Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 36
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Capítulo 36

Dos años antes

Bip, bip, bip. El pitido regular sonaba en algún lugar lejano.

La oscuridad la envolvía. Alguien hablaba, pero Anne no entendía ni una palabra.

No comprendía nada, ni siquiera dónde estaba.

Algo le hacía cosquillas en la cara. Intentó rascarse, pero las manos no le respondieron.

Lo intentó otra vez. Los músculos parecían paralizados.

Probó a mover los dedos de los pies, pero tampoco se movieron.

Abrió la boca y notó que la tenía completamente entumecida.

Igual que la lengua. Parpadeó, presa del pánico, y al menos entonces percibió un resplandor de luz.

Anne no conseguía recordar nada de lo que había pasado.

Poco a poco fueron aflorando unas cuantas imágenes en su cabeza.

Frank Laganis, el pañuelo de seda y la barandilla que había delante de la ventana del dormitorio.

¿Había muerto?

¿Así se sentía la muerte? ¿Una inmovilidad absoluta y un pitido continuo que se le clavaba en el cerebro como un parásito molesto?

—Ha movido los labios —dijo de pronto alguien muy cerca de ella. Conocía esa voz. Era la de su marido.

—Ayúdame —quiso decir. Pero la lengua se negó a obedecer. Le pesaba en la boca como una masa espesa y seca.

—Lo más probable es que sean solo reflejos. Por ahora no podemos saber con exactitud si su mujer está en estado vegetativo o si conserva todavía una conciencia mínima. Probablemente no puede oírnos ni vernos. —La voz era de una mujer.

Anne parpadeó. El resplandor fue tomando forma. La mujer que acababa de hablar llevaba una bata blanca. Aquel rostro serio le provocó un escalofrío en la espalda.

—Como le comentaba, no podemos decirle mucho sobre el estado de su mujer. Todavía tenemos que hacerle varias pruebas. Hay pacientes que vuelven en sí al cabo de unos días; otros, por desgracia, tardan años o no recuperan nunca la conciencia.

Anne volvió a parpadear. La médica no pareció darse cuenta, y tampoco su marido, que estaba sentado en la cama con gesto preocupado.

—Su mujer tuvo suerte de que usted la encontrara enseguida. Poco después de que ocurriera. El cerebro solo estuvo unos minutos sin oxígeno, pero los próximos días nos dirán el alcance real del daño.

Anne parpadeó desesperada y abrió los ojos de par en par.

—Está moviendo los ojos —soltó su marido. La médica se inclinó sobre Anne y le iluminó las pupilas con una linterna de luz cegadora.

—Vamos a hacerle otro electroencefalograma y una resonancia magnética. Así podremos determinar si conserva la conciencia. Tendrá que armarse de paciencia. Por desgracia, solo con los movimientos oculares no podemos deducir nada. —La médica se despidió y ella oyó cerrarse una puerta.

Su marido le cogió la mano.

—Te vas a poner bien —susurró él, mirándola a los ojos.

Anne parpadeó con todas sus fuerzas. Esta vez, sin embargo, él no reaccionó.

—¿Por qué quisiste quitarte la vida? —preguntó en cambio, en voz baja. Seguía mirándola fijamente—. Pensaba que podríamos empezar de cero y olvidarlo todo.

Anne quiso responder y decirle que ella también deseaba empezar de nuevo. Que no quería morir, sino que simplemente no había podido más con el miedo a Frank Laganis.

—Ayúdame —intentó susurrar y notó a la vez que de la boca no le salía ni una sola palabra. Estaba atrapada en su cuerpo, que se negaba a funcionar. Vio la mirada impotente de su marido y luego una chispa que refulgió un instante en sus ojos.

—Yo me encargaré del asunto —dijo él de pronto y le apretó la mano con fuerza. Se levantó y dio un paso. Después se volvió una vez más.

—Yo me encargo —repitió y desapareció.

La puerta se cerró y Anne se quedó sola, con su cuerpo, que ya no funcionaba. Miraba fijamente el techo blanco de la habitación y escuchaba aquel pitido exasperante, que no cesaba y que a cada segundo se le clavaba más hondo en el cerebro.