Capítulo Doce #2
Era una locura que en la América del siglo veintiuno, Blue estuviera condenada a sufrir y morir por haberse acostado con un hombre negro, y yo estuviera condenado a que me despedazaran los perros por mi piel rica en melanina.
No. No iba a permitir que esa mierda pasara. No en mi país. No en mi mundo.
—Ray, por favor, escúchame —dijo Blue—. Apollo no es tu enemigo. No ha hecho nada para perjudicarte. Me da igual lo que hagas conmigo, pero déjalo marchar.
—Te di una oportunidad —gruñó Ray con voz baja, rezumando odio—. Una oportunidad de ser leal a tu familia. Me fallaste. Otra vez.
—Si te fallé, es cosa mía —dijo ella—. Pero él es inocente. Piensa en las consecuencias. Tú y tus seguidores lo pagaréis caro si hacéis esto.
—Qué amable de tu parte preocuparte por mí. —Ray esbozó su sonrisa maligna—. Intentaste meterme en la cárcel una vez, hermanita. No te salió muy bien, ¿verdad? No volverá a pasar. —Hizo un gesto a su matón en el ring—. A la jaula. Ya.
—Piensa en nuestra madre —suplicó Blue, forcejeando con el secuaz de Ray mientras la arrastraba por el foso—. Se habría horrorizado de ver esto. Te quería, Ray. Quería que cambiaras.
—Nuestra madre era una puta —rugió Ray—. Lo demostró el día que se divorció de mi padre, se casó con un tipo sin huevos y te tuvo a ti. Eres una puta, igual que ella. Y te voy a pasar a mis hombres hasta que esté listo para mandarte al infierno.
Ahogué el gruñido en la garganta y me incorporé hasta quedar sentado. Cuando acabara con este espectáculo de mierda, iba a devolver a Ray al lugar del que nunca debió salir. Eso si no lo mataba con mis propias manos antes.
Sin dejar de apuntarme a la cabeza, Boar me levantó y me obligó a arrodillarme de nuevo. Parpadeé para quitarme los últimos mareos y, ignorando el dolor palpitante en media cara, observé a la multitud alborotada que vitoreaba y aplaudía los anuncios de Ray.
Se lo estaban pasando en grande a nuestra costa y querían sangre, sangre que Ray estaba más que dispuesto a derramar.
Ray pulsó un botón en la pared y los barrotes de la jaula número tres se levantaron con un zumbido. De un empujón, el matón de Ray metió a Blue en la jaula. Tropezó y se estampó contra el suelo. Siseé entre dientes.
Ray pulsó el botón de nuevo y los barrotes bajaron girando, atrapando a Blue dentro. Ella se impulsó desde la arena y se tambaleó hacia los barrotes.
—¡Espera, Ray! —gritó—. Por favor. ¡No lo hagas!
Ver a Blue suplicar me revolvía las tripas. Casi había escapado de Ray. Y ahora estaba de vuelta en sus garras, rogando no por su vida, sino por la mía.
—Se acabó la espera —dijo Ray—. Prepárate.
El matón que había lanzado a Blue a la jaula se colocó detrás de la valla y ocupó su sitio en las gradas. Boar retrocedió sin dejar de apuntarme con la Browning.
Por centésima vez, pensé en abalanzarme sobre él, pero mi muerte rápida significaría una muerte lenta y agónica para Blue.
Pospuse el fin de Boar y dejé que el hijo de puta se largara.
Boar cerró la puerta de la arena y fue a colocarse junto a Ray, listo para manejar los botones que abrían y cerraban las jaulas. Todas esas variables me tenían la mente a mil, calculando escenarios alternativos en los que Blue y yo no acabáramos muertos.
La multitud empezó a corear. Tardé un momento en descifrar lo que decían. Y entonces caí. Estaban gritando los insultos racistas más repugnantes de la historia del odio, en estéreo. Y todos iban dirigidos a mí.
Si esos hijos de puta pensaban que deshacerse de mí iba a ser fácil, estaban muy equivocados.
Muy equivocados.
Ray indicó a la multitud que guardara silencio antes de hablar.
—¿Cuándo fue la última vez que alimentamos a los perros?
—La semana pasada —relinchó Boar como una puñetera yegua.
—Así que están hambrientos —observó Ray, para deleite de la multitud—. Mis dulces cachorros están listos para pelear por su comida.
Dulces cachorros, y una mierda.
El hijo de puta mantenía a esas pobres criaturas enloquecidas, alteradas y hambrientas.
A juzgar por las cicatrices que desfiguraban a los animales, probablemente hacía que los perros pelearan entre sí por las sobras.
Era ilegal de cojones, por no mencionar cruel e inhumano, pero era Ray en estado puro.
Ray se tomó su tiempo soltando un discurso de mierda sobre mi lugar en el orden natural de las cosas.
Habla todo lo que quieras.
El imbécil me dio tiempo para pulir mi plan. Era difícil quedarme allí de rodillas mientras Ray hacía de maestro de ceremonias y enardecía a su multitud sedienta de sangre, pero tenía trabajo que hacer.
—¿Empezamos con la manada? —preguntó Ray a sus alborotados matones—. ¿O le damos un turno a Gigante?
—¡Gigante, Gigante! —coreó la multitud.
Los perros se sumaron al alboroto. El búnker tembló con los aullidos de humanos y animales por igual. Observé a Gigante, la bestia que hacía honor a su nombre, paseándose detrás de los barrotes de la jaula número dos, en el extremo derecho de la arena.
Era alto, un mestizo enorme con garras largas y un hocico malvado surcado de cicatrices. Con más de setenta y cinco centímetros de alzada, debía de pesar más de noventa kilos de puro músculo letal.
Gruñía, enseñaba los colmillos amarillentos y echaba espuma por la boca mientras iba de un lado a otro, deteniéndose solo para escarbar frenéticamente la arena bajo la puerta, desesperado por alcanzarme.
Me gustaban los animales, sobre todo los perros, pero esos dientes podían arrancarme la garganta de un mordisco.
Aun así, sentía lástima por la bestia. Esto no era culpa suya.
Ni mía tampoco. En este ring, ambos éramos creaciones monstruosas de Ray.
Uno de nosotros tenía que morir para que el otro sobreviviera, al menos un poco más.
Con otro dueño, Gigante habría sido un animal diferente. Pero lo habían entrenado para matar, y eso es lo que haría.
Me encontré con los ojos húmedos de Blue. Apretó todo el cuerpo contra el metal, como si quisiera estar a mi lado.
—Lo siento —articuló con labios temblorosos—. Lo siento muchísimo.
—Recuerda tu promesa —articulé en respuesta.
A partir de ahora, cada segundo contaba.
Mi plan era simple. A) Seguir vivo. B) Ganar tiempo y conseguir un arma aparte de mis manos. C) Provocar a Ray para que cometiera un error y así lograr A y B.
Pues empieza por C.
Planté un pie en la arena, me incorporé y me erguí en toda mi estatura. Joder si no sentaba bien dejar de estar de rodillas. Como andaba escaso de armas, esta parte de mi plan requería algo de creatividad y una dosis de teatralidad para igualar el estilo de Ray.
Si él podía ser el maestro de ceremonias de este circo, yo también.
De cara a Ray, sin apartar los ojos de él, sacudí las muñecas a mi espalda con toda la fuerza que pude reunir. Blue había hecho su trabajo y el movimiento brusco rompió lo que quedaba del nailon de la brida.
La multitud contuvo el aliento e incluso los perros se callaron, percibiendo la tensión que se acumulaba en el recinto.
Con una sonrisa desafiante y la segunda brida aún colgando de la otra muñeca, alcé las manos recién liberadas. Entrelacé los dedos y me hice crujir los nudillos, enviando un mensaje muy personal a aquella gentuza: Estas manos pueden matar.
—¿Qué tal si les damos el día libre a los cachorros? —provoqué a Ray—. Tú, yo y nuestros puños. ¿Te atreves a resolver nuestras diferencias uno contra uno?
Era mucho pedir, dado que bajo toda su arrogancia Ray era un puto cobarde. Pero la rabia que le torció la boca y le enrojeció la piel recompensó mis esfuerzos.
—¡Cállate! —la voz atronadora de Ray impuso un silencio total sobre sus obedientes súbditos, humanos y perros por igual.
Pero no sobre mí. Ni de coña.
—¿Eso es un no? —aproveché el silencio forzado y me paseé por la arena, desafiando a Ray y a su público con la mirada—.
Qué decepcionados deben de estar tus Imperiales de tener un perro alfa que ladra mucho pero no muerde.
¿Así es como lideras, Ray? ¿Haciendo que otros hagan el trabajo sucio mientras tú te quedas a salvo detrás de la valla?
Debí de tocar un nervio, porque la multitud miraba de mí a Ray como si estuvieran viendo un partido de tenis.
La cara de Ray se ponía más morada con cada palabra mía.
Le había sacado de quicio, un pequeño triunfo que también me ganó unos minutos más y el placer de presenciar el derrumbe interno de Ray.
Sí. Mi sonrisa se ensanchó. Ray no era el único maestro de ceremonias por aquí.
—Vamos, Ray —dije—. Tú y yo. No tienes miedo, ¿verdad? ¿Quieres demostrar tus habilidades de lucha? O debería decir, tu falta de habilidades, ya que puedes pegar a mujeres y perros, pero te cagas de miedo de pelear conmigo.
—Los perros deben pelear con perros —escupió Ray, con los ojos desorbitados de rabia—. ¡Abrid la jaula!
Se me había acabado el tiempo.
Actué rápido. Mientras Boar pulsaba el botón y los barrotes chirriaban y empezaban a levantarse, me desabroché un par de botones y me arranqué la camisa.
Desnudo de cintura para arriba, apoyé la espalda contra la valla y enrollé la camisa alrededor del antebrazo izquierdo.
Sujetando un extremo con los dientes, até las mangas con un nudo rápido.
El enorme perro se deslizó por debajo de los barrotes que se elevaban y salió disparado de la jaula. La manada volvió a ladrar y la multitud vitoreó. Gigante se lanzó hacia mí a galope tendido. Cuando se abalanzó, afiancé las piernas, clavé los talones en la arena y levanté el brazo izquierdo.
Las enormes mandíbulas del perro se cerraron sobre mi antebrazo.
La camisa amortiguó el primer impacto, pero la presión de esas mandíbulas era formidable. Aunque unas cuantas capas de tela fina no podían competir con esos colmillos irregulares, la camisa arrugada atenuó lo peor del mordisco e impidió que los dientes se hundieran en la piel.
La bestia se aferró y no soltaba, sacudiendo la cabeza de lado a lado, triturándome el antebrazo entre las mandíbulas. Aprovechando todo mi peso, lancé el cuerpo hacia la izquierda y estrellé al perro, que gruñía, contra la valla.