Capítulo 23
Curiosamente, Joerg Kannen vivía a solo trescientos metros de Nils Deuss.
El bloque de pisos, bastante deteriorado, albergaba más de veinte viviendas.
La pintura se desconchaba por todas partes y en la escalera olía a cerrado, a una mezcla de aire viciado, comida y sudor.
Julia subió los escalones hasta la tercera planta detrás de Florian y de Martin Saathoff, mientras pensaba cuántos minutos necesitaría Joerg Kannen para llegar a casa de Nils Deuss.
Calculó que cinco como mucho. En teoría podría haber cometido un asesinato, trayecto incluido, en apenas una hora.
Hasta entonces, la policía le había prestado poca atención.
Pero desde que Martin Saathoff había descubierto, a través del número de cuenta, que trataba con Carina Muehlheim bajo el nombre de X-Man , las tornas habían cambiado.
Naturalmente, seguían sin perder de vista a Pavlo Burakow como principal sospechoso.
Una patrulla de paisano vigilaba cada uno de sus pasos.
Pero que hasta el momento Burakow no tuviera ninguna conexión con las dos víctimas —y Joerg Kannen sí— les hacía dudar de su culpabilidad.
—Es aquí —dijo Florian y llamó al timbre.
Acto seguido se abrió la puerta. Apareció una mujer esquelética, con el pelo largo y lacio, y les hizo un gesto para que pasaran.
—¿Son ustedes de la policía? —preguntó, por lo visto sin el menor interés, y señaló una habitación a la derecha del estrecho pasillo—. Siéntense. Voy a buscar a mi marido.
Joerg Kannen, salvo por una barriga incipiente, parecía estar en buena forma. Llevaba el pelo rapado y una barba de tres días. Examinó con frialdad a Julia y a sus dos acompañantes.
—Me llamo Florian Kessler, soy de la policía judicial. Estos son mi compañero Martin Saathoff y nuestra médica forense, Julia Schwarz.
—Si ya se lo he contado todo a sus compañeros —refunfuñó Kannen y se dejó caer pesadamente en un sillón—. Lo apuntaron. No tengo nada más que decir. Estaba en casa. Mi mujer puede confirmarlo.
—Eso ya lo sabemos —repuso Florian—. Sin embargo, la investigación ha sacado a la luz novedades en las que tenemos que profundizar.
—¿Han cogido al asesino de Nils? —preguntó Joerg Kannen, incrédulo.
—Todavía estamos al principio.
—Vale. A mí lo único que me interesa, en realidad, es si voy a recuperar mi pasta. Sus compañeros no tenían ni idea, pero a lo mejor usted sí lo sabe, señor inspector.
—Kessler —dijo Florian con calma—. Puede llamarme simplemente señor Kessler . En cuanto a su dinero, tendría que dirigirse a los familiares. En este caso sería Nicole Deuss.
—¿Nicole? —Joerg Kannen negó con la cabeza—. Pero si esa no tiene un céntimo. ¿De dónde va a sacar dos mil euros?
—No le puedo decir más. Debería ponerse en contacto con un abogado. Él le explicará mejor la situación legal y las opciones que tiene.
—Menudo canalla —estalló Joerg Kannen, apretando los puños—. Bien merecido tiene estar ahora bajo tierra. ¿Sabían ustedes que le pegaba a su mujer?
—Sobre eso no podemos decir nada. Lo que nos interesa es si conoce a esta mujer. —Florian dejó una foto de Jana Petersmann sobre la mesa rayada del salón.
Joerg Kannen contempló la foto con atención.
—Es muy guapa, pero no la conozco.
—¿Y qué hay de esta otra? —Florian colocó al lado una foto de Carina Muehlheim.
Joerg Kannen se puso rojo al instante.
—Ni idea de quién es —gruñó y le devolvió las fotos a Florian de un capirotazo por encima de la mesa.
—¿Y esta página web, le suena de algo? —Florian le puso delante de las narices una impresión de la página de inicio del servicio de acompañantes.
La mirada de Kannen se desvió, inquieta, hacia la puerta del salón.
—¿Es necesario esto ahora? ¿Delante de mi mujer? —siseó, se levantó de un salto y cerró la puerta—. ¿Quieren arruinarme? Mi mujer me pone de patitas en la calle. Bastante tengo ya con que probablemente no vuelva a ver esos dos mil euros.
—¿Qué pasa entonces con este servicio de acompañantes? ¿Ha recurrido usted alguna vez a él?
Joerg Kannen se frotó la nuca con fuerza.
—Una o dos veces, quizá. Nada más —admitió y miró a Florian con hostilidad.
Martin Saathoff frunció los labios y sacó una hoja de papel del bolsillo.
—Según mis datos, solo este año ha contratado usted el servicio diez veces.
Joerg Kannen empezó a sudar. El interrogatorio le resultaba visiblemente incómodo.
—¿Y qué tiene eso que ver con el asesinato de Nils Deuss? —quiso saber.
Florian no entró al trapo.
—O sea, que conoce a estas dos mujeres. ¿Por qué no lo ha dicho desde el principio? La puerta está cerrada. Su mujer no puede oírnos.
—¿Reconocería usted que se gasta dinero en sexo?
Florian asintió.
—En una investigación por asesinato, desde luego que sí.
—Está bien: con Carina quedo de vez en cuando. La otra no quiso. Creo que se llama Jana o algo así.
—Jana Petersmann, para ser exactos. ¿Qué hizo usted hoy hace una semana?
Joerg Kannen torció el gesto.
—Trabajar. Soy enfermero en un hospital. No me irá a decir ahora que esa mujer está muerta. —Señaló la foto de Jana Petersmann.
Florian guardó silencio un momento.
—¿Y qué hizo al salir del trabajo? —preguntó entonces.
Joerg Kannen apretó los labios. Negó despacio con la cabeza.
—Sin un abogado no digo ni una palabra más —soltó por fin y salió del cuarto como una exhalación.
—Estupendo —gimió Florian—. Así no avanzamos ni un paso. Voy a preguntarle ahora a la mujer por su coartada. —Se levantó y salió también del salón. Saathoff lo siguió pisándole los talones, mientras Julia echaba otro vistazo a su alrededor.
El piso no era muy grande. El mobiliario parecía viejo y desgastado.
En una estantería vio la foto de boda de Joerg Kannen y su mujer.
Entonces ella se veía muy feliz, no consumida y en los huesos como ahora.
Julia se dio la vuelta y vio que la puerta del fondo de la habitación estaba entornada.
Curiosa, se asomó por la rendija y descubrió el dormitorio.
Empujó un poco la puerta. Una cama de matrimonio ancha ocupaba la mayor parte de aquel cuarto cargado.
Al lado había un armario que también había conocido tiempos mejores.
Una de las puertas de espejo estaba resquebrajada y la otra colgaba torcida de los goznes.
La alfombra redonda de delante de la cama se veía descolorida, con las fibras aplastadas de tanto pisarlas.
Julia observó el resto de la habitación.
Un objeto de la mesilla de noche le llamó la atención.
Se coló dentro y examinó la mesilla de cerca.
Pero, antes de que pudiera cogerlo, oyó a alguien a su espalda.
—¿Está usted fisgando por aquí? —Joerg Kannen apareció de pronto en la puerta y la miró con dureza. Julia no lo había oído llegar.
—No, he oído un ruido. Como si hubiera reventado una manguera, y quería asegurarme —mintió Julia. Comprobó con asombro que su voz sonaba bastante serena, aunque el pulso se le había disparado.
—Hacen ustedes una pareja muy bonita —añadió y pasó rozándolo camino del salón—. He visto su foto de boda.
Joerg Kannen carraspeó.
—De eso hace mucho.
Julia no respondió. Fue a toda prisa al recibidor, donde Florian y Martin Saathoff ya la esperaban. Kannen le resultaba condenadamente inquietante. Salió disparada del piso y bajó la escalera. Cuando ya estaban de nuevo en el coche, Julia anunció lo que acababa de descubrir en el dormitorio.
—Joerg Kannen es diabético. Tiene una pluma de insulina en la mesilla de noche, y no necesitaba ni cinco minutos para llegar al piso de Nils Deuss.