Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 44
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Capítulo 44

El siseo rítmico del respirador la tranquilizaba.

Anne tenía un buen día. Los médicos le habían ajustado la medicación y ya no sufría los atroces dolores de espalda.

El sol entraba por la ventana y ella disfrutaba de aquella claridad y de los rayos cálidos que le rozaban la mano.

Cuánto le gustaría estar fuera, al aire libre.

Pero seguramente no iba a poder llevar una vida normal tan pronto.

Aun así, no quería renunciar a la esperanza.

Tenía un pequeño secreto, algo de lo que se había dado cuenta hacía apenas unos días.

Volvía a controlar los dedos de manera consciente, al menos un poco.

Al principio ella misma lo había tomado por un espejismo.

Los médicos hablaban constantemente de reflejos.

Pero luego había comprobado que no eran movimientos involuntarios.

Los dedos se le movían cuando ella quería. La cosa iba a mejor. Lo notaba.

La puerta de su habitación se abrió y entró su marido. De algún modo, parecía otro. Solo le dio un beso fugaz en la frente antes de sentarse a su lado en la cama y encender una grabadora. Anne no podía preguntarle qué se proponía. Intentó parpadear varias veces, pero él no le prestó atención.

Empezó a hablar.

—Hace algún tiempo te confesé que había quitado de en medio a Frank Laganis.

Tenía la esperanza de que después mejoraras.

Pensaba que, si ya no tenías que sentir miedo, volverías a mí.

Pero no pudiste. —Le cogió la mano y se la apretó—.

Con el tiempo he comprendido que nuestro sistema judicial protege demasiado a los delincuentes.

Eso, sin duda, tiene sus aspectos positivos.

Pero también protege a personas que ya no tienen salvación y que una y otra vez estafan, mienten, pegan o incluso matan.

Después continuó en un susurro.

—Anne, hoy estoy aquí para poner punto final. He intentado que se hiciera justicia, pero me han descubierto antes de lo que había previsto. No tengas miedo. No voy a dejarte sola.

Él hablaba y hablaba, y cuanto más se alargaba su discurso, más se le helaba el corazón a Anne.

Bjoern había matado a una ladrona que nunca iba a dejar de robar.

Ella ya había pasado una temporada en la cárcel, pero tenía el alma tan negra que solo la muerte podía detenerla.

Además, había dado muerte a un hombre que llevaba años maltratando a su mujer.

Bjoern sabía que un día acabaría matándola a golpes, y no estaba dispuesto a permitirlo.

El Estado de derecho no parecía tener manera de actuar contra aquel hombre.

Era como con Frank Laganis. A alguien solo se le podía castigar después de haber cometido el delito.

La policía no podía impedirle de antemano que lo cometiera.

Había asesinado a otro hombre que acechaba a mujeres y las grababa a escondidas.

Desde su punto de vista, solo era cuestión de tiempo que ocurriera algo peor.

Y había encerrado en su sótano a una médica que en realidad no lo era.

Ella había falsificado sus certificados y, en la última clínica en la que trabajó, se había producido una muerte misteriosa.

Un error médico por falta de conocimientos.

También en ese caso, tarde o temprano morirían inocentes.

Sin embargo, por lo visto él no le había tocado ni un pelo hasta entonces.

Una médica forense llamada Julia Schwarz lo había desenmascarado demasiado pronto.

Bjoern tenía además en el punto de mira a un violador al que quería parar a toda costa y a un asesino que, después de quince años, había vuelto a quedar en libertad.

Enumeró toda una serie de criminales más a los que había querido sacar de la circulación.

—Pero, por desgracia, ya no me queda tiempo —concluyó su monólogo y se frotó los ojos con desesperación—.

Quería hacer del mundo un lugar mejor. Y, para que todos lo vieran con claridad, a esos criminales les extirpé algo malo y lo sustituí por algo intachable.

¿Qué podía haber más adecuado que las piezas anatómicas de personas que habían donado desinteresadamente su cuerpo a la ciencia para después de su muerte?

Pero he fracasado. Ahora solo me queda irme contigo y liberarte de este cuerpo.

—A Bjoern le corrían las lágrimas por la cara.

Detuvo la grabación y dejó el pequeño aparato negro en medio de la cama.

Después la miró y volvió a apretarle la mano.

—Te quiero, Anne —musitó y se metió una cápsula entre los dientes.

Anne intentó negar con la cabeza. No quería morir. Reunió todas sus fuerzas y movió los dedos una y otra vez. Bjoern no parecía darse cuenta. Puede que tampoco quisiera verlo. Por lo visto, se levantó y estuvo trasteando con el respirador.

—¡No! —gritó, pero no le salió ni un sonido de la garganta.

Volvió a levantar todos los dedos a un tiempo y esta vez Bjoern sí se dio cuenta.

—Tranquila —le dijo y le rodeó la mano con la suya—. Enseguida habrá pasado.

—¡No, no, no! —gritó en silencio.

El siseo del respirador se fue apagando.

El corazón empezó a latirle a trompicones.

Bjoern se desplomó ante ella sobre la cama.

La miraba fijamente con los ojos vidriosos.

Ella boqueaba en busca de aire. La sangre le retumbaba dolorosamente en las venas y el campo visual se le redujo a un túnel.

Todo a su alrededor se volvió negro. Anne se acordó del pañuelo de seda que ella misma se había enrollado al cuello.

No quería morir otra vez. Pero no podía hacer nada.

Bjoern murió y se la llevó consigo. Sintió cómo la vida se le escapaba con cada respiración vacilante.

Dejó de luchar. Ya no tenía sentido. Se quedó allí tumbada y cerró los ojos.