Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 34
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Capítulo 34

Dos años antes

—¡Lo siento, pero las cosas no funcionan así! —dijo su marido, y al instante la desesperación se apoderó de Anne.

—No lo entiendo —sollozó ella—. Frank Laganis me violó. Ya es bastante grave que a ese hombre lo hayan puesto en libertad antes de tiempo. Pero que encima a nadie le importe que me mande lencería, eso no me cabe en la cabeza.

Su marido suspiró como si ella fuera una niña incapaz de comprender sus explicaciones.

—Escúchame, Anne. Me indigna profundamente que ese criminal vuelva a estar libre.

Considero que esa decisión es un error. Pero no sabemos si fue él quien te envió esa ropa interior.

La policía analizó el paquete en busca de rastros y no encontró ni huellas dactilares ni ADN de Frank Laganis.

Una mera sospecha no basta para mandarlo de vuelta a la cárcel.

Anne ya no podía más.

—¿Qué más tiene que pasar? ¿Tiene que violarme otra vez para que puedan encerrarlo? Esto no puede estar pasando. Está clarísimo que no trama nada bueno. Es un peligro para todas las mujeres de la zona, y todo el mundo sabe que yo no soy su única víctima.

Su marido guardó silencio. Se quedó mirando el suelo y al final levantó las manos.

—Vivimos en un Estado de derecho, Anne. A las personas se las encierra cuando han cometido un delito, no porque se las crea capaces de cometerlo.

Eso sería igual de injusto. Pero entiendo tu miedo, por supuesto, y voy a hacer todo lo posible por protegerte.

Cada hora pasará una patrulla por delante de casa y, en cuanto te sientas insegura, me llamas.

Esta vez fue Anne la que guardó silencio.

Por lo visto, su marido no comprendía la gravedad de la situación.

¿De qué le servía una patrulla que pasaba de vez en cuando?

Si ni siquiera llamaban al timbre. ¿Y si le ocurría algo a puerta cerrada, en su propia casa?

¿Se darían cuenta siquiera? ¿Se enteraría su marido?

—¿Te has tomado las pastillas? —preguntó él y la observó con esa mirada preocupada de siempre.

—Sí —mintió ella y se apartó de él—. Tú tendrás que irte, supongo.

Yo voy a salir a correr un rato. El doctor Reuscher me ha recomendado hacer ejercicio al aire libre con regularidad, para estabilizar el estado de ánimo.

—Miró a su marido. Él asintió satisfecho, y Anne sintió lo extraños que se habían vuelto el uno para el otro.

Se sentía tan perdida y tan incomprendida que no encontraba palabras para expresarlo.

Su marido cogió el maletín y el móvil. Le dio un beso en la mejilla y desapareció de aquella casa preciosa en la que ella pasaba sola la mayor parte del tiempo.

No parecía darse cuenta de su desesperación.

¿Qué había sido del hombre del que se había enamorado?

A la frustración se le sumaba el miedo a Laganis y a la oscuridad.

Miró por la ventana. Su marido arrancó el coche y se fue.

En cuanto lo perdió de vista, el pulso se le desbocó.

Subió a la planta de arriba. Desde allí se veía mejor la calle.

Inspeccionó las casas y cada rincón en busca de Frank Laganis.

Por si acaso lo comprobó todo dos veces, y solo entonces se permitió respirar un poco.

Bajó a la cocina y se preparó un chocolate caliente.

El doctor Reuscher le había desaconsejado tomar demasiado café, porque la ponía más nerviosa.

Ella se tomaba en serio sus consejos —dejando a un lado lo del antidepresivo— e intentaba ponerlos en práctica.

Solo que no quería seguir existiendo dentro de aquella nube de algodón.

Con la medicación no se daría ni cuenta de si Frank Laganis la seguía y, encima, andaría por ahí como un cascarón vacío.

El chocolate le sentó bien. Se sentó en el sofá, rodeando con las manos la taza caliente, y cerró los ojos. Desde muy lejos le llegó un ruido.

Un ruido de arañazos.

Anne se sobresaltó al darse cuenta de que venía de la puerta de casa.

Se levantó de un salto, dejó la taza y estuvo a punto de tropezar con sus propios pies, porque justo en ese momento sonó el timbre.

El gong de siempre sonó distinto que de costumbre.

Al instante, el abismo se abalanzó sobre ella.

La oscuridad quería tragársela. Anne resistió el impulso de correr al dormitorio y hacerse un ovillo bajo el edredón.

Eran imaginaciones suyas. Y, sin embargo, en el tono del timbre había un susurro maligno.

Un cuchicheo rencoroso y prolongado. Sintió una dolorosa punzada en el bajo vientre.

Anne apartó el recuerdo de un empujón y se dirigió decidida a la puerta.

No podía perder la cabeza ahora. Hoy el doctor Reuscher no tenía tiempo para ella, y a su marido no quería molestarlo otra vez con sus miedos.

Quizá fuera la patrulla o un cartero. Seguro que había una explicación inofensiva.

Se detuvo ante la puerta y miró por la mirilla.

Parpadeó, porque no veía nada. El pequeño orificio estaba completamente negro.

Miró a un lado y luego volvió a mirar. Nada cambió.

Alguien tenía que estar fuera, tapando la mirilla.

Presa del pánico, cogió el móvil y abrió la aplicación que le permitía ver la cámara exterior en tiempo real.

El pulso le iba tan rápido que le dio un ligero mareo.

La imagen de la puerta tardó una eternidad en cargarse.

Pero allí no había nadie. Anne respiró aliviada y amplió la imagen.

¿Por qué demonios no podía ver por la mirilla?

Una masa pastosa tapaba el punto donde estaba el orificio.

—¡Respira! —se ordenó, imitando para sus adentros la voz del doctor Reuscher.

Funcionó. Se dio unos golpecitos en la frente por no haber caído antes.

¡Era un chicle pegado! No había motivo para el pánico.

Algún crío descarado o algún adolescente le había gastado una broma.

Anne soltó el aire y abrió la puerta. Nadie la acechaba.

Todo estaba bien. Aun así, los sonidos malignos seguían atropellándose en su interior.

Bajó la mirada y al instante la asaltó una nueva ola de pánico.

En el umbral había otra vez un paquete. Una caja de cartón gris con su nombre escrito encima.

Conocía aquella letra. Frank Laganis había estado allí.

Había pegado el chicle en la mirilla y había llamado al timbre.

Quería destrozarla. Pero quizá esta vez hubiera huellas suyas en el paquete, por fuera o por dentro.

Temblando, Anne lo cogió y cerró de un portazo.

Se dejó caer contra la pared y se quedó mirando el paquete que tenía en las manos.

Su primer impulso fue apartarlo de sí. De eso podía ocuparse la policía.

Pero al final lo rasgó. Aparecieron un pañuelo de seda negro y una nota.

—¡Úsame! —leyó en voz baja.

Pero ¿qué se creía aquel monstruo? ¿De verdad pensaba Laganis que ella había disfrutado con la violación y que ahora iba a esperarlo en ropa interior provocativa y con los ojos vendados?

Se levantó y corrió escaleras arriba hasta el dormitorio, todavía con el pañuelo de seda en la mano.

Allí se escondió bajo el edredón. Se quedó un rato quieta y ya no pudo moverse.

La oscuridad a su alrededor parecía aplastarla.

Un peso enorme le oprimía el pecho y le robaba el aire.

Cogió el pañuelo de seda y notó el tejido suave y frío.

¡Úsame!

De pronto, la voz de Frank Laganis se instaló en mitad de su cabeza.

Repetía las palabras sin parar. Anne se hundió aún más bajo el edredón, pero la voz no callaba.

Se tapó los oídos y todo empezó a dar vueltas a su alrededor.

Desesperada, volvió a saltar de la cama.

No podía más. No aguantaba ni un segundo más aquellas figuraciones constantes que la aterrorizaban sin tregua.

Iba y venía inquieta delante de la cama, intentando calmarse.

Pero no servía de nada. El abismo negro se acercaba cada vez más. Tiraba de ella. Anne cerró los ojos.

¡Úsame!

De golpe supo lo que tenía que hacer. Encontraría la calma.

Anne cogió el pañuelo de seda y se lo enrolló al cuello.

Hizo un nudo y lo apretó. Agarró el otro extremo y lo ató a la barandilla que había delante de la ventana del dormitorio.

Se encaramó y salió por la ventana. La voz seguía susurrando en su cabeza.

Miró hacia abajo, al jardín, que se veía tan bonito.

Alzó la vista al cielo y deseó poder volar.

—Quiero paz —musitó. Después extendió los brazos y se dejó caer.