Capítulo 29
Bajo la luz fría de la sala de autopsias, Lenja estaba pálida, como si no hubiera vuelto a dormir. Eran las doce del mediodía y acababan de empezar a trabajar.
—¿Vas tirando? —preguntó Julia, que se imaginaba muy bien lo mucho que el comportamiento de Marcel debía de haber afectado a Lenja.
Acechar a alguien era una intromisión en toda regla, casi inquietante.
¿Qué demonios le pasaba por la cabeza a aquel hombre?
¿No entendía que con eso la estaba alejando definitivamente?
Y, por si fuera poco, su secretaria apareció de pronto en la puerta.
—¿Podría hablar un momento con usted? —El ligero temblor de su voz y su mirada seria hicieron que Julia dejara el bisturí de inmediato.
—¿Puedes seguir tú un momento?
—Claro que sí —respondió Lenja con una sonrisa—. Yo me apaño.
Por el rabillo del ojo, Julia vio que a Kerstin Brandt le temblaban las cejas ante la respuesta de Lenja.
Cuando ya iban por el largo pasillo gris hacia el despacho, quedaron fuera del alcance del oído de Lenja.
—¿Qué pasa? —preguntó Julia.
Kerstin Brandt puso los ojos en blanco y se detuvo en seco.
—Está aquí —explicó.
—¿Quién? —quiso saber Julia y en ese mismo instante intuyó la respuesta.
—El novio de Lenja, el señor Stoecker. Le he dicho que usted no tenía tiempo. Pero no da su brazo a torcer. Quería evitar un escándalo y he pensado que quizá podría usted hablar con él y quitárselo de encima.
—Vaya faena —soltó Julia. Una conversación con Marcel era lo último que le apetecía. En la mesa esperaba el cadáver de la tercera víctima y se moría de ganas de practicarle la autopsia.
—¿Y quiere hablar conmigo y no con Lenja? —preguntó para asegurarse y volvió a ponerse en marcha.
Su secretaria asintió y caminó a su lado con pasos cortos.
—Ese tipo me inquieta, no sé por qué. Quíteselo de encima cuanto antes.
—No se preocupe —repuso Julia, aunque no tenía ni idea de cómo iba a conseguirlo.
Prefirió no contarle a Kerstin Brandt que Marcel ya había estado merodeando a primera hora de la mañana delante de su casa.
Eso solo la habría alarmado más. Se adelantó y entró en el despacho, donde Marcel estaba sentado a la mesa de reuniones.
—Buenos días —lo saludó y se sentó enfrente.
Marcel masculló un saludo.
—Quería hablar con usted porque ya no consigo hablar con Lenja —explicó—. He cometido un error enorme y espero que usted pueda ayudarme.
Julia ladeó la cabeza.
—No sabría cómo hacerlo. Sus asuntos privados tendrá que arreglarlos usted mismo con Lenja. Yo soy su jefa, no su madre.
Marcel bajó la mirada.
—Ya sé que no es lo normal. Pero usted también es su amiga y a lo mejor puede al menos contarle mi versión de lo que pasó.
—¿Y por qué iba yo a meterme en eso? Por lo que sé, usted jugaba a dos bandas y Lenja ha decidido romper con usted. Con eso tenía que contar.
Marcel hundió la cara entre las manos.
—¡Maldita sea! Sí, tendría que haberlo tenido claro, pero es que fui un idiota. Lenja tiene su orgullo y yo no debería haberla herido así. Nunca tuve intención de dejarla. Yo mi futuro lo veo con ella y quiero hacer todo lo posible por arreglar lo que pasó.
—Pues en boca de Lenja sonaba de otra manera.
—Julia miró el reloj con impaciencia. Todos se habían equivocado con Marcel, ella incluida.
Aquellas explicaciones a medias no servían de nada.
La confianza se había roto y probablemente ya no había forma de recuperarla.
Pero eso Lenja tenía que decidirlo ella sola.
—Juliette me pilló desprevenido. Estuvimos muchos años juntos, luego se fue a Francia y yo conocí a Lenja. Durante un tiempo perdí la cabeza. En esos momentos no era yo mismo. ¿Podría usted intentar convencer a Lenja de que la quiero, por favor?
A Julia le vino a la mente la pareja de enamorados que había visto en el restaurante italiano.
Puede que aquella noche, y los días anteriores, Marcel no fuera realmente él mismo.
Pero tampoco lo fue después, cuando Lenja le pidió explicaciones y él pidió tiempo para pensárselo.
Aquello olía a excusas. Probablemente esa tal Juliette también le había dado calabazas y ahora él quería salvar al menos una relación.
—Si le soy sincera, tendría usted que haber pensado antes en lo que iba a provocar con su comportamiento. Y está intentando explicarse ante la persona equivocada. Debería hablar con Lenja, no conmigo.
—Dígale, por favor, que la quiero y que lo de Juliette fue un gran error. Por favor. No coge el teléfono cuando la llamo y seguramente tampoco lee mis mensajes.
—Le contaré que ha estado usted aquí —repuso Julia y se levantó—. Ahora tengo trabajo y debo pedirle que se marche.
Marcel se levantó, obediente.
—Gracias —dijo y salió por la puerta arrastrando los pies, con la cabeza gacha.
Julia respiró aliviada en cuanto él salió.
En el fondo seguía sin entender qué quería de ella exactamente.
Desde luego, no había sido capaz de dar una explicación de verdad.
Le recordaba, y de un modo muy desagradable, a su exnovio Valentin, que en su día también la había tenido engañada con justificaciones endebles.
Salió del despacho a paso vivo. En la antesala la esperaba la mirada curiosa de su secretaria.
—Espero que no vuelva tan pronto. Seguramente necesita tiempo para asumir que su relación con Lenja se ha terminado —explicó.
Kerstin Brandt asintió, satisfecha. Julia salió disparada al pasillo. Quería terminar de una vez la autopsia. Pero, antes de haber recorrido ni tres metros, oyó que alguien la llamaba por su nombre.
—¡Doctora Schwarz, espere! —El fiscal jefe Bjoern Kreitz se acercó a ella a paso rápido—. Quería darle las gracias una vez más en persona. —Le tendió la mano a Julia—. Confío en que le haya llegado mi pequeño detalle de agradecimiento.
En un primer momento Julia no supo de qué le hablaba, pero luego se acordó de los bombones que Lenja había llevado la noche anterior.
—Muchas gracias. Me ha hecho mucha ilusión. Pero, por supuesto, no hacía ninguna falta. Es lo más natural del mundo que ayude en todo lo que pueda.
El fiscal jefe suspiró.
—Aun así, sin usted la policía probablemente no habría buscado ese preservativo, o lo habría hecho demasiado tarde.
Su conversación con la víctima valió su peso en oro.
Hasta que apareció esa prueba tangible, el acusado lo negó todo.
Y es que ¿quién se imagina que un padre de familia de aspecto afable pueda ser capaz de algo así?
—En eso le doy la razón. A las personas solo se les ve por fuera. Detrás se esconden a veces los procesos más peregrinos. —Julia miró el reloj con impaciencia.
—La estoy entreteniendo —advirtió enseguida Bjoern Kreitz—.
Discúlpeme, por favor. Además, ahora mismo tengo una cita con su colega, el doctor Neumann, para aclarar algunos detalles de cara a preparar la acusación.
Como le decía, quería darle las gracias en persona.
—Sonrió y se dio la vuelta—. Hasta la vista.
Julia se despidió también y se dirigió con paso decidido a la sala de autopsias.
No pensaba dejar que la entretuvieran una vez más.
Empujó la pesada puerta y vio a Lenja trabajando concentrada con el bisturí.
Ya había abierto la cavidad abdominal. Cuando se dio cuenta de que Julia estaba allí, se le iluminó la cara.
—Mira lo que hay en la mesa. He descubierto algo.
Julia se acercó a la mesa de acero inoxidable que había junto a la pared. Encima había una bolsa de plástico transparente. La puso a contraluz.
—¿Un pelo? —preguntó, incrédula.
—Lo he encontrado en el cuello del albornoz. Es negro. Nuestra víctima tiene el pelo castaño claro.
—Vaya. —Julia contempló el hallazgo con alegría—. ¿Sabes qué? Lo mando ahora mismo al laboratorio. Que hagan el análisis de ADN lo antes posible. Si es un pelo del asesino, podría ayudarnos muchísimo.
Lenja sonrió de oreja a oreja.
—¡Ojalá! —Después se le puso la cara seria de repente.
—Marcel ha estado contigo, ¿verdad? Lo he notado por las miradas de tu secretaria. ¿Qué quería? —preguntó.
Julia se sorprendió, pero no quería mentirle a Lenja bajo ningún concepto. El pelo podía esperar unos minutos.
—Tengo que decirte de su parte que ha cometido un error y que te quiere. La verdad es que parece bastante desesperado.
—Mmm —murmuró Lenja y extrajo el estómago con mano experta—. Pues la última vez sonaba de otra manera.
—Lo sé —le dio la razón Julia—. Creo que no contaba con que tú fueras a cortar por lo sano.
No quiero meterme donde no me llaman. Ya sabes cómo acabó lo mío con mi ex.
Después de su infidelidad, la cosa simplemente dejó de funcionar.
Pero a Marcel no consigo calarlo bien. A lo mejor va en serio y merece una segunda oportunidad.
Esa decisión tienes que tomarla tú, al margen de lo que piensen los demás.
Que a mí me parezca que lo correcto es romper no significa ni mucho menos que lo sea para ti.
Lenja no respondió. Apretaba las mandíbulas. Puso el estómago en la balanza y luego lo dejó deslizarse en una batea para abrirlo y examinar el contenido.
Julia se puso unos guantes de goma y se ocupó de los pies. Ahí estaban las marcas de punción, entre los dos primeros dedos. Lenja ya había raspado un poco de tejido de alrededor para el laboratorio.
—¿Ya has extraído humor vítreo para la prueba de insulina? —preguntó Julia.
Lenja asintió. A Julia la llenaba de orgullo lo bien que trabajaba a pesar de su estado de ánimo.
—Muy bien hecho —la elogió y la ayudó a sacar los intestinos de la cavidad abdominal. Cuando terminaron, se quitó los guantes.
—Lo primero, voy a mandar el pelo. Florian va a dar saltos de alegría.
Imagínate que tenemos una coincidencia en la base de datos y damos así con el asesino.
Vuelvo enseguida. —Julia cogió el pelo, guardado en la bolsa de pruebas, y fue a toda prisa a su despacho, donde se lo entregó a Kerstin Brandt.
—Llame, por favor, al jefe del laboratorio y dígale que es muy urgente —le pidió a su secretaria—. Necesitamos los resultados cuanto antes. A ser posible, mañana mismo.
Kerstin Brandt se puso manos a la obra de inmediato y prometió llevar el pelo en persona al laboratorio. Julia fue hasta su escritorio y marcó el número de Florian para contarle el hallazgo. Cuando por fin descolgó, él también tenía una buena noticia.
—Ya sabemos quién es el muerto del albornoz.