Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo Trece #2
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Capítulo Trece #2

Pillados por sorpresa y convencidos de que los Imperiales de Ray estaban intentando hacerse con el control, los mercenarios formaron una línea defensiva a la derecha de la sala y dispararon a cualquiera que entrara en su línea de fuego.

Como reacción, los hombres de Ray recogieron sus armas y se apiñaron a la izquierda de la sala como un coágulo de plaquetas.

Parapetados tras las gradas, dispararon a los mercenarios y a los francotiradores que había sobre mí.

Unos pocos desgraciados intentaron huir escaleras arriba, pero la carnicería se desató y el caos reinó.

Durante esos primeros segundos, los tiradores camuflados de arriba fueron la única razón por la que Blue y yo seguíamos vivos. A ellos les debía ese milagro nada pequeño. Atrajeron todo el fuego de la sala hacia sus posiciones, acaparando la atención del enemigo.

Lo estaban haciendo de maravilla.

Al mismo tiempo, Kass se puso en movimiento. Sacó su Sig Sauer con monograma y, escudriñando las gradas, disparó a cualquiera que apuntara un arma hacia la arena.

A la vez, metió la otra mano en el lateral del abrigo, tiró de algún mecanismo de liberación y sacó un escudo. Y no uno cualquiera, sino un escudo antibalas de grado táctico, alta tecnología, primera línea, expandible, que lo protegió mientras cruzaba el ring a toda velocidad.

Joder. Qué idea tan brillante. Por eso Kass llevaba un abrigo una talla más grande.

Protegido tras el escudo y moviéndose con la fluidez del operador de Delta Force que era, Kass esquivó las balas que volaban por todas partes, cruzó el foso y llegó hasta nosotros. Se deslizó de rodillas, clavó la base del escudo en la arena y se agachó a mi lado.

—Saludos, inspector de pollas —dijo Kass.

Ajustó el ángulo del pesado escudo para cubrirnos a los tres, sacó la Sig Sauer de reserva de la tobillera y me la pasó.

—Que yo supiera, ibas a tener una charla tranquila con cierta dama, no a enfrentarte a toda la Nación Aria y acabar hecho polvo.

—Créeme, eso no estaba en el plan —dije.

Solté a Blue y cogí el arma.

Íbamos apretujados detrás del escudo, pero era mejor que la alternativa. Quité el seguro, metí bala en la recámara, me asomé, elegí mi objetivo y disparé.

—Para ser un vendepastillas que siempre gana el Premio al Hermano Battleson Más Pacífico del Año, te has metido en la cloaca más asquerosa del planeta —dijo Kass.

—Gracias por esa observación tan iluminadora —murmuré entre disparos, fingiendo que no estaba eufórico de verle.

—¿Qué está pasando? —preguntó Blue.

Me tiró del brazo, mirando boquiabierta de Kass a mí, con un millón de preguntas en los ojos.

—¿Y quién es este?

Tenía todo el derecho a estar confundida y muchas razones para querer saber qué pasaba. Pero no es que tuviera mucho tiempo para explicaciones.

—Este es Kass, hermano número uno —solté a toda prisa sin dejar de disparar—. Es el director ejecutivo de Battle Brothers.

—Las circunstancias son una mierda —dijo Kass por encima del hombro—. Pero me alegro de haberte encontrado, River.

—Blue —dijo ella—. Llámame Blue.

—Blue, pues —dijo Kass.

Se asomó por detrás del escudo, disparó varias veces y volvió a agacharse a mi lado, arqueando una ceja.

—Eso es jodidamente raro. ¿No es el azul tu color favorito?

—Cállate, Delta Force Bruta —dije.

Disparé dos veces para impedir que los mercenarios de refuerzo bajaran las escaleras.

—¿Por qué coño habéis tardado tanto?

—Primero había que dar contigo —dijo Kass mientras cambiaba el cargador—. La señal de tu chip es casi inútil aquí abajo. Nos ha costado un huevo.

—¿Chip? —Blue abrió los ojos como platos—. ¿Llevas un chip? ¿Así es como nos han encontrado?

Asentí. No había tiempo de explicar que todos llevábamos geolocalizadores intradérmicos para poder rastrearnos en circunstancias especiales, como esta.

A mi derecha, un par de Imperiales irrumpieron en la arena por la misma puerta por la que había entrado Kass. Reconocí al imbécil que había estado fumando en el almacén y a sus colegas. Con unos cuantos disparos certeros, los dejé fuera de combate.

Sentía la mirada de Blue clavada en mi nuca.

—¿Por qué no me dijiste que tus hermanos venían?

—No sabía cuándo llegarían y no quería darte falsas esperanzas —dije—. Hubo un momento en que pensé que tendríamos que apañárnoslas solos.

—¡Ja! —se burló Kass, lanzándole una mirada a Blue por encima del hombro—. El Doctor Google aquí presente sabía que veníamos. Lo sabía al cien por cien.

—Ya, claro —dije—. A paso de tortuga, joder.

—Bueno, nos topamos con un par de obstáculos —admitió Kass—. La llegada de Margret complicó las cosas y tuvimos que encontrar la forma de rodear su pequeño ejército. También tuvimos que esperar a esto —añadió, pellizcando la solapa del abrigo.

—¿Te refieres al escudo de alta tecnología? —pregunté.

—No, Doctor Gilipollas, tuvimos que esperar a que llegara el abrigo más grande para montar el escudo debajo —dijo mientras las balas repiqueteaban en el metal—. No quería volver a casa con un par de malditos coladores.

Kass hizo una pausa y consultó su reloj táctico.

—Hora de largarnos de este espectáculo de mierda. Blue, necesito que sueltes los barrotes.

Blue soltó los barrotes y, ni diez segundos después, las puertas delantera y trasera de la jaula se levantaron a la vez.

Max descendió del cielo como el Marine Raider que era.

Completamente equipado con chaleco táctico, casco y uniforme de camuflaje forestal, aterrizó junto a la entrada trasera de la jaula.

—Aquí está nuestro proctólogo jefe —dijo.

Esbozó una media sonrisa y, con el M4 pegado al pecho, señaló con la cabeza.

—Seguidme, chicos. Pegaos a mis talones.

Blue me miró con los ojos como platos.

—Hermano número dos, Max, jefe de ciberseguridad de BB y hacker extraordinario —dije—. Ve. Estaré justo detrás de ti.

Agachados tras el escudo, Kass y yo cubrimos la retirada de Blue. En cuanto estuvo fuera del alcance del fuego enemigo, la seguimos, retrocediendo por la jaula mientras las ráfagas de arena delataban las balas que nos perseguían.

Mantuvimos el escudo en alto hasta alcanzar a Max y Blue, que se habían agachado tras las paredes de hormigón que separaban las jaulas.

Max pulsó un botón y los barrotes bajaron.

Por si acaso, metió una bala en el mecanismo, y los cuatro retrocedimos al pasillo trasero para ponernos a cubierto en el pasillo principal.

Max se ajustó el parche de cuero sobre el rostro pintado de camuflaje y me clavó su único ojo gris.

—¿En qué coño estabas pensando para quedarte en esta cloaca, hermano?

—Tenía una misión que cumplir —dije—. Tú habrías hecho lo mismo.

—O quizás tienes mierda por cerebro —Max se asomó por la esquina y barrió el pasillo con su carabina—. Hablamos luego. Ahora, en marcha.

Nos pusimos en formación cerrada, con Max en punta, Kass protegiendo a Blue y guiándola por el codo, y yo cubriendo la retaguardia. Avanzamos, inspeccionando el pasillo en todas direcciones en cada cruce.

Max activó el comunicador.

—Rogue, aquí Raider, ¿me copias? —hizo una pausa y esperó una respuesta que no llegó—. Rogue, aquí Raider. Si me copias, tenemos la mercancía y estamos listos para salir.

Nada.

—Mierda —me lanzó una mirada por encima del hombro—. Sin comunicaciones, sin contacto.

—Es este maldito búnker de acero y hormigón —murmuró Kass mientras sacaba el móvil del bolsillo y trasteaba con él—. Jode las comunicaciones. Mi móvil tampoco funciona.

—También es cosa de Ray —intervino Blue—. Es un paranoico. Mantiene varios inhibidores activos en el complejo para bloquear tanto las señales de móvil como las de radio.

—Bueno, eso explica este puto desastre con las comunicaciones —Max se arrancó el auricular de la oreja y empezó a moverse de nuevo—. Vamos a tener que hacerlo a la vieja usanza. Jax tampoco responde. Lo recogemos de camino a la salida de este apestoso agujero del infierno.

Avanzamos por el corredor. Al girar la esquina, Max cerró el puño en el aire e indicó alto. Manteniendo el arma en alto y lista, miré hacia arriba y localicé a Jax en posición de vigilancia.

Estaba encaramado en una viga muy por encima de nosotros, disparando hacia la arena a través de un agujero que había abierto en las placas acústicas del techo.

La luz se filtraba en haces tubulares alrededor de su posición a través de cientos de agujeros que perforaban las placas: fuego de respuesta desde abajo.

Max se llevó las manos a la boca a modo de bocina y gritó:

—¡Mayhem! ¡Hora de largarse de aquí!

En camino, señaló Jax con los dedos, antes de sacar un par de granadas de humo del chaleco táctico, quitar los pasadores y dejarlas caer en la sala.

Bang, bang.

Nubes de humo blanco se elevaron desde la arena. Eso debería causar más confusión y frenar a esos cabrones.

Jax se colgó el rifle al hombro. Se puso de pie de un impulso, encontró el equilibrio y caminó por la alta viga metálica como si fuera una especie de acróbata de circo musculoso, vestido de camuflaje y cargado con un rifle.

—Presumido —murmuró Max, pero también sonrió, a tope con ese subidón de adrenalina único que comparten los Marines, los SEAL y la Delta Force cuando entran en acción.

—¿Estás bien? —le pregunté a Blue.

—Yo... no me lo puedo creer —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Están aquí. Están haciendo lo que dijiste que podían hacer.

—Yo no miento —dije—. ¿Recuerdas?

Asintió, pero sus ojos seguían abiertos de par en par, llenos de incredulidad.

Una vez cruzada la viga, Jax descendió rápidamente por una cuerda y aterrizó a menos de un metro de nosotros.