Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 32
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Capítulo 32

Lo del profesor Palem había sido un gran error.

En el fondo, Teresa lo había intuido ya mientras falsificaba los certificados.

Por otra parte, sin esos documentos jamás habría podido trabajar como médica.

Quizá como enfermera, pero ni siquiera para eso tenía la titulación necesaria.

Todo lo que sabía hacer lo había aprendido por su cuenta a lo largo de años de trabajo.

Había ayudado a tanta gente que de verdad no le entraba en la cabeza por qué lo que hacía tenía que estar mal.

Pero el médico adjunto no se había andado con contemplaciones y la había mandado a casa en el acto.

—Hasta nuevo aviso… —había dicho él y después había amenazado con consecuencias legales si se presentaba en el hospital sin que la hubieran llamado.

Teresa se imaginaba lo que vendría después.

En lugar de una carta de agradecimiento, pronto encontraría en el buzón una carta de despido fulminante.

Se preguntaba cómo pensaba el médico adjunto sacar adelante la atención a los pacientes con la aguda falta de personal que sufría el hospital.

La necesitaba y, aun así, no la llamaba.

Podrían haber dejado correr todo el asunto sin más.

Al fin y al cabo, poca diferencia había entre haber sido médica residente con el profesor Palem o no haberlo sido.

Lo único que contaba era lo que sabía hacer ahora.

Por desgracia, nadie más que ella parecía verlo así.

El mundo a su alrededor lo gobernaban burócratas que daban más importancia a un estúpido certificado que a sus capacidades reales.

Suspiró y sustituyó el nombre del profesor Palem por el de un jefe de servicio menos conocido del sur de Alemania.

Para eso se había comprado un programa especial con el que podía crear en el ordenador documentos de aspecto absolutamente auténtico.

La nueva referencia no tenía el mismo peso que una del profesor Palem.

Pero le bastaría para conseguir un nuevo puesto de médica de planta lo más lejos posible de Colonia.

Teresa ya había localizado una clínica pequeña y agradable en el Sarre que buscaba personal a la desesperada y que seguramente no hilaría tan fino.

El jefe de servicio parecía muy simpático en la foto de la página web.

Mucho más amable que su médico adjunto actual, del que ya no cabía esperar nada bueno.

Una lágrima le rodó por la mejilla. Teresa no se la enjugó, sino que la siguió con la mirada hasta que cayó sobre el escritorio.

Ya enderezaría ella todo aquel asunto. Se sentía médica y, además, lo era.

¿Qué culpa tenía ella de que, en su día, una carrera hubiera estado fuera del alcance de su madre, que la criaba sola?

El móvil sonó y la sacó de golpe de sus pensamientos. Era el hospital. Nerviosa, Teresa descolgó. El médico adjunto se puso al aparato.

—Señora Buchholz, al final sí que quería aclarar el asunto con usted en persona. Siento que la última vez no pudiéramos terminar de hablar. ¿Tiene tiempo ahora mismo? Me gustaría recibirla en mi despacho.

Las palabras del médico adjunto se enredaron en la cabeza de Teresa hasta formar una maraña impenetrable. Le costaba captar su sentido y tardó unos segundos en poder responder.

—Estaré con usted en media hora —respondió ella y colgó.

El corazón se le había desbocado por completo.

Le traqueteaba en el pecho como un motor viejo y renqueante.

Teresa bajó el móvil y se puso a pensar qué podría contarle al médico adjunto.

De momento, él solo sabía que el profesor Palem, por lo visto, no se acordaba de ella.

Quizá aún quedara una oportunidad de reconducir la situación.

Mientras una idea tomaba forma en su cabeza, sonó el timbre.

Teresa abrió ensimismada y recogió un paquete pequeño.

Apenas se fijó en el repartidor. Sumida en su propio mundo, cerró la puerta con el pie y se fue derecha a la cocina, donde cortó con las tijeras la cinta adhesiva del paquete.

Apareció una caja de plástico azul. Teresa la examinó y buscó después una factura dentro del cartón.

Pero no había ninguna. No conseguía recordar si había pedido algo.

Lo primero que notó al levantar la tapa fue el hedor dulzón.

Se quedó mirando el contenido y abrió la boca, horrorizada.

El grito no llegó a salir. En su lugar, de los labios se le escapó un graznido extraño.

Era incapaz de apartar la vista. Como paralizada, contempló los dos globos oculares y supo al instante que eran de verdad.

Las pupilas apagadas casi la hipnotizaban.

—Hola, Teresa —dijo de pronto una voz a su espalda.

Se dio la vuelta de golpe y se encontró con una cara conocida.

—¡No, por favor! —gritó al ver venir el paño, pero ya era demasiado tarde.

El olor a cloroformo la envolvió. Intentó apartar al hombre con los brazos, pero el anestésico la hizo caer de rodillas.

Los párpados ya le aleteaban. Aun así, todavía alcanzó el móvil y pulsó unas cuantas teclas antes de que la oscuridad se la tragara.