Capítulo veinticinco
Blue
Apollo estuvo fuera la mayor parte del día. Una lluvia constante nos mantuvo a todos dentro. Lexi se acomodó con un libro en su habitación mientras yo me quedaba con Emme y los niños.
Pero ni mi mente ni mi corazón estaban en ello. No dejaba de pensar en Apollo y en la trágica historia que había compartido conmigo la noche anterior.
Ahora comprendía las terribles fuerzas que lo habían moldeado hasta convertirlo en el hombre que era.
Sus esfuerzos por ser perfecto eran su manera única de combatir los efectos de años de abuso terrible.
Su incapacidad para diagnosticar la enfermedad de sus hombres había hecho aflorar el viejo dolor, había minado su confianza y profundizado las inseguridades que lo hacían sentirse un impostor.
Pero no era un impostor. Era auténtico. Estaba decidida a demostrárselo. Era inteligente, amable y capaz. Su afán por curar a otros era verdaderamente excepcional. Lo sabía porque él era una parte vital de mi propia curación.
Me dolía el corazón cuando pensaba en él.
Ojalá hubiera algo que pudiera hacer para ayudarlo a descubrir qué les pasaba a Rosario y a los demás.
No dejaba de darle vueltas a todo lo que me había contado, considerando otras posibilidades que podríamos haber pasado por alto.
Vencer la enfermedad que afligía a sus hombres era la única manera de ayudar a sanar esas viejas heridas en el alma de Apollo.
A última hora de la tarde, cuando la pequeña Maya pidió helados a gritos, me ofrecí a ir a buscarlos.
Dejé a todos abajo en el sótano jugando y me dirigí a la cocina.
El chef Jeffrey no estaba por ninguna parte.
Rebusqué en el congelador pero no encontré ninguno de los helados de coco favoritos de Maya.
Recordé la cámara frigorífica del cuarto de servicio y volví al sótano. Llegué a la habitación apartada y acababa de extender la mano hacia el tirador cuando la puerta del congelador se abrió de golpe. Pegué un brinco. Charles también.
—¿Qué haces aquí? —exigió mientras salía del congelador.
—Buscando helados. —Obligué a mi corazón desbocado a calmarse—. ¿Y tú?
—Estaba haciendo inventario, por supuesto.
—Por supuesto. —Mi mirada se desvió hacia los bajos de los pantalones de Charles. Estaban mojados. No era propio de él lucir algo menos que perfecto.
—Acabo de fregar la terraza de la piscina —explicó sin que yo preguntara—. Con los jardineros y las criadas fuera, el trabajo me toca a mí.
Por la mueca de su boca, estaba claro que consideraba el trabajo indigno de él.
—Déjame traerte esos helados. —Desapareció en el congelador y reapareció enseguida con una caja en las manos—. Aquí tienes. Si necesitas algo más, no dudes en pedírmelo.
—Gracias. —Tomé la caja y me di la vuelta para irme—. Por cierto —me detuve en el umbral—, ¿has visto a Jeffrey?
—No lo he visto —dijo—. ¿No estaba arriba?
—No, y me pareció raro. Ya es hora de empezar a preparar la cena. Anoche se nos acabaron los macarrones con queso y prometió improvisar, ya que es lo único que le gusta comer a Joram.
—Probablemente se tomó un descanso —dijo Charles—. Seguro que lo tiene todo bajo control. Pero no te preocupes. Joram tendrá sus macarrones con queso.
—Gracias. —Me dirigí a la sala de juegos, preguntándome si el pobre Jeffrey estaría muerto y medio congelado en el congelador. Reprimí el impulso de darme la vuelta y comprobarlo.
¡Deja de pensar locuras!
Una cosa era que alguien no te cayera bien. El engreído de Charles era, bueno, engreído. Pero era muy diferente sospechar de todo el mundo y su madre.
Le di los helados a Maya, pero para entonces había cambiado de opinión. Quería galletas.
Subí las escaleras corriendo, agarré las llaves que colgaban junto a la puerta y abrí la despensa. Mientras rebuscaba en los estantes buscando galletas, vi varias cajas de macarrones con queso.
¿Por qué me pareció eso raro?
Porque ayer no teníamos. Y hoy teníamos de sobra.
El corazón se me aceleró. Alguien había desafiado el confinamiento de Apollo y había ido al continente sin que él lo supiera.
Alguien que sabía dónde estaban las cámaras de seguridad y no había sido captado por la vigilancia de Steven.
Alguien que había traído macarrones con queso, y tal vez algo más.
En mi mente, ese alguien solo podía ser…
—¿Hambre otra vez? —La voz de Charles me hizo dar otro brinco, y la nota siniestra que teñía su tono me puso la piel de gallina.
Tenía una corazonada sobre Charles. Una mala. Y aunque intenté disiparla, otra mirada a los macarrones con queso en los estantes me convenció de que quizá no debería ignorarla.
Me giré para enfrentarlo, improvisando sobre la marcha.
—Maya quiere galletas ahora.
—Déjame traértelas. —Charles entró en la despensa.
Tal vez estaba siendo hipervigilante.
Pero tal vez no.
Siguiendo mi corazonada, cerré la puerta de golpe y encerré a Charles dentro de la despensa. Él golpeó la puerta, gritándome que lo dejara salir. Me aparté de la puerta y me quedé paralizada.
¿Había llegado a la conclusión equivocada? ¿Estaba siendo paranoica?
El móvil sonó. Con el corazón aún latiéndome en los oídos, lo saqué del bolsillo trasero y acepté la llamada.
—¿Dónde está Apollo? —exigió Marisol a modo de saludo—. He estado llamándolo sin parar y no contesta el móvil. Necesito hablar con él. Ahora.
—¿Pasa algo? —pregunté.
—Sí. —Me dijo qué era.
Contuve el aliento. ¡No era de extrañar que Apollo no hubiera podido descubrirlo!
—No cuelgues —dije, aún conmocionada—. Creo que sé quién hizo esto y voy a buscar a Apollo.
Corrí hacia las escaleras, me incliné sobre la barandilla y grité hacia el sótano.
—Emme, Lexi, escuchadme.
Las mujeres aparecieron al pie de las escaleras.
—Charles está encerrado en la despensa —dije—. No lo dejéis salir bajo ninguna circunstancia. Es peligroso.
—¿Qué está pasando? —gritó Emme desde abajo.
—Os llamaré y os contaré todo lo que sé en cuanto pueda —dije—. Pero no dejéis salir a Charles. Vigilad esa puerta como si os fuera la vida en ello.
—Cuenta con ello, Blue.
Corriendo como una loca, me guardé las llaves de la despensa en el bolsillo y fui hacia uno de los carritos de golf aparcados frente a la casa.
—¿Marisol? —dije mientras aceleraba para salir del recinto—. Voy de camino.
—Blue, por favor, date prisa —el tono agudo de su voz me heló la sangre—. Tienes que encontrar a Apollo antes de que sea demasiado tarde.
***
Apollo
Pasé el día luchando por estabilizar el nivel de oxígeno de Rosario.
El vuelo de evacuación médica esperaba permiso en la pista de Denver, listo para despegar.
Pero aún no tenía los resultados de las pruebas y, por tanto, la autorización para volar.
Y entonces Ho empezó a convulsionar. Para cuando logré estabilizarlo, se desató el infierno.
Todos los hombres de la casa sudaban con fiebre alta, vomitaban o sufrían diarreas extremas. Les puse vías intravenosas a todos, administrándoles antibióticos y antivirales a la vez, pero su estado se deterioraba rápidamente.
Era mi peor pesadilla como médico hecha realidad.
Steven, el último en pie, acababa de desplomarse y estaba intentando subirlo al sofá cuando Blue irrumpió en la casa con el móvil en la mano.
—No puedes estar aquí —espeté, temiendo un virus contagioso—. ¡Lárgate de aquí!
—No es contagioso —jadeó, enseñándome la pantalla del móvil—. Lo dice Marisol. Ha estado intentando llamarte. Necesita hablar contigo.
—Mierda.
Debía de haberme dejado el móvil en una de las habitaciones de los chicos. Había estado tan ocupado que perdí la noción del tiempo. Un vistazo rápido me mostró que el sol se estaba poniendo. Me arranqué la mascarilla, le quité el móvil a Blue y me puse a hablar con Marisol.
—Dime que tienes algo para mí.
—Lo tengo —dijo—. Puede parecer un virus, pero no lo es.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que alguien se tomó muchas molestias para que esto pareciera un virus tropical al principio, uno contagioso.
—¿Pero no lo es?
—No, no lo es.
Marisol hizo una pausa y luego escupió las palabras.
—Tu equipo de seguridad ha sido envenenado.
—¿Envenenado? —exclamé—. ¿Cómo?
—Detectamos clorpirifós en todas las muestras de sangre de tus hombres —dijo Marisol.
—¿Clorpirifós? —dije—. ¿El ingrediente principal de los pesticidas?
—Exactamente —dijo, asintiendo con fuerza en la pantalla.
—Pero lo he comprobado, y no hay pesticidas tóxicos en la isla.
—Alguien podría haber traído el veneno desde el continente —intervino Blue—. Creo que fue Charles.
—¿Charles?
Me quedé mirando a Blue boquiabierto.
—Lo encerré en la despensa.
Sacó las llaves del bolsillo y las levantó.
—No pude encontrar a Jeffrey. Probablemente esté muerto.
—Y ahora viene lo peor —dijo Marisol—. Todos tus hombres han dado positivo en mayor o menor grado.
Joder, joder, joder. Eso lo explicaba todo. Apoyé el móvil en la mesita y, sin perder de vista la pantalla, rebusqué en mi botiquín.
—¿Y Blue? —pregunté—. ¿Y los demás de la casa principal?
—Ni tú, ni Blue, ni nadie del personal de la casa tenéis rastros de clorpirifós en los análisis de sangre —informó Marisol.
Un millón de pensamientos me bullían en la cabeza. Alivio porque Blue estaba a salvo del envenenamiento. Alivio también porque Emme, Lexi y los niños no corrían peligro por un virus contagioso.
Tres preguntas destacaban sobre las demás: quién había hecho esto, por qué y cómo.
Zero Tango tenía que estar detrás de esto. Pero ¿cómo nos había encontrado aquí en Isla Tovar? ¿Y cómo había logrado envenenar a mis hombres?
No tenía ni idea, y tampoco tiempo para averiguarlo ahora.
Solo había una razón lógica para que Zero Tango envenenara a mi equipo de seguridad.
Estaba a punto de lanzar un ataque.
—Blue, rápido, busca la atropina en mi botiquín —dije, rebuscando entre las jeringas—. Marisol, no tengo suficientes dosis de atropina para combatir el veneno en los siete pacientes. Y necesito pralidoxima antes de que aparezca miocarditis, paro respiratorio o insuficiencia orgánica.