Capítulo 37
Julia había vuelto a toda prisa a la comisaría con Lenja.
Saber que el pelo ajeno hallado en el cadáver de Olaf Seidel pertenecía al principal sospechoso, Pavlo Burakow, había desatado una alerta general.
Por fin tenían una prueba decisiva. Apoyada junto a Lenja en su destartalado Golf, vio cómo Burakow bajaba esposado de un coche de policía y tres agentes lo conducían hasta el edificio.
Florian y Martin Saathoff se hicieron cargo de él en la entrada, con cara sombría.
Desaparecieron con el sospechoso en el interior de la comisaría.
—Vamos detrás —dijo Julia e indicó a Lenja que la siguiera—. No pienso perderme la confesión por nada del mundo.
Siguieron a Florian y a Saathoff, que llevaron a Burakow a una sala de interrogatorios en la parte trasera de la comisaría y lo dejaron allí solo.
—Un trabajo excelente el suyo, doctora Schwarz, señora Nielsen —sonó a su espalda la voz potente de Hermann Meier.
Julia se dio la vuelta y saludó al jefe de la brigada de investigación criminal, que le tendió la mano primero a ella y después a Lenja.
—No ha sido solo mérito nuestro, sino trabajo en equipo —puntualizó ella con una sonrisa.
—Yo no contaba con este resultado. —A Hermann Meier le resplandecía la cara—. Por fin tenemos en la mano una prueba sólida. —Pasó junto a Julia y le dio una palmada a Florian en el hombro.
—Buen trabajo —repitió y le dedicó también un gesto de asentimiento a Martin Saathoff.
—¿Quién de ustedes lo interroga? —quiso saber.
—Primero vamos a dejar que Burakow se cueza un rato. Además, todavía tenemos que preparar bien el interrogatorio —explicó Florian, y a Hermann Meier se le marcó una arruga profunda en la frente.
—No hay ninguna duda, ¿verdad? —preguntó Meier, sorprendido—. No van a conseguir nada mejor que una prueba de ADN inequívoca.
—Lo sé. —Florian levantó las manos en gesto apaciguador—. Solo queremos no cometer ningún error. El tipo tiene un buen abogado y lo último que quiero es que quede en libertad por un descuido.
—Muy bien —repuso Hermann Meier, satisfecho—. Háganme llegar el acta del interrogatorio. Yo convocaré entonces una rueda de prensa. —Giró sobre sus talones y desapareció por donde había venido.
Florian miró el reloj.
—Creo que, para empezar, deberíamos hacerle esperar un par de horas. Espero que después esté dispuesto a confesar de una vez. Hasta ahora, por desgracia, lo ha negado todo.
—¿En serio? —preguntó Julia y siguió a Florian, que se encaminaba al despacho.
—El tipo no es tonto, y su abogado probablemente le ha aconsejado cerrar el pico.
—Aunque contra el pelo no puede hacer gran cosa —intervino Lenja, que caminaba detrás de Julia.
—Por desgracia, hay muchas maneras de explicar cómo pudo llegar el pelo al cadáver. Van desde un error en medicina forense hasta una contaminación en el laboratorio. Además, los dos podrían haberse cruzado en la piscina sin más —explicó Saathoff, que se había colocado junto a Lenja.
Florian asintió.
—El problema es que tenemos que demostrar cómo llegó el pelo al cadáver.
Nosotros tenemos que probar que Burakow es culpable; él, en cambio, no tiene que probar que es inocente.
Conozco a esos abogados. Martin tiene toda la razón: son exactamente esos los argumentos que nos vamos a encontrar en el interrogatorio.
Por eso quiero que nuestra cadena de indicios sea a prueba de bomba.
Así será más fácil que se avenga a confesar.
Su abogado también sabe que colaborar influye favorablemente en la condena.
Pero Burakow solo confesará si no ve ninguna salida, y eso es lo que tenemos que hacerle entender.
Una vez en el despacho, se sentaron en semicírculo delante de la pizarra del caso.
Florian volvió a escribir en ella las faltas que el asesino presumiblemente atribuía a sus víctimas.
Mientras tanto, Julia analizaba los puntos anotados bajo el nombre de Pavlo Burakow.
Había encontrado a la primera víctima, Jana Petersmann.
Según la declaración de Alina Petrowa, había escondido una de las piezas anatómicas robadas en una taquilla de la consigna de la estación central.
No tenía coartada para ninguna de las horas de los crímenes y un pelo suyo había aparecido en la víctima número tres.
Solo había dos lagunas en la cadena de indicios.
Pavlo Burakow no parecía tener ninguna conexión con Nils Deuss y en el recipiente de la pieza anatómica no había huellas suyas.
—La falta número uno fue el robo. Como castigo, el asesino le cortó las orejas a Jana Petersmann.
La falta número dos es la violencia doméstica, de ahí las manos amputadas, y la falta número tres son las grabaciones a escondidas y el acoso.
Por eso le extirpó los ojos —enumeró Florian—.
A Burakow, por lo visto, le encantan los lugares y las cosas extravagantes.
Las grabaciones porno de su página web hablan por sí solas…
—Florian volvió la cabeza al abrirse la puerta del despacho.
Una mujer delgada, de pelo corto y rubio, apareció en el umbral.
—Ha llegado el abogado de Pavlo Burakow. Está bastante alterado y quiere hablar con ustedes de inmediato.
Florian suspiró.
—Está bien. Llévelo con Burakow a la sala de interrogatorios. Vamos enseguida.
Se volvió hacia Martin Saathoff.
—En cualquier caso, no deberíamos soltar lo del pelo de entrada. Intentemos primero exprimirlo. Sabe que lo estamos vigilando. Puede que admita que no estuvo todo el tiempo en su piso.
—Eso te toca a ti, compañero —repuso Saathoff y se levantó.
Salieron del despacho y fueron derechos a la sala de interrogatorios. Florian iba delante, seguido de Saathoff y Lenja. Julia cerraba la marcha, porque seguía dándole vueltas a la cadena de indicios. Cuando llegaron, el experto informático les salió al encuentro.
—Señor Kessler, por fin he conseguido hacerme con el vídeo de las cámaras de seguridad de la estación central —gritó ya desde lejos, sosteniendo en alto un DVD.
—¿Sale Pavlo Burakow? —preguntó Florian y le cogió la grabación al experto informático.
—Lo he comprobado dos veces. Por desgracia, no.
—Lástima —murmuró Florian.
—El vídeo está también en la unidad de red, por cierto. El DVD es solo una copia, por si quieren ver la grabación sin conexión.
Florian asintió, ausente. Probablemente ya estaba otra vez pensando en el interrogatorio inminente. Le puso el DVD a Julia en la mano.
—¿Me lo guardas? Podemos verlo más tarde. —Después abrió la puerta de la sala de interrogatorios y entró, seguido de Martin Saathoff.
Julia y Lenja se sentaron en la sala contigua y miraron a través del falso espejo.
La disposición era la misma que la vez anterior.
Burakow y su abogado estaban sentados de cara a ellas, mientras que a Florian y a Saathoff solo los veían de espaldas.
Burakow parecía tenso. Tenía la frente perlada de sudor.
Su abogado se había inclinado hacia delante y miraba a Florian con unos ojos azules gélidos.
—Creo que, antes de nada, me debe usted una explicación por la detención de mi mandante —empezó y se irguió tieso como una vela.
—Tenemos nuevas pruebas que apuntan a que su mandante es culpable de tres asesinatos. —Florian sonaba tranquilo y mucho más amable de lo que sus palabras daban a entender.
—¡Yo no he asesinado a nadie! —bufó Burakow.
Su abogado le indicó que callara, pero él no le hizo caso—.
¿Cuántas veces tengo que repetir que no fui yo?
¡Mejor dígame dónde está Alina! Ella es la que me ha metido en todo este marrón.
¿Qué les ha contado? —Se levantó de un salto y apuntó con el índice hacia el espejo—.
¿Se creen que no sé que esa víbora está detrás de todo y que me está hundiendo cada vez más en este asunto?
Lenja dio un respingo y Julia se encogió involuntariamente. Desde luego, no querría cruzarse con Burakow a oscuras. Aquel hombre desprendía una agresividad extrema.
—No puede vernos. ¿Verdad que no? —susurró Lenja, asustada.
—Así es. Pero sabe que lo están observando. —Julia se subió las gafas por el puente de la nariz y respiró hondo—. Me temo que no va a confesar.
Lenja asintió. En la sala de interrogatorios, Florian y Martin Saathoff volvieron a preguntarle al sospechoso dónde había estado en las horas de cada una de las muertes. Era una conversación farragosa, interrumpida constantemente por el abogado de Burakow.
—Quiero acceso al expediente de la investigación —insistía este una y otra vez, pero Florian se negaba a concedérselo.
Al cabo de más de dos horas, todos parecían agotados y al límite de sus nervios.
El interrogatorio daba vueltas en círculo.
Ya no parecía que fuera a salir nada útil.
Julia se removía inquieta en la silla. En el instituto el trabajo se acumulaba mientras ella estaba allí sentada, esperando en vano una confesión.
Florian seguía sin mencionar el pelo hallado en el cadáver de la tercera víctima.
Empezaba a preguntarse cuándo soltaría por fin la bomba.
Pero no la soltó. En algún momento, sencillamente, se puso en pie.
—Creo que, con la hora que es, seguimos mañana.
—No pueden retener aquí a mi mandante sin más —protestó el abogado de Burakow.
—Conseguiremos a tiempo una orden de detención —replicó Florian.
—Eso mismo le aconsejo —dijo el abogado—.
Así quizá sepamos por fin qué hay en concreto contra mi mandante.
Tienen ustedes unas horas; después me presentaré en la puerta y me llevaré al señor Burakow, a menos que puedan presentar una orden de detención.
—Se levantó también y se alisó la americana azul oscuro.
Martin Saathoff se dirigía ya hacia la salida cuando Pavlo Burakow se levantó y agarró a Florian del brazo por encima de la mesa.
—Escuche, revisen los correos de Alina. Quiere jugármela. —De pronto hablaba más bajo y tan deprisa que Julia apenas lo entendía. Burakow dictó una dirección de correo electrónico y una contraseña de su portátil. Pero Florian no pareció prestarle la menor atención. Se zafó de su garra.
—Quiero una confesión, señor Burakow. Consúltelo con la almohada y mañana por la mañana volvemos a hablar.