Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo Catorce
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Capítulo Catorce

Blue

Salí corriendo a toda velocidad por donde habíamos venido, sabiendo que moriríamos si nos quedábamos en el búnker.

—¡Blue, espera!

Apollo salió tras de mí y sus hermanos corrieron detrás de él.

—¡Déjame pasar delante! ¡Para! ¡Te van a disparar, mujer!

De todos modos iba a morir si nos quedábamos, igual que él y todos los demás, así que no tenía sentido reducir la velocidad. Los gritos resonaban a nuestro alrededor y habría jurado que oí la voz atronadora de Ray entre ellos.

¿Por qué no se moría de una vez y dejaba al mundo en paz?

No tenía ni idea de cómo operaban la mujer y sus mercenarios, pero a Ray lo conocía bien. Nos rodearía primero y luego nos mataría, uno por uno, de las formas más dolorosas y terribles que pudiera idear.

El corazón me latía desbocado. Eché a correr a toda velocidad. Apollo había luchado con uñas y dientes para mantenernos con vida. Había sido una hazaña de estrategia, resistencia, fuerza y determinación sobrehumana. La imagen de él derribando a ese animal me acompañaría el resto de mi vida.

Lo había hecho. Se había expuesto a la furia asesina de Ray. Por mí.

No iba a permitir que Ray volviera a ponerle las manos encima a Apollo mientras me quedara un soplo de vida.

Eché un vistazo rápido y lo vi trotando justo a mi lado, sin camisa, sudoroso y ensangrentado, un desastre, examinando el espacio frente a nosotros con el arma en alto, alerta y concentrado.

Por favor, Dios, por favor. No dejes que lo maten por mi culpa.

Estábamos tan cerca de salir. Después de todo lo que había pasado, después de subir y bajar en la montaña rusa de la esperanza y la desesperanza durante demasiado tiempo, casi podía oler la libertad, justo fuera de mi alcance.

Aceleré el paso, contando jaulas a medida que avanzaba. Solo había otra salida. Había pasado semanas en las perreras de Ray e intentado escapar varias veces, así que sabía exactamente dónde estaba.

No reduje la velocidad hasta que encontré el pequeño hueco entre las jaulas, un pasillo corto y estrecho entre un par de medias paredes coronadas con vallas de tela metálica. Y allí, empotrada en la pared exterior, había una gatera de metal de buen tamaño.

La puerta se había construido para que los perros pudieran salir. Vale, tenía siete centímetros de grosor, era de acero macizo y estaba asegurada con un candado enorme, pero era una salida, una que teníamos que abrir antes de que nos mataran.

—Bien hecho, Blue.

Max me dedicó una media sonrisa y se arrodilló a mi lado, rebuscando en su mochila.

Apenas podía sostenerle la mirada, y solo por un instante. Max había estado con Leo cuando murió. Si salía de aquí con vida, tendría que hablar con él. No sabía si mi corazón podría soportar lo que Max tuviera que contarme.

—¿Qué está haciendo? —exigí con voz estridente—. Tenemos que darnos prisa. ¿No podemos disparar a la cerradura y largarnos de una puta vez?

—Así lo hacen en las películas —dijo Apollo, plantándose a mi lado con el arma lista—. En la vida real, no es la forma más efectiva ni segura de abrir una puerta. Pero tranquila, estos payasos vienen preparados.

—Allá vamos —dijo Max, poniéndose de pie con un cortapernos en la mano.

Ignorando el alboroto de los perros, Kass y Jax se agacharon detrás de las medias paredes, vigilando el pasillo en ambas direcciones mientras Max cortaba el cierre, retiraba el metal y tiraba el candado roto a un lado.

—Listo —dijo Max, levantando el cortapernos—. Ya que estoy, ¿tu muñeca?

Apollo le ofreció a Max la única esposa que aún le colgaba de la muñeca.

—Por el amor de Dios, eso puede esperar —espeté.

—A los Battleson no nos gustan las esposas —dijo Max, y cortó la de Apollo. Luego, a pesar de mis protestas, cortó la mía también.

—¡Fuera! —El corazón me golpeaba las costillas—. ¡Tenemos que salir!

—En ello estoy —dijo Max. Guardó el cortapernos, se echó la mochila al hombro y se puso a cuatro patas—. Yo voy primero.

Apollo se adelantó, deslizó la pesada puerta de metal hacia arriba y la sostuvo en alto.

—Que no te vuelen la cabeza.

Max se asomó y barrió el área exterior con la carabina antes de salir gateando.

Crack, crack, crack.

Las balas silbaron por el pasillo principal a velocidad supersónica, llegando de ambas direcciones a la vez. Kass, Jax y Apollo respondieron al fuego. Los Imperiales estaban contraatacando.

—Ve —dijo Apollo.

Me tiré al suelo y salí gateando por la abertura a toda velocidad. Venían a por nosotros y no tenía ni idea de cuánto tiempo nos quedaba.

Al otro lado de la puerta, salí al patio de los perros, una zona de barro y grava rodeada también por una alta valla de tela metálica coronada con alambre de espino.

Fuera estaba húmedo, frío y oscuro; sería medianoche, o quizás más tarde. Pero todas las luces de seguridad del complejo estaban encendidas, lo que nos convertía en blancos perfectos a pesar de la llovizna fría y la niebla húmeda que me envolvió al ponerme de pie.

Apollo salió justo detrás de mí, seguido de cerca por Kass, que se levantó y sostuvo la puerta de metal para Jax. Este salió de espaldas, disparando. Siguió disparando hasta que estuvo fuera. Kass soltó y la puerta cayó con un chirrido metálico.

Apollo agarró un trozo de madera y lo encajó para bloquear la gatera. Bang, bang, bang. Ya había alguien intentando abrirla a golpes.

—Joder —maldijo al pisar un montón de mierda de perro.

—Da igual —dije con el corazón en un puño—. Tenemos que darnos prisa.

—Ponte esto —dijo Kass, quitándose el abrigo y tendiéndoselo a Apollo.

—Estoy bien —dijo, aunque estaba medio desnudo y a merced del frío de una noche de Nebraska.

—Ponte el maldito abrigo —espetó Kass—. Es una orden.

Apollo iba a protestar, pero agarré el abrigo y se lo sostuve.

—Tiene razón.

Se lo puse sobre los brazos y los hombros.

—No nos hace falta añadir una neumonía a nuestros problemas.

Refunfuñando entre dientes, Apollo se abrochó el abrigo.

—Tenemos compañía.

Max señaló la valla que rodeaba el patio.

—A cubierto.

—No podemos detenernos.

La urgencia me martilleaba el pecho.

—Tenemos que irnos ahora.

—Nos vamos.

Apollo me arrastró tras el refugio de una enorme caja.

—Solo necesitamos un momento para despejar el camino.

No teníamos un momento. Quería decírselo. Pero varios mercenarios enmascarados venían hacia nosotros, disparando mientras corrían. Estábamos atrapados entre los hombres de Ray y los de Margret.

Una ráfaga de disparos resonó en el patio de los perros; las balas se clavaban en el barro, las paredes y las cajas.

Todos se pusieron a cubierto esquivando balas y astillas, y se desplegaron en línea a ambos lados de nosotros.

Sin necesidad de palabras, Kass vigilaba la puerta para perros mientras los demás apuntaban a los mercenarios y devolvían el fuego.

La puerta metálica cedió bajo el asalto. La madera que la sujetaba se partió casi por la mitad. Tenía los nervios destrozados y el corazón me latía desbocado. Ray iba a ganar. Otra vez. O los mercenarios llegarían primero. O si no...

No. No podía pensar en todo lo demás que podía salir mal ahora mismo.

—Me hace falta munición —gritó Apollo.

—Toma.

Jax le lanzó un cargador.

—Haz que cada bala cuente.

El tiroteo que venía de todo el patio se intensificó. Las balas atravesaban las cajas. Pequeños chorros de polvo blanco salían disparados en el aire, escapando de las bolsas de plástico del interior. Max metió el dedo en el polvo y lo olió.

—Heroína —dije, y luego, incapaz de quedarme ahí parada—: ¿Me dais un arma, por favor?

Max intercambió miradas con sus hermanos. Cuando Apollo asintió, Max desenfundó un arma de debajo del chaleco, quitó el seguro y me la dio.

—¿Sabes disparar esa cosa?

—Estoy a punto de aprenderlo.

Me agazapé tras la caja, levanté el brazo y disparé a los mercenarios que cargaban contra la valla.

El arma dio un salto y casi se me cae de la mano, pero uno de los mercenarios cayó al barro y no volvió a moverse. Me quedé mirando el arma que tenía en la mano, un poco mareada.

—Nada mal.

Kass me miró con otros ojos.

—Tienes buena puntería.

—No tenía ni idea.

Apreté el arma con fuerza, apunté y volví a disparar.

—No me extraña que le gustara a Leo.

Con el ojo en la mira, Jax apretó el gatillo y se cargó a dos mercenarios seguidos.

Leo. Sí. Él querría que protegiera a sus hermanos.

—Me estoy quedando sin munición —gritó Max, mientras más mercenarios venían hacia nosotros atacando desde los flancos.

—Toma.

Jax rebuscó en el chaleco y le lanzó a Max un cargador extra.

—Pero es el último que me queda.

Se nos acababa el tiempo.

Nuestras posibilidades se iban a pique cuando un nuevo sonido sacudió el patio. Una lluvia de balas barrió la valla y despejó a los mercenarios de la zona.

—Vaya, vaya.

Apollo sonrió.

—Rogue está en tierra.

—¿Rogue?

Entrecerré los ojos y divisé al hombre altísimo que salió del bosque y entró en el alcance de las luces de seguridad del complejo. Llevaba un traje de vuelo verde oscuro y empuñaba un arma enorme y temible.

—No le dispares.

Apollo puso la mano sobre mi arma.

—Está de nuestro lado. Hermano número cuatro, Troy, asesor jurídico jefe de BB durante el día y ex Night Stalker el resto del tiempo.

—Vale, genial.

Le agarré del brazo y tiré.

—Salgamos de aquí.

Apollo me arrastró de vuelta tras la caja.

—Espera un momento.

Troy apoyó el arma en un trípode detrás de un montón de ladrillos al otro lado de la valla y disparó una ráfaga hacia la puerta para perros. Las balas se clavaron en el metal y silenciaron a quien hubiera estado intentando abrirla, al menos de momento.

—¿Qué coño estáis esperando, payasos? —gritó Troy—. ¿Una invitación por escrito?

—Joder, cómo mola Rogue.

Max sonrió y nos hizo señas para que lo siguiéramos.

—En marcha.

Cruzamos el patio en una especie de formación que me situaba en el centro. Mientras tanto, Troy mantenía a raya a los Imperiales y mercenarios con su mega arma, haciendo retroceder a las figuras oscuras que se arrastraban detrás del edificio y por todo el tejado.

Ni Ray ni los matones de Margret se habían rendido todavía.