Capítulo veinticinco #3
—Si Charles trabaja para Zero Tango, esos barcos que se acercan traen muchos hombres y armas —dijo Apollo, conduciendo a toda la velocidad que daba el carrito de golf—.
Una vez en tierra, será difícil enfrentarse a ellos.
Pero Charles tiene que tener algún modo de comunicarse con ellos.
Si encontramos pruebas de lo que ha hecho, sabrá que acabará en la cárcel.
Podemos ofrecerle un trato y presionarlo para que cancele el ataque.
No hacía falta que me dijera que estábamos solos en esta lucha a vida o muerte. Solo teníamos una oportunidad de evitar el ataque.
—Tenemos a Charles atrapado en la despensa —señaló Apollo, lo que significaba que Lexi, Emme y los niños estaban a salvo, al menos por ahora—. Tenemos unos minutos para encontrar las pruebas, ya que los barcos todavía están en el mar y les costará atracar con este tiempo.
—Tienes razón —mientras las luces del complejo se acercaban, busqué la mirada de Apollo—. Hagámoslo.
Se desvió de la entrada principal y aparcó el carrito detrás de unos arbustos en la curva.
Aprovechando el muro para cubrir nuestro avance, corrimos el resto del camino.
Apollo llevaba el rifle pegado al cuerpo mientras yo agarraba mi arma con fuerza.
Cuando llegamos a la villa del personal, estábamos empapados y sin aliento.
Agachado detrás del muro, me observó con atención.
—¿Hay algo que pueda decirte para convencerte de que es mejor que me esperes aquí?
Levanté la barbilla.
—Nada.
—En ese caso... —quitó el seguro, montó el arma e hizo un gesto para que yo hiciera lo mismo—. Vamos.
La villa estaba oscura y en silencio a esas horas. Apollo subió a la terraza, sacó la navaja multiusos del bolsillo y manipuló la puerta trasera, abriéndola con la misma facilidad que si tuviera una llave maestra.
En absoluto silencio, nos deslizamos dentro de la casa. Tras un rápido barrido de las zonas comunes, avanzamos por el pasillo que llevaba a los dormitorios.
Dentro reinaba el silencio. La mayoría de las puertas estaban abiertas y las habitaciones, vacías. Al final del pasillo nos encontramos con dos puertas cerradas.
Apollo me indicó con un gesto que me pusiera detrás de él. Con la carabina lista, giró el pomo y empujó la puerta ligeramente. La puerta crujió al abrirse. Con el dedo en el gatillo, Apollo barrió la habitación con el arma.
Estaba vacía.
A juzgar por la ropa colgada en el armario, aquel era el dormitorio de Jeffrey. Me preocupaba mucho nuestro afable chef. Si Jeffrey había descubierto la traición de Charles, probablemente ya estaba muerto.
Respiré hondo y seguí a Apollo a la habitación de Charles.
—Despejado —dijo Apollo, y de inmediato me puse a rebuscar en el armario, sin saber muy bien qué buscaba.
—¿Qué es esto? —dije al acercarme a la cómoda.
Saqué un pequeño estuche que acababa de encontrar en el cajón de Charles, escondido bajo su ropa interior. Lo abrí y me quedé mirando el hueco vacío en la espuma, moldeado para contener un pequeño cilindro.
La mirada de Apollo se fijó en el estuche vacío como un láser.
—Déjalo —ordenó—. Es un estuche para transportar viales. Charles debió de traer el veneno en su forma más pura.
—Dios mío —jadeé—. ¿Crees que...?
—Sí, eso creo —Apollo rebuscó en el cajón y sacó un tubo de crema solar—. Es la crema que usa el equipo. He visto varios de estos en sus habitaciones.
Sacó un paquete de jeringas del cajón. Todo su cuerpo irradiaba ira.
—Así fue como Charles inyectó el veneno en la crema solar —dijo—.
Los chicos se la untaban en la cara y el cuerpo.
El veneno se les absorbía por la piel. Y entraba aún más en su organismo cuando se tocaban la boca y los ojos.
Cada vez que se aplicaban la crema, aumentaban sin saberlo la concentración tóxica en su sangre.
—Jesús —hervía de rabia—. Vaya forma más cruel de matar. Nunca me cayó bien, pero no puedo creer que hiciera esto.
—Más te vale creerlo —Apollo observó los objetos en sus manos—. Tenemos un arma biológica y la prueba irrefutable. Tenemos que movernos. Ya.
Atravesamos los jardines al trote. Tenía el pelo empapado, igual que los pantalones cortos. La blusa campesina de hombros descubiertos se me pegaba al cuerpo y las chanclas chapoteaban a cada paso. Al llegar a la puerta principal de la casa, nos detuvimos a escuchar.
Negó con la cabeza.
—Hay demasiado silencio.
Con el corazón retumbándome en los oídos, seguí a Apollo directo a la cocina. La puerta de la despensa estaba abierta. La placa de la cerradura colgaba de un solo tornillo. La madera estaba astillada.
—Maldita sea —masculló Apollo—. Quédate pegada a mí, vamos.
En silencio, bajamos las escaleras. Al llegar al sótano, Apollo se detuvo en el umbral de la sala de juegos y escuchó antes de avanzar y barrer la habitación con el arma.
Nos recibió el aroma de palomitas calientes. Sonaba una canción infantil en el sistema de sonido envolvente y había una enorme tienda de campaña improvisada con sábanas, almohadas y cojines apoyada en el sofá rinconero. Pero cuando miré dentro, estaba vacía.
—No están aquí —el estómago se me encogió de angustia.
Apollo ladeó la cabeza. Juntos registramos todas las habitaciones del sótano.
—Aquí tampoco hay nadie —informé mientras revisábamos el último dormitorio—. ¿Apollo?
—Sí, lo sé.
Salimos al pasillo y volvimos a examinar el lugar.
—Se han ido —su mirada ardía de furia—. Charles ha conseguido salir. Los tiene él.