Capítulo Trece #3
—Hola, hermanito —sonrió, un destello de dientes blancos contrastando con la pintura de guerra negra y verde que le surcaba la cara—. Tú debes de ser River —tiró de un nudo y se puso a enrollar la cuerda a toda velocidad—. Bienvenida a bordo.
Si los ojos de Blue se abrían más, se le iban a salir de las órbitas.
—Prefiere que la llamen Blue —le dije a Jax, y luego me volví hacia ella—. Hermano número tres, director de operaciones de BB, Ajax, pero lo llamamos Jax.
Jax se colgó la cuerda enrollada del hombro, me agarró la cabeza con ambas manos y me plantó un sonoro beso en la frente.
—Muah —sonrió y me soltó—. ¿Nos echaste de menos?
—Sí, como echo de menos los piojos y las cucarachas.
—Si vosotros dos ya habéis terminado con los arrumacos, tenemos compañía —anunció Max—. Vámonos.
Me di la vuelta y apunté con el arma por el pasillo, que resonaba con gritos. No tenía ni idea de si nos perseguían los matones de Margret o los de Ray, pero como unos querían atraparnos y otros querían matarnos, me daba igual.
Manteniendo la formación inicial, nos pusimos en marcha, con Jax y yo caminando hacia atrás y cubriendo la retirada.
Me dedicó una mirada que se detuvo en mi brazo ensangrentado y sacudió la cabeza.
—Para lo elegante que vistes, tienes una pinta de mierda.
—Tú también tendrías mala pinta si hubieras tenido que pelear con un perro gigante.
—Vi a la bestia —Jax hizo una mueca—. Parece que el perro perdió. ¿Estás bien?
—Me veo bien, me siento bien, debería estar en Hollywood —recité, rastreando los ruidos que llenaban el almacén, algo difícil con todos los perros ladrando y aullando.
La risa de Jax le iluminó los ojos verdes, que me recordaban a, bueno, a mí, ya que compartíamos madre biológica.
—Voy a echarle un vistazo a ese brazo tuyo en cuanto salgamos de aquí —Jax miró el reloj y le gritó a Max—. ¿Cenicienta? Mejor acelera el paso o vamos a ser esponjas de balas sin carroza cuando den las campanadas.
Blue me miró a los ojos.
—Si nos atrapan...
—No lo harán —le cogí la mano y se la apreté—. Vamos a salir. Ya lo verás.
Mis palabras quedaron interrumpidas por los disparos.
Un grupo de Imperiales nos disparó mientras cargaban por el largo pasillo como una manada de bisontes. Ray, o quien estuviera al mando, nos estaba echando gente encima, con la estrategia de que algunos morirían pero otros lograrían alcanzarnos.
Ni de coña. No tenían ni idea de con quién se estaban metiendo. Acababan de embarcarse en una misión suicida.
Empujé a Blue por una de las puertas a mi derecha antes de dividirnos en dos equipos y avanzar para cubrirnos en la intersección.
Boar encabezaba el ataque. Normalmente matar no me producía placer, pero dada la enfermiza obsesión de Boar con Blue, no tuve ningún problema en acelerar su llegada al infierno. La bala que se incrustó en su grueso cráneo llevaba mi firma. Se había ganado un cara a cara con el diablo.
A partir de ahí, fue práctica de tiro. Nos llevó unos minutos, pero cuando terminamos, los matones estaban tirados por el suelo o se habían esfumado.
—Limpieza en el pasillo cinco terminada.
Volví sobre mis pasos, me detuve en el umbral y llamé:
—¿Blue?
Asomó de detrás de la caja llena de granadas, tan pálida que parecía transparente bajo las luces blancas parpadeantes.
—¿Están...?
—Ya no son un problema —le hice un gesto para que se acercara.
—¿Ray? —articuló sin voz, mirando los cuerpos que cubrían el pasillo.
—Ni lo sé ni me importa —le agarré la mano—. Vamos.
Retomamos la formación y avanzamos a toda prisa por el almacén y a lo largo de las perreras. Los perros mordían, ladraban y gruñían a nuestro paso, arrojándose contra las jaulas como si estuvieran rabiosos.
—Esto es una puta pesadilla —murmuró Jax a nuestro paso.
—La no tan pequeña casa de los horrores de Ray —no pude sino darle la razón.
Estábamos a la vista de la salida trasera cuando Max cerró el puño en el aire, indicando alto. Nos arrodillamos detrás de un murete de hormigón para evaluar la situación.
Al fondo del búnker, una rampa descendía hacia un par de portones industriales entreabiertos que dejaban ver un muelle de carga. Estaba plagado de tangos, bloqueando nuestra ruta de escape.
—Tenemos mercenarios bloqueando la salida trasera —susurró Max.
Entrecerré los ojos.
—¿Los amigos de Margret?
—Afirmativo —dijo Max—. Nos cargamos a algunos al entrar. Parece que han invitado a más amigos a la fiesta.
—Perderemos el transporte si no nos movemos ya —dijo Jax—. Tendremos que abrirnos paso a tiros.
—Va a ser un tiroteo de la hostia —murmuré, contando mercenarios y sin gustarme lo que veía.
—Pan comido —con un par de clics, Jax cambió el cargador de su M4.
—Tenemos que darnos prisa —los ojos de Blue relucían de urgencia—. Hay que salir de aquí.
Me volví hacia mis hermanos.
—¿Tenemos munición suficiente para pasar?
—Bah —Kass se encogió de hombros con indiferencia antes de esbozar una sonrisa burlona—. Pero hay un depósito de armas entero ahí atrás.
—Cierto.
Mierda. Esto iba a acabar en un baño de sangre.
—No podemos volver allí, pero hay otro camino —Blue se levantó de un salto y giró sobre sus talones—. Seguidme.