Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 24
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Capítulo 24

No se cansaba de mirarlo. Había editado a fondo el vídeo, grabado dos semanas antes.

Ahora era perfecto y encima ya se estaba haciendo viral.

Su obra había recibido más de mil likes en solo tres días.

Sonrió satisfecho y se quedó mirando la pantalla hasta que le lloraron los ojos.

Luego se llevó la mano a la entrepierna y se masajeó el paquete.

Se imaginó cómo sería tocar a la mujer del vídeo y no limitarse a filmarla.

Últimamente lo hacía más a menudo. De pronto, las imágenes ya no le bastaban.

Antes había sido capaz de satisfacerse durante semanas con una sola foto.

Ahora eran vídeos, y cada vez con más frecuencia seguía a mujeres que le gustaban.

Le hormigueaban las yemas de los dedos. Sabía que, en realidad, no podía permitirse ni un paso en falso.

Al menos no mientras su agente de la condicional no le quitara ojo.

La primera vez que había visto a aquella morena tan atractiva, casi se había atragantado con el chicle.

Mareike era la única con la que no había faltado nunca a una cita.

Y encima llegaba siempre puntual. Si era sincero consigo mismo, tenía que admitir que por la calle iba buscando a ese tipo de mujer.

Buscaba un sustituto, alguien a su alcance.

A Mareike no la conseguiría nunca. Ella jugaba en otra liga.

Eso lo tenía clarísimo. Tampoco era tonto.

Sus miradas lo decían todo. Irradiaban un desinterés absoluto por él como hombre.

Ahí no había ni una chispa sobre la que construir nada.

Se quitó los calzoncillos y tiró aquel trozo de tela húmedo al cesto de la ropa sucia.

Después de ponerse ropa limpia, salió de casa con una bolsa de deporte.

Primero dio vueltas sin rumbo por la zona, con la esperanza de cruzarse con alguna mujer interesante.

Pero en invierno no había mucho movimiento en las calles.

Además, la mayoría de la gente iba bien tapada.

Suspiró. En verano lo tenía muchísimo más fácil.

Le encantaba pasear por las calles comerciales abarrotadas y colar la cámara con disimulo bajo las faldas cortas.

Aquello no solo era divertidísimo: en la red también funcionaba de maravilla.

No se cansaba nunca. Con el frío, en cambio, tenía que conformarse con lo poco que había.

Puso rumbo a la piscina y aparcó lo bastante lejos de la entrada para que la cámara de seguridad de encima de la puerta no captara su coche.

Se puso la gorra de béisbol y se la caló hasta las cejas.

Con la cabeza gacha y la bolsa en la mano entró en el edificio y fue directo al vestuario de hombres.

Allí se desnudó y se echó por encima un albornoz rosa.

Menos mal que en ese momento no había nadie.

Al salir del vestuario sacó una peluca rubia de pelo largo y se la puso.

Después desapareció en el aseo de señoras.

La puerta de la primera cabina estaba abierta.

Perfecto. Entró a toda prisa y echó el pestillo.

Con el tiempo había ido perfeccionando cada vez más sus técnicas.

Antes se pasaba a veces horas en un aseo, esperando a que alguien entrara por fin en la cabina de al lado para colar la cámara por debajo del tabique.

Ahora prefería instalar cámaras ocultas.

En la cabina contigua había colocado una debajo del gran portarrollos redondo y otra encima del tabique.

Llevaban grabando veinticuatro horas y esperaba un buen botín.

Lleno de expectación, retiró los diminutos aparatos y se los guardó en el bolsillo del albornoz.

Justo cuando iba a abrir la puerta, entró alguien.

Se quedó quieto y aguzó el oído. Por lo visto eran dos; no, tres chicas. Reían y hablaban entre ellas.

—Yo creo que Tom está bastante cachas, y cómo te ha mirado antes —bromeó una voz aguda.

—No sé si de verdad está colado por mí. Ayer en el patio le estaba tirando los tejos a Maja.

—Anda ya. Si lleva semanas sin mirar a otra que no seas tú. Mierda, que me meo.

Sin previo aviso, una de las chicas sacudió su puerta.

—Ocupado —susurró él con voz aguda.

Al instante se abrió y se volvió a cerrar la puerta de la cabina de al lado.

La tapa del inodoro chocó contra la pared.

Se imaginó a la chica bajándose los pantalones y sentándose en la taza.

Solo de pensarlo le entró un calor tremendo.

Sacó una cámara a toda prisa y la coló por debajo del tabique.

Oyó el chorrito mientras ella se aliviaba y sonrió con lascivia.

Lástima que no estuviera sola. Aquel sonido lo ponía a cien. Y ella tardaba tanto. Le encantaba.

Cuando la chica terminó, se planteó muy en serio seguirla.

Pero luego aquello podía acabar como la última vez, y no le apetecía nada otra temporada en la cárcel.

Tenía que contenerse. Con pesar la oyó tirar de la cadena y desaparecer del aseo con sus amigas.

Se tumbó en el suelo y alcanzó a ver fugazmente la braguita rosa de su bikini.

La cría salió meneando aquel culo respingón y él fue incapaz de moverse durante unos segundos.

¿Y si la esperaba a la salida de la piscina?

Podría seguirla, averiguar dónde vivía y grabar unos cuantos vídeos más de ella.

Una voz interior le advirtió, pero la ignoró.

Tenía que volver a ver a esa mujer, costara lo que costase.

No la tocaría. Nadie podía tener nada en contra de que se limitara a observarla un poco.

Total, no le hacía nada. Y aunque la tocara un momento, tampoco le haría daño.

Mientras no le pegara. Solo quería acariciarle la piel.

Con mucha suavidad. Y, si a ella le gustaba, podría ir más allá.

Le metería las manos bajo la camiseta y quizá en otras partes.

Al fin y al cabo, las mujeres tenían tantas ganas como los hombres.

No era sano no desfogarse. Él sería el hombre indicado para ella. Lo notaba.

Con el corazón acelerado descorrió el pestillo de su cabina.

Justo en ese instante volvió a entrar alguien en el aseo de señoras.

No podía creerse la de gente que había a esas horas.

Volvió a cerrar a toda prisa y esperó. De nuevo sacudieron su puerta.

Esta vez sacó la cámara enseguida. Tuvo suerte: la mujer eligió la cabina contigua.

Colocó la cámara por debajo del tabique y oyó levantarse la tapa del inodoro.

Escuchó expectante, pero el chorrito se hizo esperar.

Se oyó un roce de ropa. Probablemente se estaba bajando los pantalones. Él se relamió.

De repente algo raspó contra las baldosas.

Temió que hubieran descubierto su cámara y la retiró rápidamente.

Una caja de plástico azul se deslizó por debajo de la cabina hasta él.

La miró desconcertado. Sin pensarlo más, la levantó y abrió la tapa.

Le llegó un olor espantoso que, aun así, era menos terrible que el contenido.

En la caja había dos manos cortadas. Parecían de lo más reales.

Horrorizado, tocó con la yema del dedo la piel grisácea.

¡Maldita sea! Aquello no era goma. Volvió a cerrar la tapa por instinto.

Antes incluso de que el cerebro le procesara del todo aquella información, la puerta de la cabina se abrió de golpe y le dio en la cabeza.

Un dolor violento lo atravesó. Ante sus ojos bailaron destellos deslumbrantes.

Alguien lo agarró y tiró de él hacia fuera.

—Tú te vienes conmigo, y como hagas el más mínimo ruido…

Algo duro se le clavó en las costillas. Aturdido, obedeció y avanzó tambaleándose delante del desconocido. Solo cuando ya estaba amordazado en el maletero de aquel coche ajeno comprendió que le había llegado su última hora.