Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 33
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Capítulo 33

—Despierta, por favor —susurró Lenja, y Julia se incorporó de golpe. Parpadeó, asustada, y buscó a tientas las gafas, que debían de andar en algún sitio de la mesilla de noche.

—¿Qué ha pasado? —quiso saber. Se puso las gafas y miró el reloj. Eran poco más de las seis.

—Marcel está apostado delante del portal. Creo que se le está yendo la cabeza de verdad —respondió Lenja tan bajo que Julia apenas la entendió.

—¿Estás segura? —preguntó ella y se levantó de la cama.

Lenja asintió.

—Iba a ventilar un momento y lo he visto. —Le hizo una seña a Julia para que la siguiera y avanzó de puntillas hasta el salón.

El piso de Julia estaba en la planta baja.

Aun así, no creía que alguien pudiera oírlas solo por estar delante del edificio.

Se deslizó tras Lenja, que se colocó junto a la ventana y señaló hacia fuera con la barbilla.

Julia distinguió a Marcel bajo la farola.

Todavía era de noche, pero en el cono de luz lo reconoció sin la menor duda.

—¿Por qué espera ahí, donde puede verlo todo el mundo?

Lenja se encogió de hombros con impotencia.

—Creo que quiere que salga.

—Eso parece. Probablemente quiere demostrarte lo en serio que va, y por eso aguanta ahí plantado, con el frío que hace, a estas horas de la mañana.

—No sé.

Julia se apartó de la ventana.

—Yo creo que quiere abordarte antes del trabajo.

Deberías hablar con él una última vez y zanjar el asunto.

Tiene que quedarle claro que ya no tiene ninguna posibilidad contigo.

Si no, esto no se va a acabar nunca. —Julia pensó en Florian y en su cara cuando, la noche anterior, le había dicho que se quedaba con Lenja en su piso.

Había parecido decepcionado, pero no había dicho ni una palabra.

Desde entonces le remordía la conciencia.

Sabía que él la necesitaba cerca. Pero en ese momento Lenja la necesitaba mucho más.

—Ahora mismo no puedo hablar con él —explicó Lenja mientras se ponía los vaqueros—. Me temo que todavía no estoy preparada. Al final acabaré cediendo, aunque en realidad no quiero.

—Vale. Hablo yo con él. —Julia ya estaba harta. No estaba dispuesta a que Marcel le condicionara el día a día. Abrió la ventana.

—¿Marcel Stoecker? —lo llamó y le hizo una seña para que se acercara. Marcel obedeció.

—Tiene que irse ya. No puede quedarse delante de mi casa esperando a Lenja. Ella se pondrá en contacto con usted cuando esté preparada. Dele tiempo.

Marcel se la quedó mirando. La decepción de su rostro parecía auténtica.

—¿De verdad me llamará? —preguntó con desconfianza.

—Puede tardar. Pero sí, lo hará. ¡Váyase a casa! —Julia esperó hasta que Marcel se dio la vuelta y desapareció con la cabeza gacha. Entonces cerró la ventana y soltó el aire. Notaba un martilleo detrás de la frente. Necesitaba un café con urgencia.

—Gracias por mandarlo a casa —dijo Lenja con voz ronca, frotándose los ojos—. Sé que tengo que hablar con él. A lo mejor lo llamo esta noche.

Julia hizo a un lado su propia tensión. Se acercó a Lenja y la abrazó.

—Tómate tu tiempo —susurró—. Pronto estarás mejor. Prometido.

Lenja apenas logró asentir con la cabeza.

Julia conocía demasiado bien esa situación.

La razón entendía desde hacía tiempo cuándo una relación estaba acabada.

Pero el corazón no renunciaba tan deprisa a la esperanza.

A cada segundo barajaba todas las combinaciones posibles en las que todavía cabía un final feliz.

De esa esperanza atormentadora y esa razón fría nacía el mal de amores que aún tendría ocupada a Lenja una temporada.

Solo con el tiempo, cuando las emociones fueran remitiendo, sentiría que empezar de cero era seguramente la única salida razonable.

—¿Qué pasa con ese Joerg Kannen? —preguntó Lenja, separándose de Julia—. ¿No iban a interrogarlo hoy otra vez? Ahora que su mujer le ha retirado la coartada.

Julia miró el reloj. Florian le había pedido que se pasara por allí. Querían averiguar si Joerg Kannen se había hecho con más insulina de la que necesitaba para tratarse la diabetes.

—Debería empezar dentro de una hora —dijo.

A Lenja se le iluminó la cara.

—¿Puedo estar presente? El trabajo del instituto lo recupero después, por supuesto.

Julia dudó un momento. Pero, como el interrogatorio no duraría más de una hora, decidió llevársela.

—De acuerdo, pero tenemos que darnos prisa —dijo Julia y desapareció en el cuarto de baño para arreglarse.

Cuarenta minutos más tarde estaban sentadas en el despacho de Florian, mirando la pizarra del caso, en la que esa mañana habían aparecido un buen número de líneas rojas y azules.

—Hemos registrado la habitación de Olaf Seidel en el piso de su madre y hemos examinado su ordenador.

De momento no parece haber la menor conexión con las dos primeras víctimas ni con el asesino.

Si el asesino contactó con él por internet, los rastros se han borrado por completo.

Y lo que más me desconcierta es que las manos amputadas de Nils Deuss sigan sin aparecer.

Yo daba por hecho que el asesino se las enviaría a él.

Igual que le mandó a Nils Deuss las orejas de Jana Petersmann.

Pero allí no había nada, y su madre tampoco ha recibido ningún paquete de ese tipo.

—Florian garabateaba en su bloc de notas con cara sombría.

Martin Saathoff se levantó y señaló el nombre de Pavlo Burakow.

—¿Tenemos ya el ADN del pelo?

Julia negó con la cabeza.

—Todavía es pronto. Cuento con tenerlo a lo largo del día.

Saathoff suspiró y miró el reloj.

—Joerg Kannen está a punto de llegar. Deberíamos ponernos en marcha. Es en la sala de interrogatorios cinco.

Julia y Lenja siguieron a Florian y a Saathoff.

Tomaron asiento en la pequeña sala contigua y miraron a través del cristal.

Joerg Kannen se acercó a la mesa con la cabeza gacha y se sentó frente a Florian y Martin Saathoff, de modo que Julia le veía la cara.

Parecía pálido y nervioso. Los ojos le vagaban inquietos por la sala hasta que se quedaron clavados en el espejo.

Por un momento, Julia tuvo la desagradable sensación de que él podía verla a través del cristal.

Pero no era más que una ilusión. Joerg Kannen apartó la mirada en cuanto Florian comenzó el interrogatorio.

Se quedó mirando fijamente el tablero de la mesa y puso una cara en la que Julia no era capaz de leer nada.

Florian le puso delante un calendario y marcó con una cruz las fechas en que murieron Jana Petersmann y Nils Deuss. Después señaló una tercera fecha.

—Su mujer nos ha dicho que ya no sabe con seguridad si esas noches estuvo usted de verdad en la cama todo el tiempo. Cree incluso que se despertó una o dos veces y usted no estaba.

—Yo estaba en casa, en la cama, durmiendo. —Joerg Kannen negó con la cabeza—. Mire, mi mujer está enfadada conmigo por lo del servicio de acompañantes. Es muy celosa. Todo esto no es más que una venganza.

Florian dio un golpecito sobre el día en que asesinaron a Olaf Seidel.

—¿Dónde estuvo usted esa noche?

Joerg Kannen puso los ojos en blanco.

—Tenía turno de noche en el hospital.

Julia se preguntó si detrás de aquel giro de ojos no se escondería una mentira. Entretanto, Florian deslizó un documento por la mesa hacia Kannen.

—Hemos preguntado en su trabajo. Usted es enfermero en la planta de medicina interna del hospital, ¿es así?

Joerg Kannen asintió y repasó por encima las líneas del documento.

—Según el cuadrante de turnos, esa noche no le tocaba trabajar.

Kannen palideció todavía más. Se inclinó sobre la mesa.

—No tenía ni idea de que fueran a comprobarlo tan rápido. Lo admito. Estuve con Nicole Deuss, y ni se les ocurra contárselo a mi mujer.

—¿Nicole Deuss? —repitió Martin Saathoff—. ¿Qué quería usted de ella?

—Fui a visitarla. No se encontraba bien. Sigue ingresada en el hospital. Además, quería saber si podría hacerse cargo al menos de una parte de las deudas de su marido.

—Que yo sepa, en plena noche no se admiten visitas en el hospital. Su declaración, francamente, no me parece especialmente creíble.

Joerg Kannen se llevó la mano a la frente.

—Nicole está ingresada en el mismo hospital en el que trabajo yo. Simplemente, no estaba de servicio. Pregunten a mi compañera, que me vio.

Florian le pidió los datos de contacto y continuó.

—Según nuestras comprobaciones, es usted diabético. ¿Es correcto?

Joerg Kannen resopló.

—Sí, ¿y qué tiene eso que ver con los asesinatos, si puede saberse?

—Necesitamos datos exactos de su medicación. A ser posible, las últimas recetas que le haya extendido su médico.

Kannen negó con la cabeza.

—No le veo el sentido, pero, por mí, se lo busco todo.

Antes de que Florian pudiera seguir preguntándole por su medicación, la puerta de la sala de interrogatorios se abrió de golpe. Una agente con la cara encendida se asomó.

—Señor Kessler, ¿podría venir un momento, por favor? Tenemos novedades.

Florian se levantó de un salto y salió. Mientras tanto, Joerg Kannen tamborileaba inquieto con los dedos sobre la mesa. Martin Saathoff seguía sentado en silencio, esperando.

—Voy a ver qué pasa —le dijo Julia a Lenja y salió de la pequeña sala contigua. Cuando Florian la vio, fue derecho hacia ella.

—¿Podrías acercarte a la piscina? La Científica acaba de avisar. Han encontrado en el aseo de mujeres una caja de plástico azul con dos manos amputadas.