Capítulo 40
Julia llamó a la pesada puerta de madera y esperó unos segundos.
—Adelante —dijo una voz masculina grave, y Julia triunfó para sus adentros. Había contado con que el despacho ya estuviera ocupado a una hora tan temprana. Bajó la manilla y entró.
—Doctora Schwarz, me alegro de verla. ¿En qué puedo ayudarla?
Julia puso cara seria.
—¿Puedo hablar con usted de forma confidencial?
El fiscal jefe asintió, sorprendido.
—Por supuesto. Siéntese, por favor. ¿De qué se trata?
—He hecho un descubrimiento. Bastante importante, además, y quería asegurarme antes de lanzar acusaciones falsas. —Julia sacó el DVD de su bolso y se lo entregó a Bjoern Kreitz—. Ponga el vídeo a partir de las catorce treinta y cuatro, por favor, y dígame qué le parece.
—De acuerdo —dijo el fiscal jefe y metió el DVD en la unidad del ordenador. Frunció el ceño mientras llevaba la grabación con el ratón hasta el punto indicado.
—Fíjese en el hombre de la bolsa de deporte verde que aparecerá enseguida por el lado izquierdo de la entrada —pidió Julia y esperó, tensa, a que el hombre entrara en la imagen. Contuvo la respiración y observó la reacción del fiscal jefe.
—Ese es mi colaborador Christian Moeller —dijo Bjoern Kreitz—. ¿Ha cometido algún delito?
Julia se inclinó hacia delante y pulsó el botón de pausa.
—Me temo que sí. ¿Está usted completamente seguro de que el hombre de la bolsa es Christian Moeller?
—Julia quería despejar cualquier duda. Seguía sin poder creer que hubiera descubierto precisamente al joven fiscal con la pieza anatómica.
Sin embargo, el rompecabezas iba encajando.
El día anterior, Florian había enumerado las faltas de cada una de las víctimas.
Todo ese tiempo se habían devanado los sesos preguntándose cómo elegía el asesino a sus víctimas, y ahora lo veía clarísimo.
Un fiscal tenía acceso a todos los expedientes y bases de datos.
A Christian Moeller no le costaría nada conseguir esa información.
Le resultaría facilísimo aterrorizar a Alina Petrowa, que vivía ilegalmente en Alemania, y servirse de ella para poner a la policía sobre una pista falsa.
Y quien conocía el trabajo policial sabía también cuál era la mejor manera de colocar un pelo en un cadáver para desviar las sospechas.
Podía moverse por el instituto forense prácticamente sin que nadie lo cuestionara.
Nadie le preguntaría si de verdad tenía una cita.
Tanto Julia como Lenja lo habían visto allí varias veces en los últimos días.
Moeller solo había cometido un error: no había tenido en cuenta las cámaras de seguridad de la estación central.
—Su colaborador lleva una pieza anatómica robada para depositarla en una taquilla de la consigna de la estación central.
Estamos investigando varios asesinatos en los que a las víctimas les cosieron precisamente esas piezas anatómicas.
—Julia puso al fiscal jefe al corriente de los casos.
Bjoern Kreitz palidecía por momentos y negaba con la cabeza, horrorizado.
—Un fiscal está del lado de la ley. De verdad que no puedo imaginarme que Christian Moeller hiciera algo así —dijo el fiscal jefe, alterado.
Julia se encogió de hombros y señaló el monitor.
—Yo tampoco podía creerlo. Por eso he venido a verlo a usted de inmediato.
El fiscal jefe miraba fijamente la pantalla mientras se frotaba las sienes.
—No lo entiendo —murmuró—. Siempre he tenido muy buena impresión de Christian Moeller. Sería la primera vez en mi vida que me equivoco así con alguien.
De pronto apareció una ventana emergente en el ordenador. Era el recordatorio de una cita con un juez.
—Maldita sea —soltó Bjoern Kreitz—. Lo había olvidado por completo. Tengo las notas en casa. —Se levantó de un salto y cogió las llaves del coche—. Lo siento, pero necesito esos documentos con urgencia. Yo soy de la vieja escuela y las tomé a mano. —Corrió hacia la puerta y allí se detuvo.
—¿Sabe qué? Acompáñeme un momento y explíqueme otra vez los pormenores durante el trayecto. Así podremos hablar también de cuál es la mejor manera de proceder. ¿Le parece bien?
Julia dudó un momento. En realidad tenía pensado informar a Florian. Pero no le faltaba razón al fiscal jefe. Necesitaban un plan bien meditado para que al final no fallara nada.
—Voy con usted —dijo y lo siguió por el pasillo hasta su coche.
—¿Y ese día Christian Moeller estaba de vacaciones? —preguntó ella mientras el fiscal jefe conducía por el denso tráfico de Colonia. Habían pillado de lleno el comienzo de la hora punta.
—Últimamente se ha cogido horas libres con cierta frecuencia. Creo que tiene problemas familiares. Pero no he preguntado. Ya casi hemos llegado. Desde casa puedo acceder al cuadrante de servicio y así lo comprobamos.
—Eso estaría bien —dijo Julia y confió en que no tardaran demasiado. El caos del tráfico le parecía una pérdida de tiempo. Además, se moría de ganas de contarle las novedades a Florian.
—Ahora explíqueme en detalle, por favor, qué pasa con esas piezas anatómicas. Desde el principio, se lo ruego.
Julia empezó a contárselo. Enumeró todas las víctimas conocidas hasta la fecha, con sus faltas.
Explicó el motivo del asesino: castigar amputando partes del cuerpo y sustituyéndolas por las piezas anatómicas.
Bjoern Kreitz escuchaba con atención mientras conducía y de vez en cuando intercalaba una pregunta.
Cuando por fin llegaron a un elegante chalé, Julia había descrito los asesinatos con todo detalle.
El fiscal jefe aparcó en la entrada y entraron a toda prisa en la casa.
—Mi ordenador está en el salón. —La condujo a una sala luminosa y acogedora, situada detrás de una librería que llegaba hasta el techo. Allí tecleó la contraseña.
—Voy un momento a por el expediente… ¿dónde lo habré dejado?… ah, creo que en la cocina. Vaya usted mirando en el cuadrante cuándo estaba de servicio Christian Moeller y cuándo no.
Julia se sentó y buscó el cuadrante entre las ventanas abiertas. Pero solo encontró su calendario personal.
—No encuentro el cuadrante —dijo en voz alta, sin apartar la vista del monitor.
—Un momentito, ya voy —dijo Bjoern Kreitz y al instante estaba a su lado.
Julia percibió un olor conocido. Volvió la cabeza, pero antes de que comprendiera qué era aquel olor, él le puso un paño húmedo sobre la boca y la nariz. Estaba tan sorprendida que cayó al suelo sin defenderse. Cuando el cerebro por fin reaccionó, ya era demasiado tarde.