Capítulo 39
Florian no conseguía pegar ojo. Miraba el móvil cada pocos minutos, pero Julia no contestaba.
La añoranza casi lo mataba. El estrés de los últimos días lo había dejado exhausto.
No quería otra cosa que refugiarse en los brazos de Julia, sentir su olor, tenerla cerca.
La necesitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
No tenerla al lado como todas las noches lo estaba volviendo loco.
Le encantaba despertarse y oír la respiración profunda y regular de Julia.
Echaba de menos su piel clara, casi transparente, que parecía tan vulnerable.
Estaba claro que se había acostumbrado demasiado rápido a tenerla cerca y lo había dado por sentado.
Esos días se había dado cuenta de lo frágil que seguía siendo su vínculo.
Por supuesto que entendía a Julia y su necesidad de ayudar a Lenja.
Ni él mismo sabía por qué no era capaz de tomárselo con calma.
Quizá se debiera a que nunca había querido a una mujer con tanta intensidad.
Una mujer con ideas propias, que se desenvolvía perfectamente en la vida sin él.
En días como aquellos se sentía tan superfluo que le dolía.
Y que encima estuviera enfadada con él volvía esa sensación insoportable.
Hacia las dos de la madrugada decidió acercarse a la comisaría.
Normalmente habría salido a correr. Vivía junto a unas pistas deportivas donde entrenaba con regularidad, y en más de una noche de insomnio había conseguido despejarse allí.
Pero los asesinatos no lo dejaban en paz y, desde el interrogatorio de Burakow, se le había ido asentando la impresión de que, a fin de cuentas, quizá estuvieran siguiendo una pista falsa.
Pavlo Burakow era cualquier cosa menos un buen tipo, pero Florian se inclinaba a creerle cuando se declaraba inocente.
Florian entró en el edificio oscuro y casi desierto por el aparcamiento subterráneo y fue derecho al despacho.
Encendió el ordenador y, mientras arrancaba, contempló la pizarra del caso como si la solución pudiera leerse en ella sin más.
De pronto le vinieron a la memoria las últimas palabras de Burakow.
Había soltado algo sobre Alina Petrowa, que quería jugársela.
Ese tipo de cosas las oía muy a menudo en los interrogatorios.
Se acordaba de sobra de Joerg Kannen, que también había hablado de una venganza de su mujer.
Aun así, tenían que seguir cada pista. Hojeó su cuaderno de notas, donde había apuntado el correo electrónico y la contraseña de la cuenta de Alina Petrowa.
El ordenador fue despertando poco a poco y en la pantalla empezaron a aparecer los primeros mensajes.
Tenía diez correos nuevos y al día siguiente lo esperaban tres compromisos.
Florian repasó por encima las primeras líneas y, curioso, hizo clic en un enlace.
En las últimas veinticuatro horas se habían presentado varias denuncias nuevas por desaparición y quería hacerse una idea general.
Burakow estaba bajo custodia policial, pero nadie podía descartar que Alina Petrowa fuera su cómplice y que ya tuvieran a otra víctima en el punto de mira.
Florian fue repasando las denuncias. Un hombre de ochenta años, desorientado, no había vuelto el día anterior a su residencia asistida después de un paseo.
Un adolescente había desaparecido después de una fiesta.
Una chica de quince años se había esfumado con su padre, que no tenía la custodia.
Florian bostezó mientras leía por encima.
Una médica joven no se había presentado a una cita de trabajo en el hospital y un hombre de cuarenta años no había vuelto de vacaciones como estaba previsto.
Su mirada volvió a la médica joven. La había denunciado como desaparecida su médico adjunto.
En la denuncia se mencionaba además que había habido problemas con sus certificados.
Florian se frotó los ojos, cansado, y ya iba a seguir adelante cuando se acordó de las faltas que había anotado el día anterior en la pizarra del caso.
Introdujo de inmediato el nombre de la médica en la base de datos y se llevó una buena sorpresa cuando, en efecto, obtuvo una coincidencia.
La joven se llamaba Teresa Buchholz y dos años atrás la habían condenado por falsificación de documentos a una pena suspendida.
Del expediente, Florian no pudo sacar gran cosa, pero le extrañó que una mujer con antecedentes pudiera trabajar como médica.
Llevaba desaparecida menos de cuarenta y ocho horas.
El móvil vibró y Florian dio un respingo.
Eran las cuatro. Desconcertado, se lo sacó del bolsillo y sonrió al ver el mensaje.
Julia le había enviado un corazón. No habría sabido describir el alivio que sintió de golpe.
No estaba enfadada con él. Probablemente se había pasado media noche charlando con Lenja y ahora habría caído en la cama muerta de sueño.
No quería desvelarla, así que no contestó.
Mañana le compraría flores. Quería que supiera lo mucho que significaba para él.
Todavía sonriendo, volvió a concentrarse en el ordenador.
Había ido allí por la cuenta de correo de Alina Petrowa.
Así que cambió de programa y abrió la página web del proveedor de correo.
Tecleó la dirección y la contraseña. Tardó un rato en abrirse la bandeja de entrada.
En efecto, parecía ser la cuenta de Alina Petrowa.
Sorprendentemente, no había vuelto a iniciar sesión desde su desaparición.
¿Debía preocuparse por la rusa? Le llamó la atención, sobre todo, el remitente de un correo.
Un nombre muy conocido le saltó a la vista.
Hizo clic en el mensaje y tragó saliva. ¡Maldita sea!
Tenía razón: habían estado siguiendo una pista falsa todo el tiempo.