Capítulo 38
Julia daba vueltas inquieta en la cama. La mirada decepcionada de Florian la perseguía hasta en sueños.
No solo el interrogatorio había terminado sin resultados: además, Julia había vuelto a dejar que Lenja durmiera en su casa.
Florian no había dicho ni una palabra, pero Julia sabía que habría preferido tenerla a su lado.
La mala conciencia la corroía. Por otra parte, no podía partirse en dos.
Ella también echaba muchísimo de menos a Florian, pero se sentía responsable de Lenja.
Abrió los ojos. De pronto estaba completamente despierta.
Encendió la luz, cogió las gafas y alcanzó el móvil.
«Me parece genial cómo cuidas de Lenja. No te enfades conmigo por estar decepcionado de todas formas», había escrito él poco antes de medianoche.
Pero Julia no había contestado. Ni ella misma sabía por qué, porque en realidad el mensaje le había hecho ilusión.
Le mandó un corazoncito y se levantó de la cama para beber un vaso de agua.
Avanzó despacio por el pasillo y se detuvo un momento ante el salón.
Lenja respiraba tranquila y profundamente.
Al menos dormía. Antes de dormirse, Julia había notado que Lenja lloraba.
Pero no se había acercado, porque quería darle tiempo.
Lenja tenía que asimilar su mal de amores.
Si necesitaba a Julia, ya vendría ella sola.
Fue con sigilo hasta la cocina y encendió la luz.
Eran solo las cuatro de la madrugada. Julia bostezó y se bebió un vaso de agua, adormilada.
Después volvió a oscuras y tropezó con el bolso en el pasillo.
De dentro se salió el DVD con las imágenes de las cámaras de seguridad de la estación central.
Se le había olvidado por completo. De puntillas, Julia fue al salón y cogió su portátil.
Luego se acomodó en la cama y metió el DVD.
El experto informático había dicho que Burakow no salía en el vídeo, pero no estaba de más echarle un segundo vistazo.
Las imágenes procedían de la entrada principal de la estación y abarcaban el día entero en que la pieza anatómica se depositó en la consigna automática.
Julia había hecho una foto de la tarjeta magnética.
Según la información de la tarjeta, la pieza anatómica se había guardado a las catorce cuarenta y cinco.
Adelantó el vídeo, que empezaba a medianoche, hasta las catorce horas y buscó a un hombre calvo.
A esa hora la estación estaba muy concurrida.
Cientos de personas cruzaban la entrada en cuestión de minutos.
Julia se concentró primero en el lado derecho.
Como no lo descubrió, volvió a empezar desde el principio y examinó a los viajeros que pasaban por la zona central de la entrada.
Tampoco esta vez consiguió localizar a Burakow.
Repitió el procedimiento con la zona izquierda, sin éxito.
Julia suspiró. Probablemente estaba perdiendo el tiempo.
Aun así, se preguntó si Burakow habría pasado más de tres cuartos de hora en la estación.
Decidió, por si acaso, empezar una hora antes.
Poco a poco le empezaron a arder los ojos.
Llevaba más de una hora con la vista clavada en la pantalla.
Pero rendirse no era una opción. Si aun así descubría a Burakow con la pieza anatómica, tendrían la prueba de que estaba detrás de los crímenes, incluso sin sus huellas dactilares.
Burakow podría seguir negándolo, pero entonces ya no le creería ni un juez.
Julia estudió de nuevo las imágenes y paró cuando, una vez más, no encontró a nadie que se pareciera ni de lejos a Burakow.
Fue a la cocina algo aturdida y se preparó un café.
Para entonces eran casi las seis y le zumbaba la cabeza.
Cambió de método e intentó localizar a Alina Petrowa.
Nadie podía descartar que la rusa le hubiera mentido.
Además, tenía que existir una razón de peso para su desaparición.
Pero sus esfuerzos siguieron sin dar fruto.
Cansada, se bebió de un trago el café, ya frío, y se concentró una vez más en los veinte minutos previos a que depositaran la pieza anatómica.
Quienquiera que hubiera usado la taquilla seguro que había entrado deprisa en la estación, porque no querría que lo vieran.
Decidió centrarse a partir de ahí en la bolsa de deporte verde oscuro en la que habían transportado el frasco con la pieza anatómica.
Al poco rato, a Julia ya le daba vueltas la cabeza.
Bolsas grandes, bolsas pequeñas, con ruedas o sin ellas, maletas de todos los colores y formas.
Nunca en su vida había examinado tantos equipajes en tan pocos minutos.
Se planteó un momento pedirle al experto informático que filtrara de algún modo las bolsas verdes.
Pero justo a las catorce treinta, un hombre alto y delgado se acercó a toda prisa a la entrada.
En la mano derecha llevaba una bolsa verde oscuro.
Julia pulsó de inmediato el botón de pausa y amplió la imagen de la bolsa.
Con el corazón desbocado examinó las cremalleras y la inscripción blanca.
Apenas cabía duda. El hombre llevaba la bolsa con la pieza anatómica.
Julia dejó correr el vídeo y vio, incrédula, cómo el asesino entraba en la estación.
Rebobinó y contempló la escena de nuevo.
Conocía a aquel hombre. Solo que no era quien esperaba encontrar.
Julia se levantó de un salto, se vistió y salió a toda prisa del piso.