Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 42
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Capítulo 42

Julia se despertó con un dolor de cabeza punzante.

Abrió los ojos, desorientada. Estaba oscuro.

Por unas rendijas se colaba algo de luz y, encima de ella, una pequeña luz LED roja brillaba como un diablo tuerto.

El recuerdo volvió de golpe. Se incorporó de un salto.

El fiscal jefe Bjoern Kreitz le había puesto un paño empapado en cloroformo sobre la boca y la nariz y la había dejado inconsciente. Maldita sea. Pero ¿dónde estaba?

Tanteó a su alrededor, frenética. Por lo visto, estaba tumbada en una cama.

No estaba atada. Con cuidado, deslizó las piernas por el borde de la cama y se levantó pese a las punzadas terribles que sentía detrás de la frente.

Dio un paso y chocó contra algo, seguramente una mesa.

Los dedos dieron con un cordón, quizá el de un interruptor.

Julia tiró de él y en ese mismo instante tuvo que cerrar los ojos.

Una luz deslumbrante le atravesó los nervios.

La asaltó un mareo. Esperó un momento y volvió a abrir los párpados.

En efecto, se encontraba en un dormitorio desconocido.

Se palpó de inmediato los bolsillos del pantalón en busca del móvil, pero ya no estaba.

Miró a su alrededor. Las persianas estaban bajadas.

Julia accionó el interruptor que había en el lateral de la ventana, pero no subieron.

¿Seguiría en la casa del fiscal jefe? Con las piernas flojas se acercó a la puerta y escuchó largo rato antes de bajar el picaporte.

La puerta no estaba cerrada con llave. Se asomó con cuidado al pasillo.

No parecía haber nadie. Con el corazón retumbándole, avanzó a hurtadillas por el corredor en penumbra hasta la habitación siguiente y se encontró con un baño.

Enfrente había una estancia que, por lo visto, hacía las veces de despacho.

Justo al lado había un vestidor con un montón de trajes oscuros idénticos a los que llevaba el fiscal jefe.

Volvió sin hacer ruido al baño y registró unos cuantos cajones, en los que encontró varias ampollas de insulina, una pluma de insulina y una receta.

Por lo visto, Kreitz era diabético. Al final se guardó unas tijeras.

No pensaba rendirse sin luchar. Bajó la escalera en silencio.

El salón estaba a oscuras, con todas las persianas bajadas.

Aguzó de nuevo el oído y encendió la luz.

Delante del ordenador, donde Bjoern Kreitz la había reducido, no había nadie.

Tampoco dio con un alma en la cocina ni en la despensa contigua.

La puerta de la calle estaba cerrada con llave y no encontró ningún teléfono fijo por ninguna parte.

Julia intentó abrir la puerta de la terraza, pero también estaba cerrada.

Lo mismo ocurría con las ventanas. Tenían manillas con cerradura y no había ninguna llave puesta.

Aquella maldita casa era una fortaleza. Tendría que romper un cristal e intentar levantar las persianas para salir de allí.

De pronto percibió un ruido y se dio la vuelta. La cabeza seguía martilleándole con tanta fuerza que no consiguió identificarlo bien. Decidió romper la ventana de inmediato. Entonces volvió a oírlo. Esta vez con más claridad.

—¡Socorro!

El grito de auxilio no era mucho más que un susurro ronco.

Demonios. Era una voz de mujer y venía de algún punto de aquella casa. Julia aguzó el oído y siguió los gritos amortiguados hasta el sótano. Alguien sacudía una puerta.

—Déjeme salir. Por favor… ¡Socorro!

Julia bajó el picaporte, pero la puerta estaba cerrada con llave.

—Espere, voy a intentar encontrar la llave —gritó Julia.

—¿Quién es usted? —quiso saber la mujer—. ¿Es usted de la policía?

—No exactamente —respondió Julia—. Soy médica forense. ¿Qué hace usted aquí?

—El fiscal me ha secuestrado y me ha encerrado. Creo que quiere matarme. Por favor, sáqueme de aquí antes de que vuelva.

Julia buscó la llave a su alrededor. En vano. Zarandeó el picaporte, pero no consiguió nada. Al final se lanzó contra la puerta con todas sus fuerzas. Al menos la madera crujió un poco.

—Apártese de la puerta. Voy a echarla abajo de una patada.

Julia tomó impulso y embistió la hoja con la pierna estirada. Volvió a crujir. Lo intentó una vez más y, en efecto, la puerta se abrió de golpe con un estruendo enorme.

En aquel cuarto del sótano había una joven acurrucada que la miraba, asustada, con los ojos muy abiertos. Sobre ella colgaba una bombilla parpadeante. En el suelo había un colchón. Al lado, dos botellas grandes de agua; en un plato, un poco de pan.

—¿Cómo se llama? —preguntó Julia y en ese mismo instante le extrañó lo fácil que había resultado echar la puerta abajo. La mujer tampoco estaba atada.

—Soy Teresa Buchholz, ¿y usted?

—Julia Schwarz. ¿Cuánto tiempo lleva retenida aquí?

—No lo sé. Quizá dos días.

—Venga, tenemos que salir de aquí. —Cogió a la mujer de la mano y tiró de ella escaleras arriba.

Solo entonces reparó en las numerosas fotografías que colgaban en el hueco de la escalera.

En ellas aparecían el fiscal jefe y una mujer.

Las fotos adornaban la casa entera. Probablemente fuera su esposa.

Por lo que Julia sabía, Kreitz estaba casado.

Cuando llegaron al salón y buscaron algo con lo que romper la puerta de la terraza, Julia vio allí también bastantes fotos de la esposa de Kreitz.

Teresa agarró un cuenco de cobre y lo lanzó contra el cristal.

—Maldita sea. Es cristal de seguridad —soltó.

En el cristal solo había quedado una pequeña grieta. Julia buscó a su alrededor un objeto más pesado. Su mirada se quedó prendida en un sobre que había sobre la mesa de centro, con su nombre escrito.

—¿Y esto qué es? —murmuró y cogió el sobre. Sacó una hoja de papel y recorrió con la vista las líneas que Kreitz le había dirigido.

«Estimada doctora Schwarz: nada más lejos de mi intención que hacerle daño.

Le pido disculpas por el asalto y por el susto que ha tenido que soportar por mi culpa.

Por desgracia, no me quedaba otra opción.

Su inteligencia es muy aguda; me ha seguido la pista mucho más deprisa de lo que yo había planeado.

Como sin duda sabrá, aún quedan algunas piezas anatómicas a la espera de que se les dé uso.

Este tratamiento está destinado exclusivamente a personas que han incurrido en culpa y que ya no logran regresar al camino de la virtud.

Yo las quito de en medio para que no puedan causar más desgracias.

Con demasiada frecuencia vuelven a quedar en libertad sin más.

Lamento las circunstancias que la han conducido a mi casa y espero que acepte mis más sinceras disculpas.

Seguramente no volvamos a vernos, pues tengo previsto comenzar la eternidad junto a mi amada esposa, que lleva dos años en coma.

Una última cosa: Christian Moeller depositó la pieza anatómica en la taquilla por encargo mío.

Creía que estaba ayudando en una operación encubierta para detener a un traficante de drogas.

Así pues, ese hombre es completamente inocente y, por lo demás, un fiscal excelente.

Su seguro servidor, el fiscal jefe Bjoern Kreitz».

Julia bajó la carta. Su mirada recorrió de nuevo las paredes.

En una foto que parecía más reciente, la esposa de Kreitz reposaba en una cama de hospital, al parecer con ventilación asistida.

Tenía el rostro hinchado y pálido. En los ojos entreabiertos no había más que desolación.

Aun así, Bjoern Kreitz no debía poner fin a ese estado sin más.

No tenía ningún derecho a decidir sobre la vida y la muerte.

—Tenemos que salir de aquí ahora mismo —dijo Julia y agarró un taburete pesado que había delante de la mesa del salón.

Lo levantó con esfuerzo y lo estrelló contra el cristal con todas sus fuerzas.

Este se hizo añicos, pero no llegó a salirse del marco.

Teresa soltó unos cuantos fragmentos con el zapato.

—Si las persianas son antirrobo, no se pueden subir sin más. ¡Entonces no saldremos nunca de aquí! —gritó, presa del pánico.