Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Epílogo
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Epílogo

Tres semanas después

En la habitación del hospital reinaba el silencio. Teresa Buchholz estaba de pie junto a la cama de Anne Kreitz. Sobre ellas giraban unos puntos de colores que una lámpara proyectaba en el techo. Anne los seguía con los ojos.

—¿Cómo está usted? —preguntó Julia y le tendió la mano a Teresa Buchholz a modo de saludo.

—Muy bien. Me alegro de que todo esto haya pasado.

—Teresa Buchholz sonrió—. La enfermera me ha pedido que encienda la lámpara.

Es un ejercicio que cada día se prolonga un poco más.

¿Ve cómo Anne Kreitz sigue los puntos con los ojos?

Es fantástico, ¿verdad? —Se detuvo un momento—.

Tuve mucho miedo de que no saliéramos vivas de aquella casa.

En cuanto Bjoern Kreitz apareció en mi piso, supe que quería matarme.

—Tuvimos suerte. Yo también me alegro muchísimo de que no nos pasara nada —respondió Julia.

Teresa Buchholz negó con la cabeza.

—Normalmente tengo mucho cuidado de cerrar con llave la puerta del piso. Solo aquella vez iba completamente absorta en mis pensamientos. —Suspiró—. Seguramente no olvidaré nunca la imagen de aquellos dos ojos dentro de la caja de plástico azul.

Julia asintió y se acercó a la cama. Se inclinó hacia la mujer pálida.

—¿Cómo está usted, Anne? —preguntó con dulzura.

Anne Kreitz parpadeó. A Julia le pareció ver un temblor en las comisuras de los labios. Cogió la mano menuda de la paciente.

—Lo va a conseguir. A partir de ahora vendré a verla con regularidad, y Teresa Buchholz también la visitará.

Otra vez creyó distinguir un movimiento en los labios de Anne Kreitz.

Las cosas pintaban bien para ella. Los neurólogos habían confirmado que podía mover conscientemente los dedos de las manos y de los pies.

Nadie era capaz de decir si Anne Kreitz volvería a caminar algún día, pero su estado había mejorado sin lugar a dudas, y eso era lo único que contaba.

Teresa Buchholz se había ofrecido voluntaria para pasarse de vez en cuando a ver a la viuda del fiscal jefe.

Aunque Teresa no era médica de verdad y aún le esperaban consecuencias serias por su grave fraude, Julia notaba que quería ayudar a la gente de todo corazón.

Por desgracia, en algún momento de su juventud se había ido por el mal camino.

Un compañero de clase le había conseguido un título de bachillerato falso, y ese fue el pistoletazo de salida de las falsificaciones que vinieron después.

Teresa Buchholz no podría volver a ejercer nunca como médica.

Aunque completara la formación necesaria, lo más probable era que le cayera una inhabilitación profesional de por vida.

Había, no obstante, alternativas en las que podía aportar lo que sabía.

En el ámbito de la enfermería, por ejemplo, se buscaba personal con urgencia, y Julia estaba segura de que Teresa encontraría su camino.

Si Anne Kreitz seguía con vida, era gracias a la intervención de Teresa.

Habían llegado justo a tiempo. El respirador había estado parado poco menos de tres minutos. Julia sonrió y se volvió hacia Teresa.

—Ya tengo que irme, pero, si necesita cualquier cosa, llámeme.

Teresa asintió.

—Lo haré —prometió.

Julia salió del hospital y se dirigió al aparcamiento. Florian y Lenja la esperaban allí.

—Tengo un hambre canina —dijo Julia y se sentó al lado de Florian, en el asiento del copiloto—. Vamos a comer algo por ahí.

—Faltaría más —respondió Florian y le sonrió a Julia con descaro—. Me temo que vas a tener que conformarte conmigo a solas. Es que Lenja ya tiene otros planes.

—¿Qué? —Julia se giró hacia el asiento trasero y observó a Lenja, a la que al instante se le encendieron las mejillas.

—No me tengas en ascuas —pidió Julia, alegre, porque ya se olía algo—. Déjame adivinar: alguien va a tener una segunda oportunidad.

La sonrisa de Lenja lo decía todo. Julia se alegró por ella y esperó que Marcel hubiera aprendido de su desliz. Sacó una postal del bolso y se la tendió a Florian.

—Mira, me ha llegado hoy.

Florian frunció el ceño.

—No me lo puedo creer. ¿Alina Petrowa te ha escrito?

Julia asintió. Era solo un saludo breve, pero dejaba claro que estaba bien.

La rusa se había largado a Moscú y no pensaba volver a Alemania en mucho tiempo.

Pavlo Burakow se había aprovechado durante años de la situación de Petrowa y la había forzado a mantener relaciones sexuales delante de la cámara.

El fiscal jefe le había prometido una salida.

A cambio, ella tenía que hacer que Julia y la policía siguieran una pista falsa.

Había conducido a Burakow hasta el contenedor con el cadáver de Jana Petersmann.

Además, había conseguido el pelo de la barba que Bjoern Kreitz había colocado sobre el cadáver de Olaf Seidel.

Después de aquel recorrido sin rumbo por Colonia, Bjoern Kreitz le había sacado un vuelo y le había alquilado un piso en Moscú.

Le había dado dinero suficiente para empezar de nuevo en su antigua tierra.

El fiscal jefe había manipulado a la perfección la investigación y había convertido a Pavlo Burakow en el presunto asesino.

Entretanto, en el arcón congelador de su casa habían descubierto también el cadáver de Frank Laganis, el violador de la esposa de Bjoern Kreitz.

Con aquel asesinato había empezado todo.

En cualquier caso, Julia se alegraba de que, con el suicidio del fiscal jefe, la terrible serie de asesinatos hubiera llegado a su fin.

Julia volvió a guardar la postal en el bolso y cogió la mano de Florian.

—¿Vamos a nuestro italiano favorito y luego a tu casa?

—Nada me apetece más —respondió Florian. La atrajo hacia sí y le dio un beso largo.

FIN