Apollo (Romance militar de héroes alfa nº 4) Capítulo Uno #4
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Capítulo Uno #4

—¿Blue fue a buscar hielo al Polo Norte? —el ladrido de Ray destrozó el trance que mantenía nuestras bocas unidas—. ¡Que alguien vaya a buscar a esa zorra!

Con un jadeo apagado, Blue rompió nuestro beso y me dejó sin aliento y francamente asombrado. Habría jurado, por el rubor de su rostro y el brillo que relucía en sus iris, que estaba tan sorprendida como yo.

Parpadeé varias veces. ¿Acababan de darme con un desfibrilador? Desde luego, era como si me hubieran reiniciado el flujo eléctrico del corazón.

Mi pecho se hinchó con un dolor sordo que no tenía sentido, dado que estaba en óptima forma física y mi corazón estaba preparado para afrontar las subidas más empinadas a la carrera con una mochila médica de cuarenta kilos a la espalda.

Y sin embargo, todavía me costaba recuperar el aliento.

No creía en el amor instantáneo. Demonios, ni siquiera creía en el amor en absoluto. Pero sí creía en la lujuria como una fuerza física que unía a las personas, al menos a corto plazo.

Y en ese momento, envuelto con Blue en la intimidad de nuestro abrazo y rodeado por una sensación de peligro inminente, mi lujuria se disparó. Un cálido resplandor irradió desde mi pecho y se recreó en la gama fenomenal de los ojos cerúleos de Blue.

¿Mi lujuria?

Era nueva y cruda, una necesidad carnal que convirtió mi polla en piedra, realzada por una llamada misteriosa que no podía entender y mucho menos explicar.

Un golpe repentino en la puerta hizo que Blue diera un respingo.

—Tú, el de ahí dentro, abre —ladró el Perro Alfa desde el otro lado—. No eres el único que tiene que cagar aquí.

Apreté los dientes, hirviendo de furia. Este caso ambulante, parlante y apestoso de E. coli asustaba a Blue, y eso me sacaba de quicio. El imbécil estaba empezando a cabrearme.

—Tengo que irme —dijo Blue en un susurro urgente—. Vete, Apollo. El infierno está vacío y todos los demonios están aquí.

Escapó de mi abrazo, se dejó caer al suelo y salió gateando por el hueco. Me agaché y observé cómo volvía a colocar la rejilla de ventilación en su lado.

—Dame un minuto o así para volver —susurró—. Y no olvides volver a poner la tapa —añadió antes de desaparecer de mi vista.

La imaginé saliendo del almacén con paso decidido, contoneando las caderas con un valor arrolladoramente sexy.

Me pasé los dedos por los labios. Ese beso. Había sido rápido y lleno de ansiedad, y sin embargo había dejado mi boca marcada con un tatuaje de los labios de Blue.

La puerta se sacudió de nuevo bajo la fuerza del puño del Perro Alfa. Era tan desagradable y persistente como una verruga plantar.

—¡Espera! —exclamé.

Miré el reloj. Toda la reunión secreta, beso incluido, había durado un total de tres minutos.

Los golpes continuaron mientras volvía a colocar la rejilla y la atornillaba. Cuando terminé, tiré de la cadena para dar el pego y me tomé mi tiempo para lavarme las manos, todavía muy pendiente de aquel beso. Le di a Blue unos segundos extra antes de abrir la puerta.

Me encontré al Perro Alfa plantado frente a la puerta, con el ceño fruncido. Miré por encima de su hombro y vi a Blue, que ya estaba echando el hielo en la nevera empotrada detrás de la barra.

Excelente.

Centré mi atención en el imbécil que tenía delante. El rostro del tipo parecía congelado en un gesto de enfado permanente. Con los pies separados y los brazos cruzados, me fulminó con la mirada.

—Eres un farsante de mierda —gruñó en voz baja.

—Por lo visto, tú también —salí del baño y señalé el inodoro con un gesto—. Todo tuyo.

Capullo.

Pasé junto a él y volví a mi reservado. Mientras me sentaba, el Perro Alfa entró y se giró lentamente en el pequeño baño. ¿Pensaba que había puesto una bomba ahí dentro?

Al no encontrar nada sospechoso, salió con paso firme y volvió a su silla. Miré a Blue. Desde detrás de la barra, me devolvió una mirada cargada de intención que decía a gritos Vete.

Me recosté en el asiento, parpadeando para disipar el efecto que había tenido en mí. Esta mujer tenía sustancia y carácter, además de belleza. Y conocía a Shakespeare. Algo nada habitual y totalmente inesperado en un antro como este.

Me había besado. No me lo podía quitar de la cabeza. Y menudo beso.

¿Por qué lo había hecho?

Quería saberlo.

¿Y qué demonios hacía en un sitio como este?

Me enorgullecía de tener la mente abierta. Intentaba no juzgar a los demás. Dios sabía que los juicios que había recibido en mi infancia habían sido brutales. Si una mujer quería lucir su cuerpo vistiendo lo que le diera la gana y haciendo lo que le diera la gana, pues adelante con ello.

Pero ¿una mujer obligada a estar en una situación con la que no se sentía cómoda?

Eso estaba jodido.

No tenía confirmación clara de que ese fuera el caso de Blue. Solo una corazonada. Pero muy fuerte. Aquello me planteaba un nuevo problema y un montón de preguntas que exigían respuesta.

Recogí la gorra de la mesa y, dándole vueltas entre los dedos, tomé una decisión en el acto. Puede que River Niles no anduviera por aquí en ese momento, pero podía esperar. Y ahora que me había cruzado con Blue, tenía dos buenas razones para quedarme en aquel agujero infernal.