Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo Dos
7%

Capítulo Dos

Blue

Apollo era el nombre perfecto para el dios moreno que bebía su cerveza como si fuera néctar divino. Desde detrás de la barra, mientras tiraba otra ronda de cervezas, no pude evitar echarle otra mirada al imprudente bombón.

Su piel suave, sus rasgos cincelados y su cuerpo atlético se combinaban para crear una obra maestra. Impecablemente vestido con una chaqueta de cuero bronceado, unos vaqueros perfectos y una camisa verde jade que hacía juego con sus ojos, era un regalo para la vista de esta servidora.

Y sus zapatos. Dios mío. Sus zapatos. Llevaba unos Oxford color canela de lo más modernos, con punteras bruñidas que, junto con su gorra de espiga, proclamaban a gritos elegancia y estilo.

Se me escapó un suspiro melancólico antes de lograr contener cualquier otra muestra de admiración. No convenía provocar a Ray más de lo que ya estaba.

Pero el contraste era notable. Apollo era tan diferente de todos los demás hombres del club: cuidado, refinado, sofisticado. También era amable, educado y delicado. No necesitaba amenazar ni imponerse sobre los demás. Se imponía con el puro poder de su presencia.

Puede que llevara tiempo fuera del mercado, pero sabía apreciar una obra de arte cuando la veía.

Apollo rezumaba sensualidad por los cuatro costados.

Sus labios carnosos besaban la botella con esa fuerza serena que yo anhelaba.

Sus dedos largos y elegantes sostenían el vaso con el cuidado que una vez había ansiado.

Pasé a llenar la siguiente jarra. ¿Cómo había sabido que yo era diferente del resto? ¿Por qué había prometido que todo iría bien cuando no tenía ni idea de hasta dónde me había hundido en el infierno de Ray? ¿Y qué había pasado en el baño?

Lo había besado. Eso es lo que había pasado. Y él me devolvió el beso. Oh, sí. Lo hizo. El pulso se me aceleró con el recuerdo. Y fue increíble, como una brisa fresca en la cara, o un chaparrón que limpiara el óxido que corroía mi alma.

Hacía mucho que no me sentía así.

El recuerdo de ese beso me recorrió el cuerpo como un hormigueo y me elevó de nuevo a las nubes. Me mordí el labio para contener la sonrisa.

Mi primer instinto fue justificar el beso como un acto de rebeldía. Lo había besado en las mismísimas narices de Ray, prácticamente delante de todos sus matones. Había hecho lo que quería, cuando quería, desafiando el peligro y burlando la vigilancia de Ray.

Era una pequeña victoria para una mujer que no había ganado nada en mucho tiempo.

Pero el desafío no había sido la única motivación detrás del beso.

Algo primitivo había impulsado mi valentía.

No era un flechazo cursi ni ilusiones vanas.

Hacía tiempo, la vida me había quitado el romanticismo a golpes.

Esto había sido otra cosa: una necesidad profunda de conectar con alguien agradable para variar, una corazonada de que este tipo necesitaba ese beso tanto como yo.

Sí, tenía corazonadas, y más de una vez me habían sacado de apuros, por eso nunca las ignoraba. Esta había llegado como un pensamiento. Bésalo, me había dicho.

Lo había besado, con bastante descaro y a conciencia, tengo que añadir, dada su entusiasta colaboración. Y en ese beso había descubierto una satisfacción inmediata.

Decía mucho de mi vida, y nada bueno, que estuviera orgullosa de mí misma por atreverme a besar a un completo desconocido.

Y entonces me asaltó otra corazonada, una mala. Una imagen me cruzó la mente: el hermoso rostro de Apollo magullado y sangrando. Su precioso cuerpo apaleado, hecho pedazos y echado a los perros.

Se me heló el estómago.

Le eché otra mirada al hombre sentado solo en el reservado. Él respondió con una sonrisa amable y plácida que no dejaba entrever el menor miedo, que me derritió por dentro y me aterrorizó a partes iguales.

Aparté la mirada con el miedo martilleándome en el pecho. Admiraba la valentía en todas sus formas, pero Apollo no tenía ni idea del mal al que se enfrentaba.

—¿Qué coño estás haciendo?

Sobresaltada, vi a mi compañera Hannah plantada a mi lado, mirando la jarra que sostenía en la mano. Se desbordaba en chorros de espuma.

—Oh, mierda. —Solté el grifo y me encogí—. Lo siento.

—Presta atención —me fulminó Hannah con la mirada—. Como sigas así, te voy a descontar de la paga lo que derramas.

No podía permitirme que me recortaran la paga, así que me apresuré a secar la jarra y la coloqué con cuidado junto a las demás en la barra.

La mirada de Hannah se clavó en Apollo. Sacó la polvera del bolsillo y se retocó el pintalabios rojo neón antes de darme un codazo en las costillas.

—¿Te puedes creer la cara que tiene esa escoria, viniendo aquí a provocar a los chicos?

Me mordí la lengua y me tragué una réplica ácida. Cada palabra que Hannah pronunciaba me sacaba de quicio. Era tan ignorante y fanática como el resto de los perdedores que abarrotaban The Hangout.

Pero una palabra de más y me delataría a Ray. Así que apreté los dientes, aunque estaba al límite de mi aguante. Iba a volverme loca si me quedaba en Egypt un segundo más.

No es que tuviera opción de irme.

Piensa en Robby. Piensa en las bendiciones que trae a tu vida.

Respiré hondo y me concentré en llenar la siguiente jarra. Segundo a segundo. Así era como había sobrevivido hasta entonces. Y, sin embargo, mi silencio forzado me hacía sentir sucia y cómplice.

Había caído tan bajo.

—¡Blue! —La voz de Ray retumbó a mi alrededor—. ¿Dónde coño está mi cerveza?

Dios, dame fuerzas.

Agarré un puñado de jarras y me dirigí a la mesa de Ray. Planté una jarra delante de él primero. Aquí la jerarquía lo era todo.

Me lanzó su sonrisa mellada, esa mueca burlona que me restregaba por el fango y proclamaba su control total sobre mí. Impulsada por la amenaza escrita en su rostro, seguí repartiendo las cervezas entre sus matones.

Hasta entonces, Ray había impedido que sus hombres me usaran como usaban a las otras groupies de cuero que poblaban el club y trabajaban en él, además de ayudar a distribuir sus «productos». Era repugnante, pero a Ray le gustaba llamarlas sus «svastiputas».

Muchas de ellas andaban por aquí esta noche, compitiendo por llamar la atención, dispuestas a intercambiar sus cuerpos por droga.

Después de un año en esta pesadilla, no estaba segura de cuánto duraría la distinción entre ellas y yo.

Cuando Ray se emborrachaba, perdía todo sentido de la lógica.

En cuanto cometiera un error, me entregaría a sus matones.

Se me erizó la piel. No podía permitirme un desliz.

Los ojos de Boar brillaban con promesas repugnantes cuando me acerqué. Como principal matón de Ray, ese cabrón corpulento tenía privilegios que incluían acosarme. No paraba de alardear de que yo acabaría siendo suya.

Por encima de mi cadáver, cerdo.

Cuando me acerqué a entregarle la cerveza, me pellizcó el trasero con fuerza, lo bastante como para dejarme un moretón.

Apreté los dientes y mantuve el rostro inexpresivo.

Me negaba a darle a ese cruel hijo de puta la satisfacción de verme flaquear.

Y aunque mi vida era una mierda, me alejé de Boar con la espalda recta y la cabeza bien alta.

Al pasar junto a Ray, me agarró del brazo y me detuvo en seco. Sus ojos iban y venían con regocijo entre Apollo, sentado en su reservado, y yo. No necesitaba un intérprete para saber que había encontrado otra forma de humillarme.

—Creo que Lola necesita un descanso —me dedicó esa sonrisa siniestra responsable de mis náuseas constantes—. La yonqui no sabe bailar una mierda. ¿Qué tal si exhibimos tus talentos?

Se me encendió el rostro y la boca se me quedó seca como el esparto. Bailaba los viernes y sábados. No tenía elección. Pero hoy era miércoles, y la razón por la que Ray me quería en ese escenario no tenía nada que ver con lucir mi talento.

Lo hacía para caldear a sus matones antes del trabajo sucio de esa noche, para reafirmar su poder arbitrario sobre mí y para humillarme delante de Apollo, la única persona respetable que había pisado el club en mucho tiempo.

No me avergonzaba de mis habilidades, mi formación ni mi cuerpo. Pero mi situación me mortificaba. Me enfurecía tener que hacer lo que Ray ordenaba. Me odiaba a mí misma por ello.

—Esta noche no estoy en el programa —me esforcé por mantener la voz neutra—. Como el nuevo camarero salió pitando al primer problema, me necesitan en la barra.

—Yo digo cuándo y cómo se te necesita —me aplastó la muñeca—. Y yo digo que te toca subir al escenario, ahora mismo.

Me mordí el interior de la mejilla hasta saborear la sangre. Parpadeé para contener una oleada de lágrimas patéticas y ahogué un sollozo en la garganta. Ray se alimentaba de mi dolor, de mi sufrimiento, y aprovechaba cualquier oportunidad para herirme, degradarme y humillarme.

Pero no iba a permitir que Ray viera cómo me sentía. No iba a derrumbarme delante de esos hijos de puta enfermos. No mostraría ninguna debilidad.

Un año atrás había aprendido que, si Robby iba a vivir, yo tenía que sobrevivir en el infierno de Ray. Así que lo haría. Ya me habían traicionado y lo había perdido todo. Si Ray quería degradarme, no me quedaba más remedio que aguantar.

¿Pero mi orgullo?

Eso lo conservaba, junto con mi dignidad, ocultos bajo capas de maquillaje y cuero duro.

Me solté del agarre de Ray de un tirón, giré sobre mis talones y me dirigí hacia el backstage.

¿Ray quería que bailara?

De acuerdo. Bailaría.

***

Apollo

Si ya me había costado quedarme en mi asiento cuando Barba Trenzada le puso las manos encima a Blue, casi perdí los papeles cuando Perro Alfa la agarró del brazo y le escupió alguna gilipollez a la cara. La violencia de su sonrisa me inyectó una furia que me hirvió en las venas.

El brillo despiadado de su mirada delataba todo tipo de intenciones chungas. Estaba provocando a Blue, de eso estaba seguro. La obligaba a hacer algo contra su voluntad.