Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 45
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Capítulo 45

Poco antes

—De aquí no salimos, y tampoco hay teléfono fijo —soltó Julia mientras zarandeaba la maldita persiana, que no cedía ni un milímetro. Lo habían intentado todo, pero en vano.

—Tenemos que buscar ayuda antes de que ese loco mate a su mujer o, a lo peor, vuelva.

—Julia dejó de maltratar la persiana y se puso a pensar.

A lo mejor conseguían salir por el tejado.

En el sótano ya lo habían registrado todo, igual que en la planta de arriba.

Quizá pudieran escapar por alguna claraboya.

Teresa subió la escalera a la carrera. Julia la siguió, pero se detuvo en seco.

Sonó el timbre de la puerta de la calle.

—¿Hola? —gritó y volvió a bajar corriendo—. ¿Quién es?

—¿Julia? ¡Maldita sea, abre! —Florian sonaba fuera de sí.

—Florian, estamos encerradas, no puedo abrir. Tienes que ir al hospital. Bjoern Kreitz ha escrito una carta de despedida. Va para allá y quiere matar a su mujer.

—Apártate de la puerta. ¡Voy a abrirla a tiros!

Julia volvió a subir la escalera a toda prisa y esperó en el último rellano. Sonaron varios disparos. Por fin la puerta se abrió de par en par con un estruendo tremendo y Florian apareció en el recibidor. La miró con furia.

—¡Maldita sea, Julia! ¿Por qué no me has dicho nada? ¡Pero no puedes ir por ahí por tu cuenta y riesgo! —Se interrumpió al reparar en Teresa.

—¿Está usted bien?

Teresa asintió. Julia no quería esperar ni un segundo más. Sabía que la esposa de Kreitz corría un peligro gravísimo. Bajó la escalera a todo correr y recogió del salón la carta de despedida.

—El fiscal jefe es el asesino. He visto a Christian Moeller en el vídeo de las cámaras de seguridad.

Kreitz lo convenció para que dejara la bolsa de deporte con la pieza anatómica en la taquilla.

A mí me ha dejado inconsciente. Solo cuando he vuelto en mí me he dado cuenta de que nos ha tenido engañados todo el tiempo.

—Julia le puso la carta a Florian en la mano y salió corriendo hacia el coche, dejando atrás a Lenja y a Martin Saathoff.

—¡Vamos, no hay tiempo que perder!

Cruzaron la ciudad a toda velocidad con las luces azules y la sirena y, por el camino, dieron el aviso de emergencia.

Llegaron al hospital en cuestión de minutos.

En casa del fiscal jefe, Julia había encontrado unos documentos con el número de habitación de Anne Kreitz.

La habitación estaba en una zona apartada, habilitada expresamente para pacientes en estado vegetativo.

Pasaron a toda prisa y sin decir palabra junto a médicos y enfermeros, mientras Florian levantaba la placa para identificarse.

Por fin dieron con la habitación. Teresa se abrió paso entre ellos e irrumpió la primera.

Por lo visto, el aviso todavía no había llegado hasta allí.

Sobre la cama había dos personas inmóviles.

Teresa corrió hacia un aparato y lo encendió.

Después le tomó el pulso a Bjoern Kreitz. Negó con la cabeza.

—Parece que está muerto.

Entretanto, la planta cobró vida. Dos médicos acudieron corriendo y subieron el cuerpo sin vida a una camilla.

Uno de ellos se ocupó de él, mientras el otro ayudaba a Teresa con las maniobras de reanimación de Anne Kreitz.

El respirador había vuelto a ponerse en marcha, pero nadie sabía cuándo lo había apagado Kreitz.

—Déjennos solos —pidió uno de los médicos y los sacó al pasillo. Julia todavía tuvo tiempo de coger la grabadora, que había quedado junto a Kreitz sobre la colcha. Mientras esperaban delante de la habitación, la puso en marcha.

«Me llamo Bjoern Kreitz, fiscal jefe». Así empezaba la grabación, que hizo enmudecer al instante a todos los presentes.

Escucharon absortos la confesión de Kreitz, en la que exponía con todo detalle sus asesinatos y su afán de justicia.

Mencionó incluso la cápsula de cianuro con la que, por lo visto, acababa de quitarse la vida.

«Te quiero, Anne» fueron sus últimas palabras, y a Julia se le hizo un nudo en la garganta.

Siempre había tenido al fiscal jefe por un hombre exageradamente correcto y severo.

Jamás se le habría ocurrido que tuviera semejante determinación criminal ni que fuera capaz de unos asesinatos tan brutales.

Por otro lado, tampoco sabía lo que le había ocurrido a su mujer.

Kreitz había tenido que presenciar su sufrimiento durante muchos años.

No había logrado protegerla. Había visto impotente cómo Frank Laganis, tras salir de la cárcel, la destruía definitivamente.

El frustrante día a día de un fiscal había hecho el resto.

Aquellas experiencias y, sobre todo, la pérdida de su mujer le habían devorado la fe en el sistema y lo habían empujado a tomarse la justicia por su mano.

Julia y la policía habían caído en su trampa porque él, valiéndose de sus influencias, había torpedeado una y otra vez el trabajo de investigación.

—¡Maldito canalla! —soltó Martin Saathoff cuando Julia apagó el aparato.

Florian puso cara de duda.

—Nunca habría pensado que un fiscal jefe pudiera cambiar de bando —dijo pensativo, y en su voz vibraba casi algo parecido a la compasión. Luego se le iluminó un poco la cara—. Al menos a esa médica no le ha pasado nada. Ha faltado muy poco.

En ese momento, Teresa Buchholz salió de la habitación y negó con la cabeza.

—Todavía no sabemos si va a salir adelante.