Capítulo 30
Dos años antes
Anne había conseguido refugiarse de algún modo en el recibidor.
Junto con el paquete. Estaba acuclillada sobre las baldosas, con la mirada clavada en su nombre, escrito encima en mayúsculas.
¿Debía abrir el paquete o mejor llamar primero a su marido?
Los dedos se le fueron solos al móvil y marcaron su número.
No lo cogió.
A Anne se le disparó el pulso. Se levantó a duras penas y miró por la mirilla. A Frank Laganis no se le veía por ninguna parte. Algo más tranquila, volvió a ocuparse del paquete. ¿Qué habría dentro?
Con notable presencia de ánimo, se puso unos guantes de cuero y cortó la cinta adhesiva con unas tijeras. Abrió la caja muy despacio, casi a cámara lenta. Dentro había algo oscuro. Algo de tela, tan fina como el encaje.
Anne metió la mano y se quedó petrificada. El malnacido le había enviado ropa interior. Soltó las prendas de inmediato. Temblaba y, aun así, se obligó a seguir examinando la caja. Y, en efecto, descubrió una nota en el fondo.
«Lo pasé muy bien contigo» , se leía en ella.
Anne tuvo que leer la frase varias veces para comprenderla. El cerebro parecía negarse a asimilar lo que decían aquellas palabras. ¿De verdad venía ese mensaje de Frank Laganis? Le dio la vuelta a la nota y al instante la asaltó una oleada de náuseas.
En el reverso estaban garabateadas las iniciales F. L. Eso solo podía significar una cosa: el monstruo le había mandado aquella lencería. Apenas había salido de la cárcel y ya le convertía la vida en un infierno. Marcó nerviosa el número del doctor Reuscher. Por suerte, él descolgó enseguida.
—Me está siguiendo y me ha enviado lencería —consiguió decir, sin aliento.
—Antes de nada, mantenga la calma —respondió el doctor Reuscher—. ¿Dónde está ahora mismo?
—En casa. En el recibidor.
—De acuerdo. ¿Ha mirado a su alrededor? ¿Está él cerca?
—No lo sé —sollozó con la voz ahogada—. Por la mirilla no lo he visto, pero creo que está ahí fuera, en alguna parte. Quiere volver a violarme. Ayúdeme, por favor. Ya no aguanto más.
—No se mueva de donde está. En diez minutos estoy con usted. Ya sabe que, en realidad, no me está permitido hacer esto. Pero creo que estamos ante una emergencia. Avise también a su marido, por favor.
El doctor Reuscher colgó antes de que Anne pudiera decirle que su marido no cogía el teléfono.
Probablemente estaba metido, como tantas veces, en alguna reunión mientras ella pasaba allí un miedo de muerte.
Anne se guardó el móvil en el bolsillo y se dejó resbalar contra la pared, junto al paquete.
El corazón le martilleaba contra las costillas hasta hacerle daño.
Se preguntó cuánto tiempo más aguantaría así y cómo sería estar muerta.
Salir flotando sin más. Ligera como una pluma. Hacia la luz.
El timbre la sobresaltó. Debía de haberse quedado traspuesta un momento. Se levantó de un salto, asustada, y miró por la mirilla. El doctor Reuscher estaba delante de la puerta con más arrugas en la frente que nunca.
—¡Anne, abra la puerta! —pidió y llamó con los nudillos—. ¡Anne!
Ella bajó la manilla y se echó sollozando en los brazos de su médico.
—Gracias por venir. Tengo muchísimo miedo.
—Ya está, ya está —murmuró el doctor Reuscher. No la apartó, sino que le devolvió el abrazo, al menos por un momento. Después se separó y cerró la puerta, no sin antes lanzar una mirada escrutadora hacia fuera.
—He informado a la policía —contó—. Analizarán el paquete en busca de rastros. Si de verdad Frank Laganis le ha enviado ropa interior, tendrá serios problemas.
Anne se irguió, atenta.
—¿Tendrá que volver a la cárcel?
El doctor Reuscher se encogió de hombros.
—Eso dependerá probablemente del juez. —La observó con intensidad—. Anne, ¿se ha tomado usted las pastillas?
Ella bajó la mirada.
—No estoy deprimida —masculló—. Quiero conseguirlo sin medicación. —Odiaba las pastillas que él le había recetado. Con ellas se sentía aislada del mundo. Y eso lo soportaba todavía peor que la montaña rusa que vivía sin ellas.
—Hágame el favor de tomarse la medicación.
Al menos durante las próximas semanas; después ya veremos.
Anne, tenemos que estabilizarla emocionalmente.
Los próximos días, y quizá semanas, van a ser duros para usted, porque Frank Laganis ha quedado en libertad.
Entiendo perfectamente que eso la descoloque.
Razón de más para que hagamos algo al respecto.
—De acuerdo —mintió ella, porque sabía que no podría convencer al doctor Reuscher de lo contrario. Aun así, él la ayudaría y la sacaría de su bache, de eso Anne estaba segura. Le tenía aprecio.
—¿Hablamos un rato? —propuso él, mirando al mismo tiempo el reloj—. Debo admitir que voy un poco justo de tiempo. Dentro de una hora tengo al siguiente paciente.
Se sentaron en el sofá del salón y hablaron.
Los pensamientos de Anne giraban en torno a Frank Laganis y al vacío que él había dejado en ella con la violación.
Cuando el doctor Reuscher se despidió poco después, Anne se sentía mejor.
Consiguió incluso no mirar por la ventana en busca de Laganis.
Pero al poco rato volvió a tener la sensación de precipitarse en un abismo.
Se acurrucó en el sofá y confió en que los nubarrones de su cabeza se disiparan pronto.