Capítulo 27
Era casi como si ya solo conociera un estado.
Estaba cansada y agotada. Teresa arrastraba los pies por el pasillo e intentaba ignorar el dolor de cabeza punzante.
Desde el incidente con la señora Burkhart, la paciente de los retortijones, se sentía como una prisionera bajo vigilancia.
No conseguía quitarse de encima la sensación de que sus compañeros la espiaban.
Sin ir más lejos, ese mediodía, al entrar ella en la sala de médicos, se había hecho el silencio de golpe.
Todos se la habían quedado mirando. En sus ojos, Teresa había leído el reproche.
Pero ¿cómo pudiste dejar sola una hora entera a una paciente con retortijones?
Le habría gustado ponerse a gritar, pero no se había atrevido y se había sentado en su sitio sin decir nada.
Como si fuera la única que cometía un error de vez en cuando.
Conocía por lo menos otros dos incidentes de la misma magnitud en los que después los compañeros no se habían comportado así.
Y al fin y al cabo todo había salido bien.
A Teresa se le humedecieron las palmas de las manos al recordar sus esfuerzos desesperados por reanimar a la señora Burkhart.
El médico adjunto había aparecido y estaba a punto de llevársela aparte.
Justo en ese momento, el corazón de la paciente había vuelto a latir.
Habían estabilizado a la mujer y la habían llevado al quirófano.
La señora Burkhart tenía una perforación de apéndice y por poco no lo cuenta.
Pero ya estaba mejor. Cierto que se le podía reprochar no haber dado antes con el diagnóstico.
Aunque eso valía también para los compañeros de urgencias.
Visto a posteriori, todos los síntomas apuntaban en esa dirección.
Pero con el estrés, sola de noche y agotada por la falta de sueño, veía el mundo de otra manera.
—Esto va a tener consecuencias —había dicho el médico adjunto, y desde entonces Teresa temblaba cada vez que se cruzaba con él en el hospital.
Hasta el momento, sin embargo, solo se habían cruzado a toda prisa, sin decirse una palabra. Durante el pase de visita tampoco había tiempo. Teresa esperaba que él se olvidara del asunto sin más.
Entró en una habitación y revisó el vendaje de un hombre recién operado. Todo parecía estar en orden. Se acercó a la cama siguiente y repitió el procedimiento. En la habitación había tres pacientes y, justo cuando acababa de terminar, el médico adjunto apareció en la puerta.
—Señora Buchholz, tendría que hablar un momento con usted.
Teresa dio un respingo. No le gustó la manera en que la miraba.
—Por supuesto —respondió ella con toda la calma que pudo y lo siguió por el pasillo y escaleras abajo hasta su despacho.
—Siéntese, por favor —le indicó, y Teresa obedeció.
No había estado allí muchas veces y, curiosamente, esta vez se fijó en lo pequeño y lo cutre que era el despacho.
La lámpara del techo parpadeaba con una luz fría y hacía que los rasgos del médico adjunto parecieran aún más severos que de costumbre.
A Teresa le empezaron a sudar las manos.
Sabía que aquella conversación no podía traer nada bueno.
Probablemente le iban a poner una amonestación.
Se imaginaba cómo iban esas cosas. Lo más seguro era que hubieran preguntado por ella a todos los compañeros; que se hubieran interesado por cada cuánto cometía errores, por lo rápido que trabajaba y por si encajaba bien en el equipo médico.
Por las miradas que le habían caído encima ese día en la sala de médicos, podía hacerse una idea de lo que habían contado sobre ella.
El médico adjunto soltó un carraspeo aparatoso y rebuscó en un montón de papeles que tenía sobre el escritorio.
—Quería aprovechar la ocasión para hacerle una valoración de su trabajo.
—Hizo una pausa y la miró fijamente. Teresa se removió inquieta en la silla—.
En conjunto estoy satisfecho con su dedicación y con la manera en que atiende la planta.
Pero incidentes como esa perforación de apéndice que pasó desapercibida dañan la reputación de nuestro hospital, y por eso he pedido sus certificados al departamento de personal.
—Cogió una hoja de papel y repasó el texto por encima.
—A sus notas no hay nada que objetar. Por eso me sorprende todavía más que no diera usted a tiempo con el diagnóstico correcto.
Naturalmente, también he preguntado por ahí y he hecho algunas averiguaciones.
—Volvió a hacer una pausa, y a Teresa le costaba seguir sentada sin moverse.
Lo que más le apetecía era levantarse de un salto y salir corriendo.
—A los compañeros, en general, les gusta trabajar con usted.
Teresa tardó un rato en comprender aquellas palabras. Al final asintió, contenta. Pero algo en la cara del médico adjunto no la dejó respirar aliviada. Él le puso delante un documento.
—Por eso me interesa aún más saber cómo ha conseguido usted esta referencia.
Yo trabajé mucho tiempo con el profesor Palem.
Nos conocemos de la facultad. Ayer hablamos por teléfono.
No me malinterprete: entiendo perfectamente que, con el estrés del día a día, uno no pueda acordarse de todo.
El profesor Palem tiene fama de despistado.
—El médico adjunto se inclinó hacia ella y dio unos golpecitos en la hoja—.
Pero hay una cosa que sí tiene que explicarme.
¿Por qué no consigue él acordarse de una médica residente que dice haber trabajado dos años a su lado?