Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo Dos #2
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Capítulo Dos #2

Apreté los dientes y me tragué un gruñido. Los músculos se me tensaron, listos para la acción, y cerré los puños alrededor del borde de la mesa. Pero tenía que luchar por mantener el control. Una pelea aquí sería imprudente, como mínimo.

En esta me superaban en número. Eso no me preocupaba demasiado. Podía solventar ese pequeño problema con algo de ingenio SEAL.

Por otro lado, aún no conocía el terreno. Había mucho que no sabía sobre Blue, Ray y sus matones. Mis acciones podrían empeorar la situación de Blue. No quería ponerla en peligro solo porque estos ladrones de oxígeno me sacaban de quicio.

Me recosté en el asiento y contuve mi ira. Me aguantaba por los pelos. No sabía cuánto tiempo podría mantener el control, así que menos mal que Blue se soltó del agarre de Ray y desapareció por la puerta trasera.

Di un largo trago a la cerveza, esperando que me enfriara parte de la rabia que me hervía por dentro. Era extraño. Cualquier otro día yo era tranquilo, racional y ecuánime, lo más alejado de un cabeza caliente que un Battleson podía estar. Pero joder si no tardé varios minutos en calmarme.

¿Esta mujer?

Despertaba mi sentido de la justicia.

Las luces se atenuaron y las primeras notas de una pieza clásica inundaron el local con un despliegue orquestal. Fruncí el ceño. ¿Estaba oyendo bien? ¿Chaikovski? ¿Aquí?

Estaba lejos de ser un entendido en música clásica, pero cuando éramos jóvenes, mi hermano Kass solía arrastrarme como acompañante cuando llevaba a su novia Tee al ballet. Como era joven y complaciente, y porque Tee adoraba el ballet y Kass adoraba a Tee, me tragué un montón de funciones.

Pasé de odiar el ballet a disfrutarlo. Lo que explicaba por qué el Final orquestal del Lago de los cisnes de Chaikovski me resultaba vagamente familiar.

—¡No! —Ray se levantó de un salto, se llevó las manos a la boca a modo de bocina y gritó hacia el escenario—. ¡Esta no!

Con el rostro contraído en una mueca, abucheó y protestó, agitando las manos en el aire para incitar a sus secuaces a que se le unieran.

Curioso. Sus matones lo ignoraron. En cambio, se quedaron callados y se acomodaron en sus asientos, con los ojos clavados en el escenario, expectantes.

Todavía estaba asimilando la sorpresa de oír música clásica en aquel antro cuando Blue apareció en el escenario.

Con el pelo índigo peinado hacia atrás, llevaba un tutú negro y un corsé corto de cuero que realzaba sus pequeños pechos y dejaba su abdomen atlético expuesto a la admiración de todos, yo incluido.

Con un gesto grácil, levantó las manos en el aire y adoptó una pose elegante que lucía sus largos brazos y piernas. Se me desencajó la mandíbula y no fui capaz de cerrarla.

¿Esta mujer? ¿En este antro?

No daba crédito a lo que veía. De pie junto a la barra cromada, me recordaba a un ángel con actitud.

Y entonces comenzó a bailar.

Su cuerpo ágil y esbelto se desplegaba en movimientos gráciles y pasos complejos que desafiaban las leyes de la anatomía.

Cuando se elevaba sobre las puntas, sus torneadas pantorrillas se tensaban y sus flexibles piernas se alargaban.

En un instante volaba por el escenario, un cisne alzando el vuelo.

Al siguiente, giraba sobre una pierna de un extremo a otro en una serie de piruetas vertiginosas.

Con cada arabesco, descubría la magnitud de su talento. Con cada split, salto y giro, reconocía su verdadera esencia. Y sus ojos. Brillaban con una pasión que irradiaba de ella en oleadas de puro gozo físico.

Lo supe entonces: Blue amaba bailar.

Con los ojos clavados en la gloriosa aparición del escenario, me estremecí cuando la voz de Ray retumbó sobre la música dramática.

—¡He dicho que esta no! —gritó el imbécil.

Me moría de ganas de cerrarle la boca de un puñetazo.

—Déjala bailar, tío —gritó alguien entre la multitud, haciendo callar a Ray, al menos de momento.

Bien. No iba a tener que romperle los dientes... todavía.

Unos minutos después, la música cambió. Como un camaleón que muda de color, abandonó el ballet clásico. Sus caderas se apoderaron de los ritmos atrevidos de un rap sensual que subió la temperatura de la sala y me calentó la sangre.

Hizo popping, locking y entró en un «running man» antes de plantar una mano en el suelo y asombrarme con una hazaña de breakdance que le habría valido el trofeo en Mira quién baila.

La gente del local se puso en pie, aplaudiendo y vitoreando.

Yo también.

Luego vinieron varios minutos de música electrónica que palpitaba con graves profundos. Provocó y coqueteó con la barra antes de enroscar la rodilla en ella y comenzar una serie de giros que la hacían volar por el aire en una hazaña acrobática.

Era dueña de la barra.

Trepó y se deslizó hasta abajo en un split increíble antes de rematarlo con una secuencia de movimientos suaves y sensuales que culminaron en un spinning chopper que la hacía girar sin miedo alrededor de la barra.

Joder, esta chica sabía bailar.

A esas alturas, todos en la sala se apiñaban alrededor del pequeño escenario, balanceándose y aplaudiendo mientras Blue se tiraba al suelo al ritmo de un grunge sucio.

Luego pasó a una samba sensual que convirtió la barra en su pareja sexy.

Todo esto lo hizo durante diez minutos, sin parar, asombrándome con un popurrí glorioso que mostraba su versatilidad, talento y resistencia.

Era oficial. Había elevado el escenario diminuto de The Hangout a la categoría de centro de artes escénicas.

Y era sexy. Jodidamente sexy. Su sensualidad me ardía en las venas como una fiebre alta y me recordaba los besos locos e increíbles que habíamos compartido en el baño.

—Más te vale hacer lo que te digo —gritó Ray mientras la música volvía a la agonía clásica del Finale de Chaikovski—. ¡Más te vale cumplir o me las pagarás!

La luz se apagó en sus ojos.

Justo cuando lo había dado todo en su baile, cuando había asombrado y seducido a una sala llena de imbéciles ignorantes entre los que me contaba, giró en espiral por el escenario y se detuvo en la esquina.

Un haz blanco brilló sobre ella y bañó su piel de alabastro con un resplandor plateado. Su cuerpo se arqueó en una pose final y victoriosa. Con los brazos por encima de la cabeza y las manos en alto, podría haber sido una de las mejores creaciones de Degas.

Las últimas notas sonaron triunfales y trágicas a la vez. Resonaron en mi interior y me elevaron a un plano superior. En ese momento, Blue echó la cabeza hacia atrás, se abrió el corsé de un tirón y expuso sus pechos ante el público.

Vislumbré las líneas delicadas de su cuerpo, su piel pálida y sus pechos redondos y firmes, coronados por el rosa de sus pezones erectos.

Magnífica.

Un rayo me alcanzó en algún punto cercano al corazón.

Espectacular.

Las luces se apagaron y ella desapareció, se desvaneció del escenario como un fantasma etéreo.

Dejó atrás al público vitoreando en pie. El local estaba abarrotado y era un infierno de ruido con todos esos aplausos y gritos, y sin embargo resonaba con el vacío que dejaba la ausencia de Blue en el escenario.

Tomé aire con dificultad, todavía aturdido. Aún me escocían los ojos con el recuerdo de su gracia y belleza. Me sentía como si me hubiera besado de nuevo: gratificado y provocado, satisfecho pero hambriento de más.

Las luces de la sala se encendieron e iluminaron el sombrío local. Parpadeé para disipar la confusión. Era como despertar de un sueño.

Un momento antes había estado presenciando la grandeza. Al siguiente estaba de vuelta en el sórdido club de striptease, de pie entre un montón de tipos cachondos y babeantes cuyas pollas probablemente estaban tan duras como la mía.

¿Quién demonios era Blue?