Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 31
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Capítulo 31

—Olaf Seidel, veintisiete años, desaparecido desde hace dos días.

Su madre acudió a la policía. Vivía todavía con ella —anunció Florian, dando golpecitos en la pizarra del caso—.

Seidel tiene antecedentes por acoso sexual y se libró por los pelos con la condicional.

Se propasó con una menor. Por suerte lo interrumpieron y no se salió con la suya.

—¿Hay alguna explicación para lo del albornoz rosa y la peluca?

—preguntó Julia y tomó un buen trago de café.

Florian las había citado aquella tarde, a ella y a Lenja, para una reunión.

Aunque todos esperaban que el pelo encontrado procediera de la barba negra de Pavlo Burakow, no podían aflojar ahora ni concentrarse únicamente en esa prueba.

Alina Petrowa figuraba entre los sospechosos igual que Joerg Kannen, a quien su mujer acababa de retirar la coartada.

Había mentido para protegerlo. Pero cuando se enteró de que Kannen contrataba con regularidad el servicio de acompañantes, soltó la verdad.

Una patrulla vigilaba su casa, mientras que de Petrowa seguía sin haber rastro.

—De momento, no —respondió Florian—. Hemos hablado con la madre de Olaf Seidel, pero no tiene ninguna explicación.

No había visto nunca ni la peluca ni el albornoz, y eso que era ella la que le lavaba siempre la ropa.

De la cámara espía, por supuesto, tampoco sabía nada.

Un experto informático está examinando ahora mismo el portátil de la víctima y la cámara.

Nos dará los resultados en cualquier momento.

—¿La autopsia ha dado algo más, aparte del pelo? —quiso saber Hermann Meier—. He de confesar que tengo al jefe encima. Le da miedo que la prensa se huela que un asesino en serie está matando gente al azar en Colonia y cortándoles partes del cuerpo.

Que el jefe de la brigada de investigación criminal sacara tiempo para este caso a las ocho de la tarde lo decía todo.

La presión sobre él debía de ser enorme.

La melena gris plateada se le veía revuelta y los ojos, cansados y enrojecidos, se le hundían en las cuencas.

A Julia le dio la impresión de que en la última semana se le habían duplicado las arruguitas de la cara. Bajó la vista y hojeó sus papeles.

—Los resultados del laboratorio todavía no han llegado.

Como ya he dicho, creemos que el asesino ha vuelto a administrar una dosis letal de insulina.

Al menos, las marcas de punción entre los dedos de los pies apuntan a ello.

Por lo demás, la víctima era un hombre completamente sano, sin nada digno de mención.

Hemos encontrado, eso sí, algunas marcas de presión en las muñecas, pero no me atrevería a calificarlas de lesiones de defensa.

Aparte de eso, el cuerpo no presentaba ninguna otra lesión.

Tampoco marcas de estrangulamiento como en el caso de Nils Deuss.

Probablemente a él también lo sedaron, lo mataron con insulina y después le extirparon los ojos y se los cambiaron por otros.

Esos ojos nuevos, por cierto, proceden con toda seguridad del Instituto de Anatomía.

Lo que significa que de las veinte piezas anatómicas robadas siguen faltando dieciséis.

Hermann Meier resopló.

—¡Maldita sea! Tantas partes del cuerpo y seguimos sin poder acorralar al tipo.

—Necesitaríamos urgentemente una orden de registro para el piso de Pavlo Burakow y, ya puestos, otra para el de Joerg Kannen. —Florian gesticulaba con el rotulador—. Si no, solo nos queda confiar en el análisis de ADN del pelo y repasar una vez más todos los hechos.

—Pero alguna relación tiene que haber entre las tres víctimas —soltó Hermann Meier con impaciencia.

—No hemos dejado piedra por mover, de verdad —dijo Martin Saathoff y sonó un poco ofendido—.

Joerg Kannen tenía contacto con Jana Petersmann y con Nils Deuss.

Con Pavlo Burakow seguimos dando palos de ciego.

Aunque, supuestamente, fue él quien depositó la pieza anatómica en la consigna automática de la estación central.

Al menos si damos crédito a la declaración de Alina Petrowa. Yo…

—¿Hemos recibido ya el vídeo de las cámaras de seguridad? —lo interrumpió Hermann Meier.

Saathoff negó con la cabeza.

—Creo que lo tendremos mañana, pasado como muy tarde. Por desgracia, la burocracia ferroviaria va a paso de tortuga.

—Con un poco de suerte identificamos a Burakow en las imágenes —añadió Florian, esperanzado.

—¿Y existe alguna conexión entre Burakow y Olaf Seidel? —retomó Julia el hilo—. Al fin y al cabo, el asesino tendrá que elegir a sus víctimas de alguna manera.

Florian se frotó la barbilla, cavilando.

—Es lo que acaba de decir Martin. En el entorno de las víctimas hemos investigado todo lo investigable.

No hay coincidencias dignas de mención. Sus domicilios están tan alejados entre sí que probablemente no se cruzaron jamás en el supermercado ni en la panadería.

Lo único que tienen en común son las partes del cuerpo amputadas.

Podría tratarse de una especie de castigo.

Es decir, hicieron algo que llamó la atención del asesino.

—Florian miró hacia la pizarra del caso y dio unos golpecitos con el rotulador sobre el nombre de la nueva víctima—.

Quizá deberíamos ocuparnos primero de qué pueden significar los ojos extirpados.

¿Vio Olaf Seidel algo que debía quedar oculto?

—Sonará raro, pero puede que el asesino no quisiera que Olaf Seidel se viera a sí mismo con peluca y albornoz rosa —repuso Lenja—. ¿Puede ser que fuera homosexual?

Martin Saathoff negó con la cabeza.

—Según su madre, no. Aunque, desde luego, ese atuendo tan raro bien podría tener algo que ver con los ojos extirpados.

—Seguro que su madre no sabía nada. Puede que hubiera ido a la piscina porque allí quería hacerse pasar por mujer. ¿O vosotros qué pensáis?

Antes de que nadie pudiera responder, se abrió la puerta y entró un hombre enclenque.

—He examinado el portátil de Olaf Seidel —dijo con timidez, la mirada clavada en las punteras de sus zapatos.

—Venga y siéntese. —Hermann Meier le ofreció su sitio—. Yo tengo que irme a casa o mi mujer me corta la cabeza. Hemos quedado para cenar. Manténganme al corriente, por favor. —Salió del despacho y cerró la puerta tras de sí.

El experto informático se sentó en la silla libre y abrió el portátil.

—He descubierto algunos archivos muy desconcertantes. Lo mejor es que lo vean ustedes mismos. —Levantó un momento la vista y esperó a que todos estuvieran de pie a su alrededor. Entonces puso en marcha una grabación—. Por cierto, doy por hecho que este vídeo lo grabó con la cámara espía.

Al principio Julia solo vio blanco. Luego aparecieron unas líneas oscuras.

De pronto la imagen se volvió nítida y se dio cuenta de que la cámara apuntaba en ángulo oblicuo, desde abajo, hacia un inodoro.

De fondo se oían ruidos: un murmullo de voces y una risa clara.

Algo arañó el suelo y entonces aparecieron los muslos desnudos de una chica.

Unas bragas rojas se deslizaron hacia abajo y, a continuación, la adolescente se sentó en la taza.

—¿El tío grababa a mujeres orinando? —soltó Martin Saathoff, atónito—. ¡Es repugnante, de verdad!

Vieron a la joven hacer sus necesidades y tirar de la cadena. El vídeo terminó. El experto informático abrió de inmediato el siguiente archivo.

—Instaló dos cámaras en la cabina. Una graba desde abajo y la otra desde arriba.

Vieron a la misma chica, solo que desde otra perspectiva. Esta vez Julia pudo distinguir con claridad la mata de pelo rubio. La secuencia era exactamente la misma, porque los dos vídeos se habían grabado a la vez.

—Olaf Seidel no solo grababa a escondidas en los aseos, sino en todo tipo de lugares: por ejemplo, en vestuarios femeninos o en zonas peatonales, donde metía la cámara bajo la falda de chicas jóvenes.

En su ordenador hay cientos de vídeos, y cuentas en varias plataformas donde compartía sus grabaciones.

—El experto informático abrió un vídeo que tenía ya varios meses.

En medio de una multitud, la cámara hacía zoom sobre un grupo de adolescentes y desaparecía bajo la falda vaquera de una chica de unos dieciséis años que, entre el gentío, no se daba ni cuenta de la maniobra de Olaf Seidel.

La cámara captaba unas braguitas negras y unos muslos depilados.

La grabación duraba como mucho unos segundos, pero Julia podía imaginarse que imágenes así encontraban en la red una legión de interesados.

—En el fondo, el motivo del asesino ya está claro —dijo Julia, señalando el portátil—. A este tipo le extirparon los ojos por estas grabaciones. Como los vídeos están publicados, al asesino le bastó con averiguar la dirección IP de Olaf Seidel.

—Podrías tener razón. También a la primera víctima, Jana Petersmann, podría haberla encontrado el asesino a través de internet —conjeturó Florian.

—¿Y qué pasa con Nils Deuss? —preguntó Martin Saathoff—. Ese no publicó las fotos de su mujer maltratada. Menuda estupidez habría sido por su parte: al fin y al cabo, tenía varias denuncias por violencia doméstica.

Lenja intervino.

—¿Y si su mujer publicó en algún sitio lo que le pasaba? También podría haber buscado ayuda en foros especializados.

A Julia le vino a la mente Nicole Deuss. Le había parecido bastante sumisa y, además, no había dado la impresión de que fuera a actuar contra su marido.

—No hemos encontrado nada de eso, pero quizá deberíamos retomar lo de los foros. —Florian miró al experto informático, que asintió de inmediato.

—Echaré un vistazo por ahí —prometió él y cerró el portátil—. He guardado el material incautado en la unidad de red, dentro del expediente, por si quieren ustedes revisar los demás vídeos.

Cuando el hombre salió de la sala, Florian suspiró y escribió unas palabras en la pizarra del caso: robo, violencia doméstica y grabaciones a escondidas.

—Solo digo una cosa —añadió y dio unos golpecitos sobre los conceptos—. Nuestro asesino va a la caza de faltas ajenas.