Capítulo 43
Florian intuía que Julia estaba en apuros.
Lo sentía con cada fibra de su cuerpo. Ella había visto las imágenes de las cámaras de seguridad de la estación central de Colonia y había descubierto algo.
Pero ¿el qué? Soltó una maldición y tecleó como un poseso en el portátil de Julia.
No había manera de recuperar el dichoso archivo.
No era de extrañar: las imágenes estaban guardadas en un DVD, y este había desaparecido con Julia.
—¿Y de verdad no tienes ni idea de adónde ha podido ir? —Florian ya no intentaba ocultar su desesperación. Tampoco hacía falta: por lo visto, Lenja sentía lo mismo.
—Si lo supiera, removería cielo y tierra para llegar hasta allí. Normalmente no tengo el sueño tan profundo. Tendría que haberme dado cuenta de que se iba.
Florian levantó las manos en gesto conciliador.
—Anda, no te eches la culpa de nada. Julia va a su aire. Ni siquiera habrías podido detenerla contra su voluntad.
Lenja esbozó una sonrisa forzada.
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Llamamos a Martin Saathoff? ¿Y si ha ido a su casa?
Florian no se lo imaginaba en absoluto. Pero no quería dejar nada por intentar, así que marcó el número de su compañero. Martin contestó al tercer tono. Su voz somnolienta ya era respuesta suficiente. Aun así, Florian le preguntó si Julia se había puesto en contacto con él.
—¿Que se ha ido? —La voz de Martin casi se quebró.
—Pues sí, maldita sea. Ha desaparecido y no tengo ni idea de adónde.
Seguramente tendremos que revisar las imágenes de la estación central para dar con ella.
Y por si eso fuera poco, lo más probable es que me haya topado con otra víctima.
—Florian le habló de la médica de los certificados falsificados, que estaba desaparecida.
—Me voy al despacho y echo un vistazo a las imágenes de las cámaras de seguridad —dijo Martin al final y colgó.
Florian iba y venía por el dormitorio de Julia como un tigre enjaulado. ¿Por qué no se había puesto en contacto con él? Normalmente él era la primera persona a la que acudía. ¿Por qué esta vez no? Le dio vueltas y más vueltas, pero no se le ocurría nada.
—Necesito un café —dijo y fue a la cocina. Mientras trasteaba con la cafetera, percibió un movimiento delante de la casa. Soltó la máquina al instante y, sin decir palabra, pasó como una exhalación junto a Lenja y salió a la calle.
—¡Eh! ¡Quieto ahí! —bramó y de un solo salto se plantó junto al hombre que estaba bajo la farola. Agarró a Marcel Stoecker por el cuello de la camisa y lo sujetó frente a sí con el brazo estirado.
—¿Qué se le ha perdido a usted delante de la casa de mi novia? —ladró Florian, fuera de sí.
Stoecker se retorció mientras Florian lo sujetaba.
—Solo quería hablar con ella. Lenja no me contesta y pensé que Julia Schwarz podría ayudarme. Con Lenja voy muy en serio. No quiero perderla.
Florian le soltó el cuello de la camisa. Solo le faltaba aquel lloriqueo.
—Julia no está en casa. No hace falta que siga usted rondando por aquí —siseó.
—Si ya lo sé. La he seguido hace un rato, pero está ocupada. Por eso quería probar suerte otra vez con Lenja. Pero entonces lo he visto a usted en la ventana y me he quedado esperando.
Florian se dio la vuelta de golpe.
—¿Sabe usted dónde está Julia?
Marcel asintió y, antes de que pudiera explicar nada más, Florian ya lo estaba arrastrando hacia su coche.