Capítulo veinticinco #2
—Entendido —dijo mientras Blue me pasaba el frasco de atropina y yo cargaba la jeringa—. Troy y los demás están en plena operación desde hace unos días. Avisé a Trev y está intentando contactar con ellos, pero tienen las comunicaciones cortadas. Así que soy yo tu refuerzo.
—¿Cuánto tardarás en llegar? —pregunté mientras localizaba la mejor vena de Steven, introducía la aguja con cuidado e inyectaba la atropina en su torrente sanguíneo.
—Tengo los medicamentos y voy de camino al aeropuerto mientras hablamos. Si puedes ganarles algo de tiempo a los chicos, debería llegar al amanecer, siempre que el tiempo acompañe.
El amanecer quedaba muy lejos, y al mirar afuera solo se veían lluvia y nubes oscuras de tormenta. Iba a ser una noche larga.
—Tengo que irme —dije mientras llenaba la siguiente jeringa—. Pero mantenme al tanto, ¿vale?
Cuando Marisol no respondió, levanté la vista. La llamada se había cortado. Maldije para mis adentros.
—Blue, llama a Emme y Lexi —solté mientras corría hacia la habitación de Rosario—. Diles que hay un ataque inminente. Que se pongan a cubierto y se escondan hasta que llegue.
—Entendido.
La voz de Blue me siguió hasta la habitación donde Rosario yacía, luchando por su vida.
Inyecté los medicamentos en el suero de Rosario y fui de habitación en habitación administrando la medicación. Al menos ahora sabía a qué me enfrentaba y cómo combatirlo. Calculé con cuidado las dosis para cada hombre y racioné el fármaco para mantenerlos con vida hasta que llegara Marisol.
No tenía ni idea de cuánto pesticida tenían mis hombres en el cuerpo, pero sabía varias cosas. Primero, el veneno no se había ingerido por vía oral. Como ni Blue ni yo estábamos envenenados, podía descartar que alguien hubiera puesto el pesticida en nuestra comida.
Segundo, el veneno se había administrado de forma gradual. Eso explicaba por qué los síntomas iban y venían y por qué cada hombre mostraba un nivel de intoxicación diferente.
Tercero, la acumulación había sido deliberada: debilitar a mis hombres sin levantar sospechas, dejarlos fuera de combate. Sin la atropina, los más graves habrían muerto en cuestión de horas.
Tal como estaban, no podían luchar.
El enemigo había logrado su objetivo.
—¡Apollo!
Blue me encontró en la habitación de Jackson.
—No consigo contactar con Emme ni con Lexi. ¡No puedo comunicarme con nadie!
Mierda. Cogí su móvil y pulsé rellamada. Nada. Si habían bloqueado nuestras comunicaciones, el ataque ya estaba en marcha.
—Vamos —dije, yendo a toda prisa hacia el salón. Tenía que sacar a las mujeres y a los niños de la línea de fuego.
Doblé la esquina y choqué con Steven.
—¿Qué está pasando? —murmuró, apoyándose en la pared—. ¿Por qué me siento tan mal?
—Os han envenenado, a ti y a los demás —dije—. Se acerca un ataque.
—Maldita sea —soltó Steven. Se tambaleó hasta el armario más cercano y abrió las puertas de par en par, dejando a la vista un pequeño arsenal.
—Estás demasiado enfermo para luchar —dije mientras agarraba un chaleco antibalas y se lo lanzaba a Blue.
—Ni hablar.
Steven cogió un M4, tambaleándose.
—Quiero luchar.
—Yo también —dijo Jackson, que salió tambaleándose de su habitación con el suero aún conectado al brazo.
—Y yo —añadió Lewis, entrando a trompicones en el salón.
—Estáis demasiado débiles, todos —dije mientras me ponía un chaleco táctico y tiraba de las correas para ajustármelo.
—Lucharemos —dijo Steven, y los otros dos asintieron—. Vamos contigo.
—No, no vendréis —dije, improvisando un plan—. Quiero que encontréis un lugar donde esconderos y protejáis al resto de los chicos lo mejor que podáis. Sois blancos fáciles en esta casa de playa. Buscad refugio y no os dejéis ver. ¿Podéis hacerlo?
—Claro que sí —dijeron los tres al unísono, aunque tenían una pinta horrible.
—Defended el aeródromo si podéis.
Llené el chaleco de munición y me metí un par de granadas en los bolsillos.
—Por la mañana llegarán medicamentos y los necesitamos para salvar a los demás.
Steven asintió.
—Entendido, doc.
Miré a Blue.
—Quizá deberías quedarte con ellos.
—Ni hablar.
Se acercó al armario y cogió una Glock 19.
—Voy contigo.
De todos modos, estaba en peligro. Al ver a mis hombres enfermos, decidí que estaría más segura conmigo, al menos de momento.
Le di instrucciones a Steven sobre cómo administrar la siguiente dosis de atropina a Rosario y a los demás. Luego agarré un M4 y miré a Steven a los ojos.
—Va a ser una noche movidita.
Me colgué el arma al hombro.
—Buena suerte.
—Igualmente, doc.
Steven me hizo un saludo algo torpe.
—Nos vemos por la mañana.
Respiré hondo. Odiaba dejar atrás a aquellos hombres valientes. Pero Blue, Emme, Lexi y los niños tenían que salir de la isla cuanto antes, y mis hermanos jamás me perdonarían si les pasaba algo. Con Blue a mi lado, salí bajo la lluvia y escudriñé el horizonte.
—Luces —gritó Blue, apartándose la lluvia de la cara y señalando hacia el sur—. Por ahí.
Entrecerré los ojos para ver en la oscuridad. Un relámpago iluminó el cielo. A lo lejos, dos o tres barcos se mecían en el oleaje agitado, avanzando en línea recta hacia la isla.
Joder.
Ya venían.
***
Blue
Iba junto a Apollo en el carrito de golf, que volaba por el camino, aferrando el arma con fuerza.
La tormenta rugía y cortinas de lluvia me azotaban la cara.
Con las luces apagadas, ni Apollo ni yo veíamos bien el camino.
El corazón me latía en los oídos casi tan fuerte como los truenos que retumbaban a nuestro alrededor.
Teníamos que llegar hasta Emme, Lexi y los niños antes de que fuera demasiado tarde.
—Fue alguien de dentro —grité por encima de la tormenta—. Lo hizo Charles. Estoy segura. La única pregunta es cómo.
—Los barcos siguen en el agua —gritó Apollo, señalando con la barbilla hacia el océano, donde las luces parecían más cerca pero el mar embravecido las zarandeaba con violencia—. Les va a costar atracar.
—Sé lo que estás pensando —le grité—. Sin pruebas, Charles negará haberlo hecho.