Capítulo veinticuatro
Apollo
Me había pasado la vida intentando compensar haber sido débil, indigente, impotente. Me esforzaba tanto porque volver a sufrir maltrato no era una opción. Pero ahora, ante el sombrío pronóstico de Rosario y Jackson, me sentía tan indefenso como cuando era más joven.
Las emociones que había estado reprimiendo durante tanto tiempo se me enroscaron en el cuello y me apretaron la garganta. De un momento a otro, sentía que el pecho me iba a implosionar.
Sentada en silencio junto a mí, Blue nunca me pidió que le contara mi historia. Simplemente alargó la mano y tomó la mía. Pero si no se lo explicaba, nunca lo entendería.
El problema era que nunca le había contado la historia a nadie. Jax lo sabía, pero él había sido parte de ella. Mis otros hermanos también sabían que habían ocurrido cosas terribles. ¿Pero hablar de ello?
No. Ni siquiera la Dra. Norton había logrado esa hazaña.
Pero Blue había compartido conmigo sus secretos más íntimos. Ahora era parte de mi vida. Tenía derecho a saber lo imperfecto que era el señor Perfecto, a decidir si quería quedarse con alguien que había fracasado tan pronto en la vida y de forma tan rotunda.
Me costó trabajo, pero con palabras torpes y vacilantes, conseguí contarle las partes fragmentadas que recordaba.
No tenía recuerdos de la violación. La Dra. Norton sostenía que era una bendición encubierta, que olvidar era mi mecanismo de defensa, y que mi mente protegía al niño que había en mí del crimen cometido contra mí. El niño de once años que fui solo recordaba el antes y el después.
En un momento estaba leyendo en el armario que Jax y yo habíamos compartido como dormitorio. Al siguiente estaba en la habitación de mi madre, desparramado en su cama, con las fosas nasales llenas de olor a perfume barato y sábanas sucias.
Tenía frío y estaba temblando, y las lágrimas me corrían por el rostro.
Me dolía la garganta como si hubiera estado gritando y me dolía en lugares extraños.
Gruñidos y gemidos apagados atravesaban el silencio denso que me embotaba los oídos.
Tuve que parpadear varias veces para despejar las lágrimas que me nublaban los ojos.
Cuando entrecerré los ojos, las formas de dos figuras familiares moviéndose con violencia se volvieron nítidas.
Cada articulación de mi cuerpo se bloqueó, cada músculo se congeló.
Simplemente me quedé allí sentado, paralizado, pensando que debería estar haciendo algo. Y sin embargo no podía moverme.
Al otro lado del dormitorio, Jax estaba enzarzado en una pelea brutal con mi padre.
A los trece años, Jax era alto y musculoso para su edad, pero mi padre pesaba más de ciento treinta kilos de furia.
El enorme perro contra el que había luchado en los criaderos de Ray había sido manso en comparación con mi padre.
Además, mi padre blandía un cuchillo letal.
Mi padre intentaba matar a Jax.
Quería ayudar a mi hermano. Pero estaba aterrorizado. Mis extremidades pesaban una tonelada cada una y mi cuerpo no tenía energía para moverse. Era pequeño. Frágil. Clavado en esa cama y paralizado por el horror. Era un cobarde indefenso, un espectador inútil de mi propia tragedia.
Jax luchaba a puño limpio. Mi padre era más grande y más fuerte, pero Jax era más inteligente. La cosa podría haber acabado de cualquier manera, pero entonces Jax se convirtió en un tornado de caos y destrucción, devolviendo golpe por golpe, aumentando su poder mientras mi padre flaqueaba.
Mi madre estaba junto a la puerta, gritando, ignorándome y maldiciendo a Jax. A él, cuando debería haber estado defendiendo a sus hijos.
El siguiente recuerdo que tenía era el de Jax, rodeado de policías mientras pateaba y golpeaba el cadáver ensangrentado de mi padre.
—Esta bestia le hizo daño a mi hermanito —gritó Jax mientras los policías le aplicaban descargas eléctricas una y otra vez—. Hay que acabar con esta maldad.
Después de que se llevaron a Jax, mis recuerdos volvieron a convertirse en fragmentos. Rostros de médicos. Trabajadores sociales. Hogares de acogida. Entrevistas en una habitación llena de juguetes y con grandes ventanas tintadas. Más trabajadores sociales.
Los dos últimos eran un hombre y una mujer con rostros difusos y nombres que olvidé en cuanto se presentaron.
Ellos: —¿Tu padre te hizo daño?
Yo, inspeccionando la reluciente lancha roja que sostenía entre las manos: —Sí, pero mi hermano me salvó.
Ellos: —Pero ¿estás seguro de que fue tu padre quien te hizo daño y no...?
Yo: —Estoy seguro. Pues claro. ¿Cómo puede ser tan estúpida esta gente?
Ellos: —Pero tu madre dice...
Yo, precoz: —Mi madre es una adicta y una mentirosa.
¿Qué les pasa a estos idiotas? ¿No se han molestado en leer los antecedentes penales de mi madre? ¿Los de mi padre? Puede que no. Me tratan como si el criminal fuera yo y no ellos.
Ellos: —Si mantienes esta versión, nunca volverás a ver a tu madre.
Yo, sonriendo por primera vez en mucho tiempo: —Genial.
Ellos, sin sonreír, intercambiando miradas, observándome de una forma que me hacía sentir triste y sucio a la vez.
¿Me compadecen o piensan que soy un niño malo?
Imitando el rugido de un motor, deslizo el barquito rojo sobre la mesa dibujando ochos. Nunca he estado en el mar. Tal vez algún día Jax y yo vayamos a buscarlo, como dijimos que haríamos.
Yo: —¿Dónde está mi hermano?
Ellos: —Tu hermano va a estar fuera una temporada.
Yo, con lágrimas ardiendo en los ojos: —¡Quiero a mi hermano!
Ellos: “En el mejor de los casos, volverás con tu madre.”
Yo: “No.”
Ellos: “No es tu decisión. El juez decide. Tu madre es mejor que la alternativa.”
Yo, precoz: “¿Cómo es eso posible?”
Ellos: “Es complicado.”
Cuando los adultos dicen «es complicado», significa que no saben una mierda.
Yo: “No lo entiendo.”
Ellos: “Pareces un chico espabilado. Los tribunales de menores quieren mantener a las familias unidas y el sistema de acogida está saturado. Tus opciones son limitadas. Más vale malo conocido que bueno por conocer. ¿Lo pillas, chico?”
Yo: Estos idiotas no saben una mierda. Ni conocen el mal de verdad. “Quiero estar con Jax.”
Ellos: “No es posible. Pero podrías irte a casa con tu madre. Está aquí para verte.”
Yo: “No quiero verla.” Nunca más. Dejó que mi padre me hiciera daño. Mandó a Jax, a su propio hijo, a la cárcel. Le importo una mierda.
Ellos: “El juez dice que tienes que hablar con tu madre.”
Yo, echando mano de las palabrotas que aprendí de Jax: “Que le jodan al juez.”
Ellos: “Si sigues así, vas a acabar encerrado como tu hermano.”
Yo, con una sonrisa enorme: “¿En serio?”
Ellos: “Pequeño listillo.” Se acabó la compasión. Soy un chico malo, igual que Jax. “Habla con tu madre. Sé amable. Estaremos mirando.”
Yo: ¿Estarán mirando?
Salen de la habitación. Me levanto de la mesa, estiro la espalda y camino hasta la esquina. Allí hay una portería de minihockey. Cojo un palo de minihockey y una pelota de plástico e intento colar algunos tiros. Jax ha estado intentando enseñarme a jugar al hockey, pero no se me da muy bien.
Mi madre entra con una falda ajustada, toda maquillada como cuando está trabajando. Habla durante un rato. Dice que por mi culpa el juez la obligó a hacer un aburrido curso de crianza.
Sigo tirando a la pelota. Cuando me canso de oír sus quejas, me doy la vuelta y, apoyándome en el palo, le hago la única pregunta que tengo.
Yo: “¿Por qué quieres que vuelva?”
Ella, que mira hacia la ventana, le da la espalda y baja la voz: “No seas nenaza, chico. Ya sabes por qué, mierda de crío.”
Yo: “Solo dímelo, para estar seguro.”
Ella: “Necesito el dinero. No quiero perder el cheque que recibo por tenerte.”
Yo: “Tiene sentido.”
Me giro tan rápido que no lo ve venir. Le golpeo con fuerza en la parte de atrás de las piernas con el palo de hockey. Cae al suelo y grita. La golpeo un poco más. Pongo toda mi fuerza en esos golpes, porque, bueno, está claro.
Están mirando.
Tengo que hacer que parezca real.
Más tarde, después de que los trabajadores sociales la sacan de la habitación a rastras, me preguntan si quería matarla. Digo que sí porque quiero estar con Jax.
Y pronto, lo estoy.
***
Apollo
Alcé la vista del suelo y encontré mi mano firmemente sujeta por la de Blue. Durante toda la triste historia, su contacto me había dado fuerzas para seguir.
—No tiene sentido —murmuré, todavía sorprendido de haber abierto mi puerta prohibida y dejado que Blue mirara dentro. Nunca había hecho esto antes, ni siquiera con Jax, y eso ya era decir.
—¿Qué no tiene sentido? —preguntó Blue, que me atrapó la mirada y la sostuvo con esa fiereza valiente que brillaba en sus iris color pervinca.
—Mis reacciones —dije—. Las tonterías que dije e hice, o dejé de hacer, durante los años de mierda.
—Tus reacciones tienen todo el sentido del mundo para mí —dijo ella—. Yo habría hecho lo mismo.
—Lo dudo. —Sacudí la cabeza, luchando por reprimir la oleada de ira que me hervía en las venas—. Fui tan estúpido, un cobarde, sin ganas de defenderme.
—Apollo, ¡por el amor de Dios, eras un niño! —dijo, apretándome la mano—. Nada de esto fue culpa tuya. Eras un niño pequeño, asustado y sufriendo, que se enfrentaba a un depredador temible. Te tenía dominado, y después de eso, estabas en shock.
—Debería haberme enfrentado a él —murmuré—. Debería haber ayudado a Jax a matar a ese hombre.
—Me alegro de que Jax plantara cara a tu padre —dijo—. Tengo que decírtelo. A partir de ahora Jax siempre tendrá un lugar especial en mi corazón. Pero estás juzgando al niño que eras con ojos de adulto, y eso no es justo.
—¿A qué te refieres?
—No eras un cobarde —dijo, con una certeza que me sobresaltó—. Eras muy valiente. Eras apenas un crío cuando te levantaste de entre las ruinas y empezaste a construir una vida mejor para ti y para tus hermanos.
—Entonces... —dudé y me humedecí los labios—. ¿No te horroriza que hiriera a mi madre?
—¿Horrorizada? No —dijo—. Estoy indignada con ella y con esa gente que intentó devolverte con ella. Pero también me asombra que los burlaras a todos.
—¿Yo? —Entrecerré los ojos mirándola—. ¿Los burlé? ¿Cómo?
—Querías estar con tu hermano —dijo—. ¿Y sabes qué? Lograste tu objetivo, como siempre.
Reflexioné sobre eso. —Nunca lo había visto así.
—Bueno, quizás a partir de ahora deberías —dijo—.
Donde tú ves debilidad, yo veo fuerza. Donde tú ves fracaso, yo veo un éxito increíble, inteligencia y una valentía poco común.
Mira lo lejos que has llegado. Sobreviviste.
Prosperaste. Apollo Battleson, no eres ningún impostor.
Eres auténtico. Deberías estar orgulloso del hombre en que te has convertido. Yo lo estoy.
Blue estaba orgullosa de mí. La rigidez que me tensaba los hombros se alivió, y el dolor agudo que me latía en el pecho se apagó.
Ahora podía respirar, aunque no sabía qué decir.
Había cargado con aquel peso yo solo durante tanto tiempo que no tenía ni idea de qué hacer a continuación. Volví a clavar la mirada en el suelo.
Blue me acarició la mejilla y me giró el rostro hasta que nuestros ojos se encontraron.
—Ya te has curado a medias, con tu trabajo, con tu determinación.
—Me sostuvo la mirada—. Y ahora continuarás sanando, porque eres fuerte y sobreviviste.
Tú me enseñaste eso, Apollo. Me enseñaste a ser resiliente.
Ahora te toca a ti creer en lo que enseñas.
Respiré hondo. Blue tenía razón. Si me había curado, al menos en parte, entonces quizás no era un cobarde después de todo. Tal vez también podría curar a Rosario y a los demás.
Blue me besó, un roce firme de sus labios suaves y dulces. —Y ahora —murmuró, cogiéndome de la mano y llevándome a nuestra cama—, voy a hacerte el amor. Lo llamo fornicación de consolación.
—¿Fornicación de consolación?
—Sí, señor. —Sonrió con suficiencia—. ¿Y sabes qué? Tú también me la enseñaste. Me parece muy efectiva para disipar fantasmas.
Sonreí y luego me eché a reír, y parecía imposible que estuviera riéndome cuando había estado al borde del llanto apenas unos momentos antes.
Pero eso era lo que Blue me hacía. Me sacaba de mí mismo, derribaba mis barreras internas, arrasaba con mis intentos de perfección y me devolvía a mi propia piel.
La fornicación de consolación resultó ser deliciosa y efectiva. Después, me quedé dormido en sus brazos, a salvo, vaciado de toda emoción y exhausto, pero sabiendo que al día siguiente volvería a la lucha y descubriría qué aquejaba a mis chicos.
A las tres y cuarto de la madrugada, sonó mi móvil. Rosario había sufrido una convulsión y había perdido el conocimiento.