Capítulo 28
—Según ellos, está en su piso —dijo Florian con incredulidad y bajó el teléfono—. Pavlo Burakow ha estado en casa todo el día.
Julia vio la decepción en sus ojos. De pronto se le ocurrió algo.
—¿Y una salida trasera? Seguro que la patrulla ha estado solo delante del bloque, ¿no?
Florian le lanzó una mirada rápida.
—Vale. Vamos a comprobarlo nosotros mismos. —Y se llevó a Julia.
—No puedes sacarlo de la cama a timbrazos así como así —objetó Martin Saathoff y miró el reloj—.
Es plena madrugada. Hermann Meier nos va a arrancar la cabeza.
Imagínate que se entera la prensa. Ya me veo el titular.
«La policía judicial saca a un sospechoso de su piso a horas intempestivas sin orden de detención ni de registro».
—Me da igual —gruñó Florian y señaló el cuerpo, que en ese momento estaban trasladando del banco del parque a una bolsa para cadáveres—. En algún sitio hay dieciséis piezas anatómicas tiradas por ahí, y no pienso esperar a que este chalado atrape a la siguiente víctima para coserle una de ellas.
Saathoff masculló algo bajo el bigote y le lanzó las llaves del coche.
—Conduces tú.
A Florian no hubo que decírselo dos veces. Les hizo una seña para que lo siguieran hasta el coche y arrancó en cuanto se abrocharon los cinturones.
—¿Y Joerg Kannen? ¿A él también lo vigilan? —quiso saber Lenja. Se agarraba al asidero que había encima de la ventanilla mientras Florian atravesaba a toda velocidad un cruce con semáforo en el último segundo.
Martin Saathoff, que iba en el asiento del copiloto, se dio la vuelta y torció el gesto.
—Ni hablar —explicó—. Lo de la insulina es un indicio, sí. Pero mientras su mujer lo encubra, no tenemos nada que hacer. Tranquila, a la esposa la vamos a volver a apretar. En cuanto se entere de todo lo que hace su marido en su tiempo libre, a lo mejor cambia de opinión.
Florian los llevó en un tiempo récord por las calles nocturnas de Colonia.
En menos de quince minutos llegaron a la zona residencial donde vivía Pavlo Burakow.
Se dirigió al coche camuflado de los policías que vigilaban al sospechoso y aparcó justo detrás.
Bajaron todos casi a la vez. Florian dio unos golpecitos en la ventanilla.
Detrás estaba sentado un agente pálido y medio dormido. Este bajó el cristal de mala gana.
—Pero ¿qué pasa esta noche? —protestó y miró a Florian y a Julia con los ojos hinchados. A su lado estaba sentada una mujer que no parecía mucho más despierta. Normal, eran casi las cinco de la mañana.
—¿El edificio tiene entrada trasera? —le preguntó Florian al agente.
—¿Nos toma usted por tontos? —le ladró el otro—. Pues claro que no.
—¿Cuál es la ventana?
El policía señaló con el dedo hacia el edificio.
—Primer portal, segunda planta, a la izquierda. Ahí lleva horas todo a oscuras.
—Gracias —dijo Florian y cruzó a toda prisa la calle estrecha al amparo de la noche. Julia lo siguió, y también Lenja y Martin Saathoff, a cierta distancia.
El portal no estaba cerrado con llave, así que llegaron sin problemas hasta la puerta del piso de Burakow. Florian pulsó el timbre. Esperaron un momento, pero no pasó nada. Volvió a llamar.
Nada.
Golpeó la puerta con los nudillos.
—Pavlo Burakow —dijo en voz alta—. Abra la puerta. Es la policía.
Al otro lado del rellano se abrió la puerta de un piso. Apareció la cara arrugada de una mujer mayor. Los escudriñó con recelo desde unos ojos enrojecidos.
—¿La policía? ¿En plena madrugada?
Florian le puso la placa a la vecina delante de las narices.
—Estamos buscando a Pavlo Burakow. ¿Sabe usted si está en casa?
—¿No abre? —preguntó la anciana y arqueó las cejas—. Pues entonces estará en el sótano.
—¿En el sótano? ¿A estas horas?
La vecina asintió.
—Trabaja ahí, a veces día y noche. Rueda unas peliculillas. Hasta me ha alquilado mi trastero para tener más espacio. ¿Ha hecho alguna de las suyas?
El semblante de Florian resultaba impenetrable.
—Todavía no lo sabemos. ¿Y cuándo lo vio usted por última vez?
La mujer se ciñó más la bata.
—Ayer por la mañana, cuando bajé la basura, desde luego no estaba. Es que, cuando está en su piso, suele poner la música muy alta.
Julia fue la primera en bajar corriendo las escaleras.
En el sótano le llegó un olor a cerrado.
Buscó a tientas un interruptor. Algo le rozó la mano, pero contuvo un grito.
Cuando la luz azulada de los fluorescentes iluminó las paredes desnudas de hormigón, vio alejarse una araña pequeña.
Arrugó la nariz y miró a su alrededor. A izquierda y derecha había sendas puertas de sótano.
—Lo mejor es que nos separemos. Yo voy con Florian hacia la derecha y vosotros dos por el otro lado.
—Julia tiró de la pesada puerta cortafuegos y se coló por ella.
Florian la seguía pegado a sus talones. El primer fluorescente no daba luz, el siguiente parpadeaba con desgana y apenas iluminaba el estrecho pasillo.
A ambos lados se abrían los trasteros. En el fondo no eran más que cubículos de madera cerrados con candado.
—Deberíamos haberle preguntado a la vecina dónde está el trastero de Burakow —susurró Julia y al mismo tiempo vio pasar disparada una pequeña sombra negra por la pared. Solo faltaban las ratas, pensó, y se estremeció.
—Si Burakow trabaja aquí abajo, no se va a conformar con unos listones de madera y un candado. Mira, el último cubículo está completamente forrado —dijo Florian en voz baja y pasó por delante de ella.
—No está cerrado con llave —susurró y abrió la puerta con cuidado.
Lo primero que Julia oyó fue un ronquido regular.
Después vio una cabeza rapada que asomaba a medias por debajo de una manta negra.
Al lado sobresalía una mata de pelo de un rubio poco natural.
Al principio pensó que era Alina Petrowa la que estaba tumbada junto a Burakow, pero al segundo vistazo se dio cuenta de que era una muñeca sexual.
Asqueada, recorrió el sótano con la mirada.
Las paredes de hormigón estaban pintadas de un rojo oscuro.
En una estantería se amontonaban los más diversos juguetes sexuales.
Una cámara digital de gama alta, montada en un trípode, encuadraba el colchón sobre el que roncaba Burakow.
Por el suelo había botellas vacías y restos de comida.
Tenía toda la pinta de que allí se había celebrado una fiesta apenas unas horas antes.
—Qué va a estar trabajando. El tío está durmiendo —siseó Florian y zarandeó con fuerza a Burakow por el hombro.
El calvo parpadeó un par de veces y luego se incorporó de golpe.
—Maderos —soltó y clavó en Florian una mirada hostil—. Maldita sea, ¿qué hacen aquí?
—Nos gustaría saber dónde ha estado usted en las últimas veinticuatro horas —repuso Florian con calma.
Burakow se puso en pie a duras penas. Solo llevaba unos bóxers, pero no parecía importarle.
—He estado rodando —respondió y señaló la cámara—. Puede comprobarlo usted mismo.
Julia encendió la cámara y estuvo deslizando el dedo por la pantalla hasta que encontró la lista de las últimas grabaciones.
Efectivamente, Burakow había producido bastantes vídeos en las últimas horas.
Vio un momento una escena. Se había filmado a sí mismo mientras se lo montaba con una desconocida de pelo negro.
Julia pulsó el botón de parada y comprobó las horas de grabación.
—¿Y qué hacía usted en las pausas? Por ejemplo, hace ocho horas. Si miro las marcas de tiempo, la cámara estuvo casi noventa minutos sin grabar.
Pavlo Burakow resopló, harto.
—Por culpa de ustedes se ha largado Alina —maldijo y se puso una camiseta sobre el torso musculoso—. ¿Tienen idea de lo que eso significa para mi negocio? Marina, con la que he rodado hoy, es mucho más cara, y además voy con un retraso enorme. La gente necesita material nuevo.
Julia guardó silencio. No tenía ni idea de cuánto sabía Burakow sobre la taquilla de la consigna de la estación central, y no quería irse de la lengua bajo ningún concepto.
—Bueno, yo más bien creo que a la señora Petrowa no le apetecía seguir colaborando con usted —dijo Florian—. Necesito los datos de contacto de su nueva compañera, Marina, y ahora haga el favor de responder a la pregunta. ¿Qué hizo usted durante las pausas del rodaje?
—Maldita sea, llamen a mi abogado. No pienso hablar sin él. Eso deberían tenerlo claro, digo yo. Yo no he hecho nada. ¿Por qué no acaban de entenderlo de una vez?
—¿Podemos llevarnos la cámara? —preguntó Julia y por si acaso fotografió con el móvil lo que se veía en la pantalla.
—No —gruñó Burakow—. Ustedes lo único que quieren es cargarme el muerto. ¡Váyanse! Este sótano es mío.
—De acuerdo —dijo Florian—. Entonces continuaremos nuestra conversación en la comisaría. Traiga a su abogado y preséntenos pruebas que lo exculpen. Porque, si no, la cosa no pinta nada bien para usted.
Probablemente solo Julia era capaz de oír la inseguridad en la voz de Florian, porque Burakow se limitó a abrir mucho los ojos, indignado, y a cruzarse de brazos.
—¡Adiós! —masculló y les dio la espalda sin disimulo.
Julia salió al pasillo. El fluorescente del techo seguía parpadeando. Justo al lado del trastero de Burakow había otra puerta cortafuegos, y se preguntó qué habría detrás.
—Vamos a echar un vistazo ahí —le susurró a Florian y abrió la puerta.
Ante ellos se extendía un pasillo idéntico, con trasteros a ambos lados.
Al final, a unos veinte metros quizá, había otra puerta cortafuegos.
Se dirigió hacia ella y llegó al siguiente pasillo, construido exactamente igual.
Con una excepción, eso sí: el pasillo terminaba en un muro de hormigón.
Julia dio media vuelta y encontró la escalera a mano derecha.
Subió los peldaños y abrió el portal. El coche de los policías que vigilaban a Burakow estaba justo al final del enorme bloque de viviendas.
Julia y Florian estaban a unos setenta metros largos, al otro lado.
Lenja y Martin Saathoff esperaban delante del coche oficial. Nadie miraba en su dirección.
Florian dijo en voz alta lo que Julia estaba pensando.
—Este portal seguro que los compañeros no lo tenían controlado. No hay salida trasera, pero los sótanos están comunicados. —Negó con la cabeza—. ¡Maldita sea! Burakow ha podido salir y volver a entrar tan tranquilo todo este tiempo sin que nadie lo viera.
Julia tiró de Florian hacia los coches y dio unos golpes en la ventanilla de la patrulla camuflada. La agente bajó el cristal.
—¿Nos ha visto? —preguntó Julia.
—¿A qué se refiere?
—¿Por dónde acabamos de salir?
La mujer se encogió de hombros y miró a su compañero con impotencia.
—Maldita sea —soltó Florian—. Se han pasado todo el tiempo vigilando solo el primer portal. Los sótanos están comunicados entre sí. Nosotros hemos entrado por delante y hemos salido por allí atrás. —Señaló la entrada por la que habían salido.
La agente palideció y se bajó del coche para observar el bloque de viviendas con más detenimiento.
—¿No lo comprobaron antes?
—Rodeamos el edificio y nos aseguramos de que no hubiera salida trasera. Pero no entramos —admitió, cabizbaja.
Florian suspiró en voz baja.
—Vale. A partir de ahora, hagan el favor de vigilar todas las salidas.
La agente asintió y volvió a sentarse en el coche. Julia miró una vez más hacia el bloque. En la segunda planta del primer portal se encendió la luz.
—Parece que Burakow ha vuelto a su piso —comentó Julia y se sentó junto a Lenja en el asiento trasero del coche oficial de Florian.
—Una cosa así no debería haber pasado —protestó Florian y cerró de un portazo la puerta del conductor.
—Deberíamos poner vigilancia también a Joerg Kannen —propuso Martin Saathoff—. Luego hablo con el jefe. Seguimos estancados en el mismo sitio y no podemos descartar a ningún sospechoso.
—De acuerdo —dijo Florian y buscó a Julia con la mirada por el retrovisor—. ¿Os llevo a casa? Dentro de un par de horas puedo acercarte el coche y ya cojo el tren o el autobús.
Julia asintió y bostezó a la vez. Se sentía completamente hecha polvo y quería meterse en la cama al menos dos o tres horas más.
A Lenja le pasaba lo mismo. Iba en el asiento trasero con los ojos cerrados.
Florian detuvo el coche justo delante del portal de Julia.
A la luz de los faros apareció un momento una figura.
—¿Y quién es? —preguntó Martin Saathoff.
—¿Dónde? —quiso saber Florian.
—Ahí hay un tío delante del portal de tu novia. Más vale que lo comprobemos. —Saathoff salió de un salto.
Julia lo siguió. Ella no había visto a nadie. Cuando Saathoff se acercó al edificio, se encendió la luz de encima de la entrada.
—¿Marcel?
Julia no se había dado cuenta de que Lenja estaba justo detrás de ella.
—¿No me digas que has estado esperando aquí toda la noche? ¿Qué haces aquí? —preguntó su ayudante.
El joven se separó de la fachada.
—Acabo de llegar. ¿Podemos hablar? —Dio un paso hacia Lenja, pero Martin Saathoff le cerró el paso.
—Yo no quiero hablar —replicó Lenja.
Martin Saathoff abrió los brazos para que Marcel no pudiera pasar de largo.
—Ahora te vas a ir a casita, y en cuanto a Lenja le apetezca, ya te llamará ella —gruñó y se apartó a un lado cuando Marcel asintió.
El joven le lanzó a Lenja una mirada ardiente y se largó.
—Pues el tío es bastante pesado —observó Florian y le dio a Julia un beso de despedida.
—Duerme un poco —dijo Julia y entró en casa con Lenja.