Capítulo 25
Dos años antes
Anne recorría la calle comercial como un animal acosado.
Desde que se enteró de que Frank Laganis estaba otra vez en libertad, vivía con un miedo permanente.
A esas alturas ya no la entendía nadie, pero él la perseguía.
Aunque su marido no aprobaba en absoluto la excarcelación anticipada de Laganis, consideraba que aquello eran imaginaciones suyas.
Los primeros días todavía la había acompañado a todas partes para darle seguridad.
Ella había visto varias veces a su verdugo; su marido, por desgracia, no.
Habían estado en el supermercado y Anne había descubierto a Frank Laganis en el mostrador de la carnicería.
Se había quedado mirándola con aquellos ojos oscuros y malvados.
Ella le había dado un toque a su marido y le había señalado a Laganis.
Como por arte de magia, de pronto había desaparecido.
Su marido incluso le había preguntado por él a la dependienta de la carnicería, pero esta se había limitado a negar con la cabeza sin entender nada.
—¿Se refiere al señor Volgmann? Lleva años viniendo aquí y va camino de los setenta.
Su marido la había mirado como si le faltaran unos cuantos tornillos.
Nunca en su vida se había sentido tan incomprendida.
¿Cuándo se había cambiado de bando su marido?
¿Desde que ya no tenían relaciones? Echó cuentas hacia atrás.
Le cuadraba. Y luego estaba lo del parque.
Frank Laganis la había seguido en bicicleta.
Llevaba el casco tan calado que por debajo solo asomaban aquellos ojos malvados.
Se escondía cada vez que Anne se lo señalaba a su marido.
Era para desesperarse. Consiguió que él fuera a mirar detrás de un árbol y de unos arbustos, pero Laganis siguió sin aparecer.
—Te entiendo, Anne. Tú ves de verdad a ese hombre.
Y, aun así, no está ahí. ¿Qué dice el doctor Reuscher de cómo va la terapia?
—había preguntado él al final, y Anne se había marchado indignada.
Desde aquel episodio, no había vuelto a hablar con su marido de Frank Laganis.
Ni siquiera cuando lo descubría cerca de ella.
Anne se detuvo ante un escaparate y miró a su alrededor con cautela.
A Frank Laganis no se le veía por ninguna parte.
Se le revolvía el estómago. Sabía perfectamente que estaba allí.
Entró en la tienda e hizo como que buscaba un vestido.
No perdía de vista la entrada. Rebuscó en un expositor de rebajas y después se probó unos zapatos.
En ese momento, el monstruo se deslizó por delante del escaparate.
Sus miradas se cruzaron y a Anne el corazón se le paró unos instantes.
¡Ahí estaba, el malnacido! Soltó los zapatos y corrió descalza hacia la puerta.
Pero, cuando lo buscó entre la marea de gente que había delante de la tienda, era como si se lo hubiera tragado la tierra.
—¿Va todo bien? —preguntó una dependienta.
—¿Ha visto usted también a ese hombre alto y moreno?
La dependienta negó con la cabeza.
—No. No me he fijado en nadie. Sus zapatos y su bolso siguen dentro de la tienda.
Anne le dio las gracias y recogió sus cosas, absorta.
Poco a poco estaba perdiendo la cabeza. A esas alturas ni ella misma estaba segura de que Frank Laganis hubiera pasado de verdad por delante de la tienda.
Quizá su marido tuviera razón después de todo y estuviera empezando a ver cosas que no existían. ¿Se estaba volviendo loca?
Completamente descolocada, emprendió el camino de vuelta.
No había comprado nada, y eso que había ido al centro justamente para eso.
Quería darse un capricho y sentir un asomo de normalidad.
Se sentía una fracasada. Ya ni siquiera era capaz de gastar dinero.
Frustrada y agotada, llegó a su coche. No sabía cuánto tiempo más podría seguir viviendo así.
Una lágrima le resbaló por la mejilla. Al abrir de un tirón la puerta del conductor, reparó en el paquete.
Estaba sobre el capó y llevaba su nombre escrito.
Unas letras feas y deformes que la miraban fijamente.
A n n e
Le dio un empujón al paquete. Resbaló del capó y ella lo dejó allí tirado en el polvo.
Arrancó el motor a toda prisa y se marchó haciendo chirriar los neumáticos.
Le martilleaba la cabeza. El paquete venía de él.
Laganis quería llevarla al manicomio. Se planteó llamar a su marido.
Pero él seguro que no la creería. La dejaría pronto si no acababa de una vez con aquel numerito.
Solo que no podía. Laganis estaba ahí fuera y la perseguía. Se jugaba la vida.
En ese momento, Anne ya no estaba tan segura de querer seguir viviendo.
En realidad, lo único que deseaba era librarse de aquellos sentimientos espantosos.
Aquella mezcla de pánico, desesperación y rabia.
Necesitaba calma y paz. De pronto la muerte se le apareció como una amiga.
Podría darle exactamente lo que tanto ansiaba.
De repente, Anne se encontró en la entrada de su casa.
Debía de haber hecho todo el trayecto como teledirigida.
Al menos no había tenido ningún accidente.
Se bajó y fue a toda prisa hacia la puerta.
Una ducha caliente le quitaría de la cabeza todos aquellos pensamientos negros.
Ante el escalón de la entrada se detuvo en seco y no dio crédito a sus ojos.
Se quedó sin aire y miró a su alrededor.
¿Dónde se había metido aquel monstruo y por qué le hacía eso?
En el umbral estaba el paquete que acababa de tirar.