefa, la doctora Mira Thorne, está totalmente de acuerdo. De hecho, ha sido idea suya.

Contesto al teléfono y recibo a la gente cuando entra por la puerta, y se supone que debo mostrarme alegre y educada, pero hoy no estoy por la labor.

Quiero irme a casa, acurrucarme con un libro absurdo y un frasco de analgésicos y revivir en mi mente el beso en ese baño con el desconocido buenorro. Al parecer, los orgasmos son buenos para los calambres, o al menos eso es lo que ha demostrado mi investigación personal.

Por eso reprimo un gemido cuando oigo abrirse la puerta principal y miro el reloj. Queda una hora. Tan cerca y tan lejos… Ahora mismo no quiero hablar con nadie, y solo puedo pensar en eso mientras giro la silla para volverme hacia la entrada con una sonrisa falsa y cursi en la cara.

Me quedo paralizada y mi expresión de cortesía se convierte en una de asombro absoluto, con la boca abierta como si estuviera a punto de decir algo, aunque no lo hago porque no quiero hablar con esta persona.

El tipo del baño sucio —lo llamo así— está aquí.

En mi trabajo. Con una bolsa de papel marrón en la mano y un ceño fruncido que asustaría a cualquiera menos a mí, que le devuelvo una mirada gélida.

Me reclino en la silla, clavo las uñas en los reposabrazos y me fuerzo a sonreír.

No pienso permitir que este imbécil me avergüence.

No tengo nada de lo que avergonzarme: soy una mujer moderna y soltera, y puedo besar a diez tíos por noche si me da la gana.

Pero ninguno de ellos me habría dejado tanta huella como este capullo, y eso es lo que de verdad me molesta: jamás he permitido que los chicos me causen tanto efecto.

—Hola. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Tiene cita?

—Tomo nota mentalmente para mirar en la agenda, averiguar quién es y buscarlo en Google.

No responde. Solo levanta la bolsa de papel como si eso lo explicara todo—.

Sí, vale, una bolsa preciosa. ¿Tiene cita?

—Aprieto los dientes. Estoy segura de que mi sonrisa forzada me hace parecer una loca de atar.

Sus ojos oscuros se entrecierran bajo la visera de la misma gorra del otro día y, esta vez, levanta la bolsa y la sacude.

Mira, no —. Colega, no sé qué quieres decir con eso.

¿Qué tal si te portas como un adulto y hablas?

Sí, se me ha acabado la paciencia.

Su respuesta es un gruñido, y eso me cabrea todavía más. La otra noche habló lo suficiente como para decirme que yo era un error, o un accidente, o lo que sea, ¿y ahora no dice ni palabra? Maravilloso. Sencillamente maravilloso.

—Oye —digo con mi tono más condescendiente—, no hablo el lenguaje de las caras raras. Vas a tener que hablar conmigo. O escribirlo o algo. —Levanto un dedo y hago como que miro debajo del escritorio—. O, espera, déjame coger la bola de cristal.

En ese momento, Mira atraviesa la puerta batiente y entra en la recepción con una sonrisa complacida.

—¡Griff! Me alegro de verte. ¿Has traído esas muestras de las que hablamos?

El tío del baño sucio le hace un gesto con la cabeza, pero no me quita la vista de encima. La verdad es que es un poco desconcertante. Me relamo los labios y le sostengo la mirada, en absoluto dispuesta a rendirme. Deja la bolsa de papel en el mostrador y sale por la puerta principal.

—Menudo idiota… —suelto, poniendo los ojos en blanco.

Mira guarda un silencio de lo más sospechoso, y, aunque me está mirando, sé que está a un millón de kilómetros de aquí.

—¿Tengo algo en la cara? —Me paso las manos por la boca y muevo una mano delante de ella.

Parpadea y sacude la cabeza.

—No, no, lo siento. Solo estoy cansada. Me he desconectado por un momento.

—¿Qué le pasa a ese tío? Ha entrado aquí como si fuera famoso y yo tuviera que reconocerlo. Y no me ha dirigido la palabra. Sus modales dejan mucho que desear —resoplo, tensando los hombros.

—¿Griff? Antes vivía por aquí.

—Sigue siendo gilipollas —murmuro, y vuelvo a concentrarme en el ordenador.

Una vez más, Mira apenas es consciente de lo que digo.

—Tengo que ir a ver a Loki —anuncia, cambiando de tema de golpe—. Yo… No voy a volver hoy. ¿Puedes cerrar?

Está rarísima.

—Por supuesto.

—Gracias.

Coge el abrigo y se va, dejándome confusa, de muy mal humor y atrapada en el trabajo durante otros cincuenta y siete minutos.

Maravilloso.

—Buenos días —sonríe mi hermano, que está junto a la cafetera .

Yo me deslizo sobre un taburete junto a la amplia isla de su cocina. El olor del café recién hecho y el que desprende la especie de desayuno gourmet que está preparando me han sacado de la cama temprano en mi día libre.

A este hombre le encanta darles de comer a los demás, y yo estoy más que dispuesta a permitírselo.

Al cabo de un momento, desliza por la isla un plato de huevos Benedict con salmón ahumado y una taza de café bien caliente.

Es el mejor hermano del mundo.

—Joder, sí —gimo, desvergonzada.

—Has quedado demasiadas veces con las chicas del Gold Rush Ranch.

Se refiere a las palabrotas.

—Tú también. —Tiene que saber que me he dado cuenta del tiempo que Mira y él pasan juntos y que he visto cómo los dos miran al infinito, locos de amor; y encima creen que están siendo sutiles. Es adorable.

Saboreo la comida y, por un momento, me siento feliz y tranquila. Por fin las cosas me van bien, y eso me da más fuerzas de las que nunca he creído posible: tengo una familia, tengo amigos, estoy estudiando y no vivo con un maltratador de mierda.

Mi vida es genial.

—¿Ya estás? —pregunta Stefan, y parpadeo, confusa. ¿De qué habla?

Me giro para seguir la mirada de mi hermano. Y es entonces cuando lo veo. A él. Al tío bueno del baño.

Que le den. ¿Es que este tío tiene que aparecer en todas partes? ¿No puedo masturbarme con él en paz y ya?

Debo de parecer sorprendida por su presencia, porque mi hermano intenta aclarármelo.

—Lo siento, Nadia. Este es Griffin. El hombre al que le compré este lugar.

Trago despacio y dejo el tenedor con cuidado antes de señalarlo.

—¿Ese es Griffin?

Mi hermano frunce el ceño y nos mira a uno y a otro.

—Sí.

El rugido de la sangre atruena en mis oídos.

—¿Griffin, tu mejor amigo Griffin?

El hombre musculoso se detiene al doblar la esquina de la cocina y se queda inmóvil, y juraría que casi puedo oír cómo piensa. Y sus ojos se desorbitan como si acabara de darse cuenta de quién soy.

Ay, no.

Abro los ojos de par en par cuando por fin ato cabos. Mira lo llamó Griff, no sé cómo no me di cuenta.

Vamos, no me jodas…

Me arden las mejillas y me da un vuelco el estómago como si estuviera en caída libre en un ascensor cuando me doy cuenta de lo que he hecho. Los antebrazos de ese hombre se tensan bajo la tinta negra que los cubre, y abre y cierra los puños, furioso.

—Relájate, Nadia. Los adultos no tenemos «mejores amigos».

Claro, sobre todo si ese adulto descubre que ese «mejor amigo» ha besado a su hermanita. Ahí se termina la amistad.

Griffin resopla, se rasca la barba y se dirige a la puerta principal para calzarse unas desgastadas botas vaqueras. Supongo que para huir de esta incómoda interacción.

—Ya te lo había contado: me vendió este lugar y seguimos en contacto.

Sí, Stefan ya me había hablado de su amigo, el único que no lo trató como a un apestado cuando se mudó al pueblo y con el que pasaba todo el tiempo libre. El que lo ayuda con el rancho.

Creo que incluso se ha referido a él como el único amigo de verdad que ha tenido.

Contemplo el culo firme y los músculos muslos de Griffin cuando sale por la puerta principal e intento pensar en algo que disimule mi expresión estupefacta.

—Pero… es un capullo —digo, aunque estoy pensando que debería poner fin a mis sueños eróticos con el tío del bar.

Stefan suelta una carcajada y sigue a su amigo.

—Me alegro de que pienses eso. —Me guiña un ojo por encima del hombro—. Así no tengo que preocuparme de que lo asustes con tus payasadas.

Ay, hermano. Si tú supieras.