Capítulo 35
Habían acordonado la piscina entera a primera hora de la mañana siguiente al hallazgo del cadáver de Olaf Seidel. Desde entonces, la policía científica peinaba cada centímetro del recinto. Julia le enseñó su acreditación al agente y con un gesto las dejaron pasar a ella y a Lenja.
—Al aseo de mujeres, todo recto y, al final del pasillo, a la izquierda —les indicó el agente y les levantó la cinta del precinto.
Julia y Lenja entraron en el edificio y se pusieron calzas de plástico.
Enseguida les llegó el típico olor a cloro.
La zona de entrada parecía luminosa y acogedora.
Por lo visto, la habían reformado no hacía mucho.
Julia siguió a un técnico de la policía científica, vestido de blanco de pies a cabeza, que avanzaba decidido por el pasillo.
Delante del aseo de mujeres estaba Anna Schubert, la jefa de la policía científica.
—¡Señora Schwarz, qué bien que haya podido venir tan rápido! —Le tendió la mano primero a Julia y luego a su ayudante.
—Ayer empezamos a registrar el coche de la víctima y las instalaciones de la piscina.
Esta mañana nos hemos puesto con los contenedores de basura y ahí nos hemos topado con una caja de plástico azul.
Como es el mismo modelo que encontramos en el piso de Nils Deuss, enseguida nos imaginamos lo que habría dentro.
—Le entregó la caja a Julia—. No es agradable de ver.
Julia levantó la tapa. Le llegó un olor desagradable a descomposición.
Vio dos manos amputadas que, por el tamaño, correspondían sin duda a un hombre.
Las uñas estaban mordidas casi por completo.
Sacó una mano y examinó la superficie de corte irregular.
El asesino había necesitado varios intentos para seccionar los tendones y las articulaciones.
Hasta el análisis de ADN, Julia no podría afirmar con seguridad si las manos pertenecían a la segunda víctima, Nils Deuss. Aun así, apenas le cabía duda.
Anna Schubert sacó una bolsa de plástico de la caja donde iban reuniendo las pruebas y la sostuvo en alto.
—En el aseo de mujeres hemos encontrado además unas pelusas de algodón rosa debajo del inodoro. Vamos a comprobar cuanto antes si proceden del albornoz de la víctima. Eso demostraría que Olaf Seidel estuvo aquí dentro. Venga, le enseño la cabina.
Anna Schubert abrió la puerta y entraron. A la izquierda había tres cabinas; enfrente, los lavabos. La primera cabina estaba abierta. Delante había una marca amarilla con el número cinco.
—¿Debajo del inodoro? —repitió Julia, pensativa, y se puso en cuclillas delante.
—Sí, un poco hacia un lado —confirmó Anna Schubert y señaló la marca—. No tengo ni idea de qué estaría haciendo ahí.
—Es que Olaf Seidel grababa a escondidas en los aseos de mujeres. Puede que también en este —dijo Lenja y se agachó a su lado—. Probablemente se arrodilló para retirar la cámara espía y, al hacerlo, rozó el inodoro con el albornoz. Ahí es donde podrían haberse quedado enganchadas las fibras.
—Es posible —repuso Julia y se levantó—. Yo me pregunto cómo acabó la caja en los contenedores.
—Supongo que el servicio de limpieza la habrá encontrado en alguna parte y la habrá tirado. Probablemente sin mirar dentro —dijo Anna Schubert.
—¿Han examinado también la cabina contigua en busca de rastros? —preguntó Julia.
—Sí, también la hemos examinado. Por desgracia, no sé si podremos atribuir algo de lo que hemos encontrado. Según la afluencia, estos aseos los usan cerca de cien personas al día. Pero lo intentaremos.
—Lo que a mí me intriga es cuándo atrapó el asesino a Olaf Seidel —murmuró Julia—. Lenja podría tener razón. Quizá lo sorprendió cuando estaba desmontando sus cámaras espía. Todavía llevaba una cámara en el bolsillo del albornoz.
—¿Quiere decir aquí? ¿En la piscina? Yo, la verdad, daba por hecho que el asesino lo había reducido fuera, en el aparcamiento, quizá incluso junto a su coche.
Julia asintió. Hasta el momento no sabían cómo lo había reducido el asesino. Lo único seguro era que de aquella visita a la piscina no había vuelto a casa. Pero las fibras apuntaban a una explicación posible.
Anna Schubert se quedó pensando.
—La piscina tiene su propia cámara de seguridad en la entrada. De momento, en las imágenes no hemos visto ningún indicio de un secuestro. Aun así, tampoco podemos descartarlo: en la parte trasera hay una segunda salida que no está videovigilada.
—En cualquier caso, para el asesino fue una jugada muy arriesgada. Tiene que conocerse este sitio al dedillo —concluyó Julia.
—Por desgracia, los usuarios de la piscina solo quedan registrados si tienen un abono.
Les he enviado la lista a Florian Kessler y a Martin Saathoff.
El resto de los visitantes paga en efectivo o con tarjeta.
Esto último también podemos comprobarlo.
Aunque no me imagino que el asesino pagara con tarjeta.
—Este caso es endiabladamente complicado. Espero que el análisis de ADN del pelo nos haga avanzar —repuso Julia.
Como si obedeciera a una orden, le sonó el móvil. Era el laboratorio.
—Julia Schwarz —contestó, tensa.
—Hemos analizado el pelo negro encontrado en el cadáver de Olaf Seidel y tenemos una coincidencia en la base de datos. —El técnico del laboratorio hizo una breve pausa y Julia tomó aire, expectante—. El ADN pertenece, con una probabilidad superior al noventa por ciento, a Pavlo Burakow.