Capítulo 41
—¿Está usted seguro de que Teresa Buchholz no se ha dado a la fuga sin más? —le preguntó Florian al médico adjunto.
—Completamente seguro. Quería venir a verme enseguida.
Yo la había citado para aclarar el asunto.
Entonces yo ni siquiera sabía que tenía antecedentes y que ya había falsificado certificados una vez.
Hasta ese momento había dado por hecho que se trataba de un malentendido.
Teresa es una colega muy fiable; claro que ha cometido errores de vez en cuando.
Últimamente, incluso unos cuantos más. Aun así, tiene que haberle pasado algo.
Aunque haya mentido, se ha volcado mucho con nuestros pacientes.
Como persona, yo la apreciaba de verdad.
Por eso estoy preocupado y he denunciado su desaparición enseguida.
No tiene familia y me siento responsable.
—Se lo agradezco —dijo Florian y colgó. Algo le bullía por dentro.
Pavlo Burakow no era el asesino. Lo sabía desde que había leído el correo de un tal Georg Findel en la bandeja de entrada de Alina Petrowa.
Quienquiera que se ocultara tras Georg Findel había sido el último cliente de Jana Petersmann.
El perfil de la plataforma de citas se había borrado inmediatamente después.
Florian le había pedido al experto informático que rastreara el correo.
Quizá pudieran averiguar quién se escondía detrás del nombre.
En el mensaje se le exigía a Alina Petrowa que le entregara a Julia la tarjeta de acceso a la taquilla.
«Cómo lo hagas me da igual. Pero haz creíble que Burakow está detrás de todo.
Despístala, recorre media Colonia en coche con la doctora Schwarz y, sobre todo, quítate de encima a la policía.
Finge que le tienes un miedo atroz a Burakow.
Si no lo consigues, no volverás a ver tu tierra.
¡Entonces te habrá llegado tu última hora! »
A Florian se le heló la sangre mientras leía aquellas líneas.
Burakow había tenido razón. El asesino seguía suelto.
Por lo visto, Alina Petrowa tenía que cargarle los asesinatos.
Probablemente también había sido ella quien colocó el pelo en la tercera víctima para que Burakow pareciera definitivamente el autor.
Pero ¿a quién demonios encubría? Y eso no era todo.
Florian estaba seguro de que la médica Teresa Buchholz estaba en manos del asesino.
Todo encajaba. Era una impostora. Y seguro que hacía poco había recibido los ojos extirpados de Olaf Seidel.
Florian solo podía esperar que siguiera viva.
Pero ¿cómo iba a encontrarla? El experto informático necesitaba varias horas para rastrear la dirección de correo de Georg Findel.
Para entonces podía llevar mucho tiempo muerta.
Desesperado, Florian miró fijamente la pizarra del caso.
Al final suspiró y marcó el número de Julia.
Curiosamente, saltó de inmediato el buzón de voz.
Se extrañó y volvió a intentarlo. Otra vez el buzón.
Lo probó con el número fijo. Sonó nada menos que diez veces hasta que por fin alguien descolgó.
—Nielsen —contestó Lenja, adormilada.
—Hola, Lenja, siento haberte despertado. Quería localizar a Julia, pero no coge el móvil. Mejor dicho: lo tiene apagado.
—Voy a mirar en el dormitorio.
Durante un momento se hizo el silencio en la línea. Florian aprovechó para localizar la dirección de Teresa Buchholz. Primero buscaría pistas en su piso. Quizá allí pudieran descubrir algún rastro del asesino.
—No está —dijo Lenja de pronto al teléfono.
—Seguro que ya está en el instituto. A veces lo hace.
—Espera un momento. Voy a preguntar. —De repente, la voz de Lenja ya no sonaba nada adormilada.
Florian tuvo que esperar de nuevo. Miraba fijamente el punto del plano de la ciudad que marcaba la dirección de Teresa Buchholz. El piso estaba como mucho a veinte minutos del suyo.
—No está en el instituto forense. El conserje ha ido a ver si estaba su coche. Tampoco está.
A Florian le entraron sudores. Algo no cuadraba. Julia no desaparecía sin más y, encima, con el móvil apagado.
—¿Y no te ha dicho nada? —preguntó él, incrédulo.
—No. De verdad que no. No es nada propio de ella. Pero no está su bolso, ni el abrigo, ni los zapatos. La llave del piso sigue puesta. Parece que fuera a volver enseguida y a llamar al timbre. Yo debía de estar profundamente dormida cuando se fue.
Florian reflexionó. Entonces tuvo una idea.
—Mira en su habitación, por favor. ¿Qué es lo último que hizo? A lo mejor estuvo en el ordenador o apuntó algo.
De nuevo, Florian tuvo que aguantar unos segundos interminables. Movía el pie sin parar, inquieto, mientras oía a Lenja recorrer el piso. Por fin volvió a ponerse al teléfono.
—Ha estado trabajando con el portátil. Está abierto encima de su cama. Por desgracia, no he podido abrir el último archivo utilizado. Se llama algo de la estación central .
—¡Maldita sea! —soltó Florian y se levantó de un salto—. ¡Voy para allá ahora mismo!