Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

Apollo

Troy y Max se giraron para mirarme. Kass cerró la puerta. Jax se limitó a observarme fijamente. Esperé alguna reacción, pero no llegó. Ninguno de mis hermanos parecía particularmente sorprendido. Ni molesto. ¿Por qué entonces sentía el rubor en mi rostro de forma tan intensa?

—No sabía que era la mujer de Leo cuando...

Joder, esto era difícil de decir.

Me acerqué a la ventana y eché un vistazo a través de las persianas. Fuera era de mañana y el sol proyectaba sus débiles rayos sobre las calles de abajo, donde cientos de hombres y mujeres se ocupaban de sus asuntos sin la menor idea del conflicto que me desgarraba por dentro.

Me froté los ojos irritados. Dios, estaba agotado.

—Simplemente pasó.

Tragué saliva con dificultad.

—Fui allí buscando a River Niles. Pero encontré a Blue. Al principio, pensé que quizás... Tee... ya sabes.

—Ah, ya entiendo —dijo Jax—. Pensaste que Tee había organizado el encuentro con Blue cuando te envió ese mensaje sobre River.

—Exactamente.

—Eso es muy de ella, la muy bribona —gruñó Kass, cruzándose de brazos y apoyándose contra la puerta.

—Ya lo ha hecho antes, tres veces —señalé—. Pero en cuanto me di cuenta de que Blue y River eran la misma persona, comprendí que Tee no tenía nada que ver.

—Nunca subestimes la astucia de Liberty Rose —gruñó Kass con voz grave—. Ni su infinita capacidad para conspirar y maquinar.

—Conspire Tee o no, el resultado es el mismo —dije—. No puedo dejar de pensar en Blue.

—Vas a odiarme por decir esto —dijo Kass—, pero está dañada, Apollo. Jodida. Hasta un bruto ignorante como yo puede verlo. Puede que no sea lo que necesitas.

—Está pasándolo mal —admití—. Pero parece que me da igual. Es como si mi corazón estuviera atrapado en una calle de sentido único y no pudiera ir a ningún sitio más que hacia adelante.

Los labios de Max se curvaron en una comisura.

—La resistencia es inútil.

—Ya he pasado por eso —dijo Jax—. Pero tienes que tener cuidado, hermano. Eres un sanador nato. Por muy grave que sea la herida, siempre intentas salvar a tus pacientes. ¿Esta mujer? Puede que no seas capaz de curarla.

—Palabras clave: médico de combate —dijo Max, y los demás asintieron—. Dentro y fuera del campo de batalla.

Mi complejo de salvador venía de mucho tiempo atrás, de cuando me salvaron, el propio Jax primero, y después el resto de mis hermanos. Desde entonces, había intentado hacer lo correcto por los demás, devolver el favor, eligiendo una vida en la medicina como la mejor manera de ser útil.

Pero esto, esto era diferente.

¿O no lo era?

—Estoy pensando en intentarlo.

Hice una pausa y me humedecí los labios.

—A menos que...

Jax arqueó una ceja.

—¿A menos que qué?

—A menos que vosotros me digáis que soy un cabrón por ir detrás de la mujer de Leo. A menos que penséis que estoy faltando al respeto a su memoria y que tengo que dejar de desearla, aquí y ahora.

Ya estaba. Lo había dicho.

Sostuve la mirada de Jax, incapaz de ocultarle las emociones que me desgarraban. Esta decisión era mía. Y aunque anhelaba el apoyo de mis hermanos, ya no era un niño, ni el penúltimo de una manada alfa, ni el hermano pequeño de Jax que necesitaba protección de matones y violadores.

Era un hombre hecho y derecho, un SEAL y un médico. No necesitaba la aprobación de nadie para tomar mis decisiones. Pero quería el apoyo de mis hermanos. No tenerlo era casi lo único que me frenaba en el camino circular que me llevaba de vuelta abajo, hacia Blue.

Me ardían las tripas. ¿Tenía que elegir entre ella y mis hermanos?

Los chicos intercambiaron miradas. Jax se quedó ahí sentado, con los brazos cruzados sobre el pecho, las piernas estiradas, los pies cruzados. Estudió mi rostro, leyéndome con atención.

—Si tienes una pregunta para nosotros, dispara —dijo finalmente—. Somos un puñado de cavernícolas, pero no estamos aquí para juzgarte.

—¿No? —dije—. ¿Entonces vosotros no pensáis que es jodidamente espantoso que me haya acostado con la mujer de Leo?

—No, hermano.

La mirada de Jax se suavizó.

—Yo no.

—Yo tampoco —añadió Troy.

—Con quién folles es tu puto asunto —dijo Kass, muy consciente del doble sentido.

—Quería a Leo —dijo Jax—. Todos lo queríamos. Honramos su memoria cada día, con nuestras vidas, con nuestro trabajo. Eso nunca va a cambiar, para ninguno de nosotros, y eso te incluye a ti.

Incliné la cabeza y respiré hondo, esperando el pero.

—Pero Leo está muerto —dijo Jax—. Es una mierda, pero se ha ido. Tú estás vivo, respirando, sintiendo. Y has recorrido un largo camino.

Las emociones fluyeron entre nosotros, las heridas que los dos compartíamos junto con los terribles recuerdos que nos habían marcado a fuego, incluso después de tantos años.

Se me contrajo el estómago, pero no hacía falta remover esa mierda.

Habíamos sobrevivido y eso bastaba para ambos, en realidad, para todos nosotros.

—Tú también has recorrido un largo camino, Mayhem.

Mi mirada se deslizó por los rostros que me rodeaban y logré esbozar una sonrisa.

—Todos lo hemos hecho.

—Sí, con las probabilidades de mierda que teníamos, lo estamos petando —los ojos negros de Troy se convirtieron en rendijas cuando sonrió—. Solo tenemos que sobrevivir a Zero Tango y estaremos de oro.

—Apollo —dijo Jax—, como yo lo veo, cogiste el toro por los cuernos, fuiste a terapia y superaste los años de mierda. Eres el auténtico hombre del Renacimiento. Estoy orgulloso de llamarte mi hermano.

—Bravo, bravo —Troy levantó una mano en el aire—. Un brindis por tu nuevo yo iluminado.

—Hashtag amor fraternal —Max fingió chocar copas con Troy—. Es cursi de cojones, pero joder, me mola.

—Por nuestro propio Mago Doctor —dijo Kass—. Me voy a poner cursi con el Escuadrón Freud para repetir que eres un tío majo.

Vaya. Era mucho que digerir, especialmente viniendo de mis hermanos, normalmente tan inexpresivos emocionalmente.

—Dejad de echarme flores, imbéciles —luché por no frotarme los ojos, que me escocían—. Me vais a crear un complejo de superioridad.

—Qué va —Jax hizo un gesto desdeñoso con la mano—. Eres igual que el resto de nosotros. Un imbécil, obtuso, espeso y despistado. Sufres del Síndrome Battleson.

—¿Síndrome Battleson? —me eché hacia atrás—. ¿Cómo es que soy el médico de la familia y nunca he oído hablar de eso?

—Tee acuñó la frase hace años —Troy ignoró cómo Kass ponía los ojos en blanco de forma monumental—. Solía decir que era un trastorno emocional grave.

—¿Síntomas?

—No nos acercamos a los demás —dijo Jax—. Vivimos a la defensiva. Solo confiamos los unos en los otros, excluyendo a todos los demás. En tu caso, das y das, pero no recibes. Tienes que admitirlo, Mago. Por fuera pareces estar bien, pero estás tan jodido como el resto de nosotros.

—Si eso es verdad —dije—, ¿cómo explicas el último año y, más concretamente, a Emme, Lexi y Marisol?

—Progreso —dijo.

Su confesión me dejó alucinado.

¿Tenía razón?

—Eres, con diferencia, el mejor comunicador de todos nosotros —dijo Jax—. También el más empático. Pacífico y equilibrado, lo más parecido a un ciudadano ejemplar que tenemos. Pero hablemos de tu vida amorosa, o mejor dicho, de la ausencia de ella.

—Ni de coña —maldije entre dientes—. ¿Qué tal si nos saltamos esa mierda?

—Venga —Troy sonrió con suficiencia—. Síguele el rollo a Mayhem. Tiene un día marcado en el calendario para ñoñerías fraternales y hoy es ese día.

—Tienes un grupo selecto de amigas con derecho a roce —Jax continuó—. Nada estable. Ni significativo. La evitación es un síntoma clásico del Síndrome Battleson. Es como fatiga de combate, pero de la vida, agravada por la incapacidad de salir a buscar afecto, o de aceptarlo.

—Mejor cállate ya —entrecerré los ojos mirando a Jax—. ¿Dónde coño está mi hermano Ajax y qué has hecho con él?

—Hablo por experiencia —dijo Jax—. Lo sé porque era exactamente como tú. Me sentía más seguro sin ataduras. Mantenía el corazón fuera del juego. Nada que dar, nada que perder. Y entonces…

—¿Y entonces qué?

—Entonces conocí a Emme y me di cuenta de que me estaba perdiendo todo, todo lo importante, lo sagrado y lo duradero.

Tragué con dificultad y no supe cómo rebatir su argumento. Jax tenía razón. Nunca había querido acercarme a nadie. Hasta que Tee me envió aquel mensaje y conocí a Blue.

—Ya que estamos confesándonos… —Troy vaciló, luego se lanzó—. Apuntadme en la lista de transformados, pero dadle todo el mérito a Sol.

—Una palabra —dijo Max—. Lexi.

—Pues a mí dejadme fuera —Kass frunció el ceño—. ¿Os hicieron descuento por lobotomía grupal? No camines, Apollo. Corre. ¿Esta mierda de las relaciones? No es para gente cuerda.

—Mira quién habla, el idiota que empezó todo esto —murmuró Troy—. Cállate, boinilla verde. Deja que los profesionales nos encarguemos de esto.

—¿Profesionales? —Kass resopló—. ¡Ja! Cualquier paso que vosotros tres hayáis dado en la escalera evolutiva no tiene nada que ver con vosotros y todo con la superioridad del cerebro femenino.

—Hola, señor Obvio —respondió Troy—. Eso es exactamente lo que acabo de decir.

—¿Vosotros dos habéis doblado la dosis diaria de Gorila-cilina o necesito sacaros el aire caliente a hostias, sacos de pedos? —Jax fulminó a Troy y Kass con la mirada—. Estoy intentando decir algo importante aquí.

—Pues o cagas o te bajas del váter —dijo Kass.

Jax volvió a mirarme. —Apollo, no sé si esta mujer puede ser todo eso para ti. Pero si sientes algo fuerte por ella, no deberías echarte atrás sin intentarlo, aunque yo sea el primero en decirte que esta mierda es jodidamente difícil.

Suspiré. —No eres precisamente un ejemplo de motivación.

—No quiero ser un maldito póster motivacional —dijo Jax—. Sé que hay que currar para que funcione. Eso es lo que Emme y yo hacemos cada día. Trabajamos por nuestra felicidad, por la de nuestros hijos —hizo una pausa y esbozó una sonrisa maliciosa—. También echamos unos polvos fenomenales.

—Joder, no —me tapé los oídos con las manos—. Estás hablando de mi cuñada. Demasiada información, tío.

Jax se rio con los ojos brillantes de diversión. —Y yo que pensaba que querías inspiración.