Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4)
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Capítulo 1
Nadia
Tommy Koss besa fatal.
Me machaca los labios con cero delicadeza, y no puedo dejar de preguntarme si alguna chica le ha dicho lo terriblemente mal que se le da esto.
—Estás la hostia de buena —murmura entre besos lascivos y babosos.
—Tú también —susurro, con los brazos flojos sobre sus hombros y poniendo los ojos en blanco; ojalá se callara y me dejara disfrutar.
Su boca sabe a cerveza barata, y me manosea los pechos como un oso restregándose contra un árbol.
El regusto a alcohol me desanima al instante: es un recordatorio imposible de ignorar.
Se me había metido en la cabeza que besarme con Tommy podría hacerme sentir algo, que podía ser el broche perfecto para un día maravilloso. Y lo único que me ha hecho sentir es repulsión.
A lo mejor ya he superado estas tonterías.
Estoy sentada sobre un lavabo en el baño de hombres; sus manos se deslizan por debajo de mi ajustada camiseta de tirantes y se acomodan entre mis piernas. Huele a pastillas desinfectantes para el urinario y al desodorante barato de Tommy, y no tengo claro que los dos olores sean muy diferentes.
Me baja uno de los finos tirantes de la camiseta y acerca sus labios a mi pecho.
Echo la cabeza hacia atrás, la apoyo en el espejo lleno de salpicaduras y miro fijamente al techo.
Las manchas de agua de los paneles son tan viejas que han adquirido el color marrón del óxido.
Tommy se choca con el codo contra el secador de manos y un fuerte resoplido inunda el pequeño espacio.
Sonrío, divertida, y reprimo una carcajada.
Si no fuera tan patético, sería para partirse de risa.
En teoría, a los diecinueve años es divertido liarse con chicos en el baño de un bareto.
A esa edad ya puedes ir de bares en la Columbia Británica, y se supone que es lo que tienes que hacer para vivir la vida, aunque a mí el límite legal nunca me ha detenido.
Antes me encantaba salir, me hacía sentir rebelde, pero ahora me aburre.
Creo que he superado esa idea de que voy a encontrar lo que me falta en las amígdalas de algún tío.
Supongo que se debe a mis problemas paternos no resueltos.
Mi hermano cree que soy impredecible, una inconsciente y, probablemente, promiscua. Y lo soy, pero lo que él no entiende es que estoy buscando algo, solo que aún no estoy segura de qué.
Tommy está a punto de sacarme un pecho por encima del escote cuando se abre la puerta del baño.
Intento ver quién ha entrado, pero lo único que capto es el destello de unos ojos oscuros bajo la visera de una gorra y una mandíbula barbuda; el tipo nos da la espalda y usa el urinario como si no estuviéramos aquí.
Será capullo…
Me quedo boquiabierta, entre sorprendida y regocijada; Tommy me mira con una expresión dulce e infantil, se encoge de hombros, me agarra de la nuca y tira de mí para otra sesión de chupeteos torpes.
Debería decirle que parara, pero en realidad no le estoy prestando atención.
Tengo los ojos abiertos, pero no para mirar a Tommy: estoy concentrada al cien por cien en el hombre que está ahí, meando, fascinada por su confianza y su descaro.
Cierro los ojos y me imagino que estoy besando a otra persona.
El sonido de una cremallera al cerrarse me aparta de los húmedos ruidos que hace Tommy, y la voz profunda y ronca del desconocido me deja paralizada.
—Muévete.
El chico que tiene los labios sobre los míos se aparta y mira a los ojos al hombre que está junto a él.
—Tío, usa el otro lavabo. Hay dos.
Puedo ver unas cejas espesas y unos ojos hundidos sobre una nariz fuerte, pero la visera de la gorra ensombrece el resto de sus rasgos, como si se escondiera a plena vista.
La tela blanca cubre un pelo castaño pulcramente recortado, y tiene un parche marrón descolorido en la parte delantera con la silueta de un vaquero sobre un caballo de carreras. Siento una atracción inexplicable hacia él, y me acerco más para intentar distinguir lo que pone bajo el dibujo.
En este estado solo te pones una gorra así como declaración de intenciones, y quiero saber qué considera importante un hombre como este, capaz de ocupar todo el espacio a su alrededor sin siquiera proponérselo.
—¡Largo! —brama, y yo me sobresalto.
Los gritos siempre me provocan esa reacción. Me paralizo y la rabia me asciende por la garganta. Detesto que me hablen en ese tono. Lo único que consiguen es cabrearme.
Tommy se limita a resoplar, sin percatarse del tono acerado del tipo; se comporta como un crío al que nunca le ha pasado nada malo y no tiene ni idea de las consecuencias de sus actos.
—Vale, tío, lo que tú digas. Vamos, Nadia —dice, y va hacia la puerta sin mirar atrás y sin detenerse a esperarme.
Da por sentado que voy a seguirlo hasta la parte del bar donde nos esperan todos nuestros conocidos, donde unas chicas a las que apenas conozco me mirarán con envidia como si Tommy fuera un partidazo.
Si lo hubieran besado, se ahorrarían las miraditas.
No lo sigo. Suspiro y vuelvo a apoyarme contra el espejo, frente a frente con el misterioso desconocido que me mira fijamente. Me he prometido a mí misma que no voy a reaccionar cuando un hombre use ese tono conmigo e intente intimidarme, y hoy no va a ser la excepción.
¿Vas a gruñirme? Pues yo pienso morderte.
Le pongo mi mejor cara de superioridad y me miro las uñas con expresión desinteresada.
—No se me da bien obedecer órdenes, así que es mejor que uses el otro lavabo.
—Se lo señalo y él me escudriña con la irritación a flor de piel.
Su respiración es jadeante, y no aparta la vista de mí; la única parte de su cuerpo que se mueve es el ancho pecho—.
Y si vas a volver a hablarme así, te sugiero que te protejas la entrepierna para suavizar el golpe.
—Sacude la cabeza, va al otro lavabo y abre el grifo de un manotazo.
Se me escapa un suspiro y la tensión en el ambiente se relaja un poco—.
Lo sé. Este es el baño de hombres. No debería estar aquí, bla, bla, bla.
Pero acabas de sacarte la polla y de mear sin pensártelo dos veces, así que no creo que tengas problemas para lavarte las manos delante de mí.
No dice ni media palabra. Se limita a echarse un poco de cremoso jabón rosa en la ancha y callosa palma de la mano. Parece mayor. Debe de serlo. Esa confianza, las finas arruguitas en torno a sus ojos, esa actitud melancólica…
—¿Sabes? —continúo, sin esperar a que responda, hablando por hablar—. Debería darte las gracias. Ese tipo besa como el culo: todo dientes y saliva. Pero que muy mal…
Me estremezco con aire dramático, riendo entre dientes, y me paso un dedo por los labios hinchados, mirando las lámparas del techo hasta que unos puntitos brillantes bailan ante mis ojos.
El silencioso desconocido se limita a gruñir; la camiseta blanca se ciñe a su pecho.
—¿Por qué? —pregunta.
—¿Por qué qué? —digo, y me echo hacia delante para intentar verle la cara y saber qué aspecto tiene en realidad.
Los vaqueros claros se ciñen a su culo y los muslos los rellenan a la perfección sin parecer demasiado gruesos.
La cintura es esbelta y tiene los brazos cubiertos de intrincados tatuajes negros que podría pasarme horas descifrando.
Vuelve la mirada hacia a mí mientras se enjuaga las manos metódicamente. Traga saliva y la nuez se desliza por su garganta.
—¿Por qué lo haces?
—¿Besarlo?
Él asiente, se acerca y extiende los largos brazos sobre mi regazo para usar el secador de manos.
El fuerte silbido vuelve a llenar el cuarto de baño, pero esta vez no me hace tanta gracia.
Se frota las manos bajo el aire caliente y alguna que otra gota de agua cae sobre mi muslo desnudo, justo bajo el dobladillo de mi falda vaquera.
Cuando el secador se detiene, se vuelve hacia mí, y el peso de su mirada me estremece. Inspiro hondo y yergo los hombros.
—Esta noche estoy de celebración. Acabo de enterarme de que me han admitido en un programa de formación.
Por fin he conseguido algo por mí misma, y supongo que solo quería sentirme bien un rato.
—Se me queda mirando sin decir nada, así que lleno el silencio con palabras—.
Hoy me he sabido de que he conseguido plaza para estudiar para técnica veterinaria.
Es la primera cosa que puedo decir que he querido hacer sin que nadie intervenga.
Estaba tan nerviosa por haber presentado la solicitud que ni siquiera se lo he dicho a nadie, y mucho menos, que me han admitido.
Ni siquiera a mi jefa, que probablemente debería saberlo porque va a tener que contratar a una nueva recepcionista para cuando llegue septiembre.
—El hombre vuelve a darle al secador, como si quisiera ahogar mis divagaciones.
El aire caliente me acaricia los muslos, y casi me lo imagino tocándomelos.
Para distraerme, sigo hablando y gesticulando animadamente—.
Así que se supone que esta noche debería celebrar mi logro y divertirme.
Y a falta de otra cosa, Tommy siempre ha sido divertido, sin complicaciones.
Un tío majo, aunque besa fatal. Lo mejor de todo es que no quiere compromisos, lo que es genial, porque yo no estoy dispuesta a comprometerme.
El secador se detiene; su mirada relampagueante dibuja mi rostro, y frunce el ceño mientras parece considerar mis palabras. El tío sin nombre me estudia como si estuviera loca.
Me humedezco los labios y suelto una risita nerviosa. Es demasiado intenso.
—No sé por qué te cuento todo esto.
Su rostro es impasible, pero levanta una mano y engancha un dedo en el tirante de la camiseta que me ha bajado Tommy, haciéndome sentir tan desaliñada como debo de estar.
Pero en lugar de bajármelo más, como yo esperaba, me lo sube y me lo vuelve a poner sobre el hombro, y el primer nudillo de su dedo índice me acaricia la clavícula.
Me quedo sin aliento y se me pone la carne de gallina. Los ojos caoba del hombre se clavan en el lugar donde me ha tocado.
—Bésame —digo antes de pararme a pensarlo. Levanta la vista y la clava en mí—. Un beso de felicitación. Un beso de verdad.
Y allá vamos: mi lado imprudente ha salido a la luz.
Juraría que puedo ver cómo piensa y sopesa sus opciones.
Alguien podría entrar en cualquier momento.
—¿Por qué? —dice con expresión suspicaz.
Me encojo de hombros.
—¿Por qué no? Somos dos perfectos desconocidos que nunca volverán a verse. ¿Qué tenemos que perder?
Me mira fijamente durante un rato y se desvanece parte de ese recelo. Al cabo de un instante pasa la mano bajo mi mandíbula y me agarra de la barbilla para acercarme a él y yo me dejo llevar como una polilla atraída por la luz.
De cerca, me doy cuenta de lo fuerte que es. Gira la cabeza para que no le estorbe la visera de la gorra, y eso me permite ver su rostro severo con claridad. Es un hombre que sabe lo que hace. Sabe exactamente cómo mover la cabeza, cómo ladear la mía.
Su rostro desciende y, cuando me besa, el mundo se detiene a mi alrededor. Huele a jabón de lavandería y a agujas de pino recién caídas. Sus labios se mueven con precisión, con un ansia que nunca he sentido. Y su boca sabe a canela.
Me acerco más hacia él y suspiro; apoyo las palmas de las manos sobre su pecho cincelado y siento los latidos de su corazón.
Me muero por que me sujete algo más que la barbilla.
Deseo tener sus manos callosas sobre mí como tenía hace unos minutos las suaves de Tommy, y sé que sería mejor.
Es como la versión cruel del universo de un test para comparar dos productos.
Y tengo muy claro quién es el ganador.
Su boca es firme, y yo me abro a él, languidezco y me dejo llevar cuando su lengua me acaricia la comisura de los labios.
Sus dientes no chocan con los míos; su barba me eriza la piel, y esa sensación despierta todas mis terminaciones nerviosas.
Me estrecho contra él. La rígida tela de sus vaqueros me hace daño en los muslos cuando él se coloca entre ellos.
Y cuando sus caderas se aprietan contra las mías, me estremezco.
Me derrito.
Este beso es como un baile con un hombre que sabe cómo llevar a su pareja en lugar de con uno que no deja de pisarme.
No tengo ni que esforzarme, y quiero que dure toda la noche, pero no va a ser así porque se aparta despacio y me mira con expresión confusa. Se me entrecorta la respiración y lo miro a los ojos, intentando averiguar qué estoy haciendo en el baño sucio de un bar con un perfecto desconocido.
Quiero que vuelva a besarme.
En lugar de eso, levanta el pulgar, me acaricia el labio inferior y una oleada de excitación nace entre mis piernas.
Hay algo posesivo en ese acto. Es como si hubiéramos compartido un secretito vergonzoso en ese baño mugriento, y me muero de ganas de ir tras él y pasarme la noche desentrañando el misterio.
Pero deja caer las manos y se aparta, y yo echo de menos el calor de su cuerpo.
—Felicidades, florecilla silvestre. —Su voz profunda suena tan bajo que casi no la oigo cuando se vuelve hacia la puerta.
Tiene tensos los hombros bajo la sencilla camiseta.
—Otra vez —digo, desesperada y sin aliento. Esto no puede ser todo entre ese misterioso desconocido y yo. Y menos cuando acaba de dejarme como tierra quemada, cuando tengo la sensación de haber encontrado algo.
No se da la vuelta cuando rodea el pomo de la puerta con una gran mano. Ni siquiera tiene que mirarme para hacerme sentir pequeña y avergonzada, como la mayoría de los hombres de mi vida. Solo necesita unas cuantas palabras tranquilas y bien escogidas.
—Una vez es un accidente. Dos veces es un error.