Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

Apollo

Mantuve los ojos cerrados y el cuerpo laxo mientras unas manos rudas me arrastraban por las perreras. Las punteras de mis zapatos raspaban el suelo de hormigón mientras los matones me llevaban a rastras.

El estruendo de los perros se intensificó a nuestro paso y luego se atenuó cuando dejamos las perreras atrás. Con los sentidos en alerta máxima, entreabrí los párpados para echar un vistazo.

El búnker de Ray era un edificio masivo, rectangular, de acero y hormigón, dividido por un largo pasillo. Las perreras ocupaban un lado, pero en ese momento avanzábamos por el centro del búnker. A ambos lados, puertas abiertas revelaban un amplio espacio atestado de cajas.

Alcancé a ver varias cajas con las tapas entreabiertas, algunas llenas o rodeadas de montones de paja. Las granadas de mano se amontonaban dentro de uno de los contenedores de madera como si fueran caramelos en lugar de armas letales.

Dos hombres estaban en la esquina del fondo, contando AK-47 de otra caja. Otros dos se sentaban a una mesa, llenando bolsitas de plástico con un polvo blanco. Los muy imbéciles estaban fumando dentro de lo que venía a ser el depósito de armas de Ray.

Tontos de remate.

Dejando a un lado la estupidez de aquellos hombres, esta parte del búnker era el almacén de Ray. Estaba repleto de mercancía, productos que sin duda acabarían en manos del mejor postor. Tomé nota mental de la distribución del edificio y fui contando cuántos había mientras avanzaba.

Con un chirrido metálico, una puerta se abrió en algún lugar más adelante. Una ráfaga de aire semifresco me azotó. Mis captores me lanzaron hacia delante. Por un instante, volé por el aire antes de estamparme contra el suelo. Sofoqué un gruñido y fingí estar inconsciente.

—Despertadlo —la voz de Ray resonó a mi alrededor.

Un par de manos rudas me dieron la vuelta. Agua fría me salpicó la cara y el pecho. Abrí los ojos, me incorporé hasta quedar sentado y, parpadeando para quitarme el agua que me nublaba la vista, observé aquel extraño lugar.

Boar estaba frente a mí con un cubo vacío en una mano.

En la otra, empuñaba una elegante Browning Hi-Power de 9 mm con el seguro quitado.

Yo estaba sentado sobre un lecho de arena en medio de un cuadrilátero semicircular, una especie de foso de pelea.

El lugar apestaba a perro mojado, mierda, sangre y sudor.

Todo el espacio medía unos doce por doce metros, enmarcado por paredes de hormigón y coronado por un techo de baldosas acústicas manchadas y mohosas que había conocido tiempos mejores.

Una valla de tela metálica encerraba el foso y lo separaba del resto del espacio, donde gradas de aluminio apiladas formaban la zona de espectadores.

Una pequeña multitud de unas veinte o treinta personas abarrotaba las gradas tras la valla: un hatajo de Imperiales forrados de cuero, sin sus habituales groupies.

Jodidamente fantástico.

Bueno, al menos Ray había convertido aquello en un evento solo para miembros y las groupies brillaban por su ausencia. No tenía que preocuparme de que murieran civiles en el proceso.

Ray estaba junto a la puerta lateral que daba del cuadrilátero a las gradas, con una sonrisa presumida en su cara de cerdo.

—Arriba, dormilón —anunció, con la voz resonando en el búnker—. Llegas justo a tiempo para el espectáculo.

Llegaba justo a tiempo para ser el espectáculo, comprendí, cuando Boar me agarró por el cuello de la camisa y me dejó caer de rodillas. Todos los ojos de la sala ya estaban clavados en mí, igual que la Browning de Boar, que me apuntaba a la cabeza.

Apreté los dientes y clavé las rodillas en el suelo, aunque cada molécula de mi cuerpo quería moler a palos a Boar y largarme de aquel lugar, aunque me costara un par de balazos.

Pero mi orgullo no era razón suficiente para morir. No podía arriesgarme a que me mataran y dejar a Blue a merced de la ira de Ray. Eso significaba tragarme el orgullo y quedarme de rodillas, al menos de momento.

Inhalar, exhalar, cabeza fría, pensamientos claros.

Por puro hábito y entrenamiento, flexioné los puños y probé las bridas. Identifiqué dos posibles salidas: por donde me habían metido y otra accesible a través de unas empinadas escaleras de madera detrás de las gradas. La cuestión era cómo llegar a una de ellas, y cuándo.

Los jadeos y el roce de garras sobre el hormigón me hicieron girar la cabeza.

Tres jaulas se alineaban contra la pared trasera del foso, cada una con barrotes resistentes delante y detrás.

Varios perros eran empujados hacia la jaula número uno, una jauría que llenó el recinto antes de que las puertas traseras se cerraran de golpe.

Conté nueve perros. Nueve. Aquello no iba a ser coser y cantar.

La jaula número dos no resultaba más alentadora. Contenía un solo perro, pero era enorme, descomunal. De momento, la jaula número tres permanecía vacía, pero no me habría sorprendido que apareciera algún león. Al fin y al cabo, aquel foso de mierda era el circo particular de Ray.

A un lado del cuadrilátero, una gran puerta metálica y robusta se abría directamente al foso.

Era la misma puerta por la que me habían arrojado sin contemplaciones.

Uno de los matones de Ray cruzó el umbral arrastrando a Blue.

Los dedos ásperos del tipo se le clavaban en la carne y le atenazaban el brazo.

El corazón me dio un vuelco.

Blue estaba pálida y aterrorizada, pero mantenía las manos cerradas en puños a la espalda, ocultando que las bridas ya no le ataban las muñecas.

El miedo grabado en su rostro me retorció las entrañas, aunque se esforzaba por disimularlo. Tenía los labios apretados en una línea firme y mantenía la barbilla en alto en un gesto de valentía.

—¿Qué quieres que haga con ella? —preguntó Boar sin dejar de apuntarme a la cabeza, y juro que babeaba igual que los perros de las jaulas.

—Ya le llegará el turno —la mirada viscosa de Ray se deslizó de Blue hacia mí—. Él va primero. Pero no te preocupes, Boar. Tú y los chicos tendréis lo vuestro. Encerradla hasta que acabemos con él. Quiero que vea lo que viene después.

La rabia me abrasó las entrañas. Iba a hacer pasar a Blue por el infierno una vez más, y esta vez no pararía hasta destrozarla por completo.

Ray inclinó la cabeza y su estúpido matón le apretó el brazo a Blue con más fuerza y la arrastró hacia la jaula.

De algún modo, Blue logró zafarse. El tipo se quedó con las manos vacías mientras ella giraba y plantaba cara a Ray.

Se quedó en medio del foso, desafiando a su despiadado hermanastro con la mirada.

—No hagas esto, Ray —la voz de Blue reverberó en el espacio, clara y valiente, aunque el matón de Ray volvió a agarrarla y estaba preparado para usar la fuerza si su jefe se lo ordenaba—. Escucha lo que tengo que decir.

Vaciló antes de dejarse caer de rodillas mientras el público jadeaba de asombro. —Ray, por favor, te lo suplico.

Si antes estaba furioso, ahora estaba completamente fuera de mí. ¿Blue, suplicando? Algo se fracturó en mi interior, quizá todas las costillas, porque el pecho me dolía con una violencia brutal. Odiaba la impotencia que me atenazaba la garganta.

—Muy bien. —Un destello de satisfacción brilló en la mirada de Ray. Hizo un gesto con la mano como si fuera un emperador concediendo audiencia a un esclavo insignificante—. Adelante.

—Blue, no tienes que hacer esto. —Busqué su mirada llorosa—. Es un gilipollas. Nada más. Un gilipollas feo, arrugado y racista.

El golpe que me alcanzó en un lado de la cabeza me dejó tirado sobre la arena. Todo me daba vueltas como si estuviera atrapado en un tiovivo. La sangre se me acumuló en la boca y me llenó la garganta con un sabor metálico repugnante.

—¡Apollo!

El grito de Blue y los vítores de la multitud me llegaron desde un planeta muy, muy lejano. Tardé un momento en asimilar que, con un gesto de Ray, Boar me había golpeado con el puño.

La mandíbula me palpitaba de dolor y el cuello me dolía por el latigazo. Intenté levantarme del suelo, pero el cuerpo no me respondió. El golpe reavivó el dolor de cabeza palpitante y todo seguía dándome vueltas.

Conmoción cerebral número dos. Las últimas veinticuatro horas habían sido nefastas para mi cerebro. Tómate un momento. No querrás vomitar delante de estos capullos.

Esperé a que los mareos remitieran y entrecerré los ojos para distinguir los rostros que dominaban aquel mundo que no dejaba de girar.

—¿Blue? —El tono de Ray era aún más engreído que antes—. Creo que estabas a punto de disculparte conmigo, ¿no?

—Ray. —Blue hizo una pausa, me lanzó una mirada furtiva y, tras volver a mirar a Ray, respiró hondo.

Ay, ay.

Tenía la sensación de que no me iba a gustar nada de lo que iba a decir.

—Ray —comenzó de nuevo—. Puedes parar esto ahora, salvar una vida y no meterte en líos con la ley. ¿Este hombre? —Señaló hacia mí con la barbilla—. Es buena persona. No vino aquí a causar problemas. Nunca pretendió interponerse en tu camino.

—¿Estás colocada de meta? —Ray clavó el dedo en el aire—.

Este hijo de puta se interpuso en mi camino en cuanto entró en The Hangout, pavoneándose como si fuera el amo del mundo.

Se ganó el batazo en la cabeza y los perros en cuanto decidió quedarse en mi pueblo.

Y firmó su sentencia de muerte en cuanto metió su asquerosa polla en ti.

Blue se estremeció y yo apreté tanto los dientes que oí crujir mis propios molares.

Siempre había sabido que el racismo existía en el mundo. Lo sentía, a veces a diario, en mi día a día. Pero vivir entre mis hermanos, ciegos al color de la piel, me había enseñado que los hombres y mujeres de principios no toleraban esa mierda.

¿Estos hijos de puta? Eran lo peor de la humanidad, prueba viviente de que el odio irracional y arraigado persistía y de que la humanidad podía degenerar en salvajismo.

Parecía imposible que todavía hubiera gente en este planeta que no hubiera oído la llamada de la libertad o no creyera que todas las personas nacen iguales.