Capítulo 22
Julia había pasado las primeras horas del nuevo día con Florian en la comisaría.
Lenja, después de su pequeño paréntesis, había aparecido inesperadamente a primera hora en el instituto forense y la había sustituido.
A Julia le retumbaba la cabeza. Habían intentado reconstruir el recorrido que Alina Petrowa había hecho con ella durante la noche.
Aun así, quedaban lagunas que Julia no lograba rellenar.
No conocía todas las calles de Colonia y, por mucho que se esforzara, sus indicaciones seguían siendo vagas.
Sin duda habían dado rodeos, probablemente para despistar a la policía.
Dio unos golpecitos en el plano de la ciudad pegado a la pared del despacho de Florian.
—Pudo ser esta o la calle paralela. Lo siento. —Se dio la vuelta y se encogió de hombros—. ¿Tan importante es reconstruir el trayecto exacto?
—La policía científica podría encontrar pruebas en el recorrido —respondió Florian.
Julia deslizaba el dedo, absorta, por la pantalla de su móvil, que la policía había recuperado del aseo de señoras del cine.
Se sentía fatal. Un policía se habría acordado sin duda de todos los detalles con pelos y señales.
Julia, en cambio, había pasado demasiado miedo y no se había fijado nada en el camino.
Al menos habían detenido a Pavlo Burakow esa misma noche.
Por desgracia, él negaba cualquier participación en los asesinatos.
En realidad, a aquel malnacido solo le interesaba dónde se había metido Alina Petrowa.
Julia había visto la ira en sus ojos. Burakow no podía echarle el guante a la rusa bajo ningún concepto.
Las pruebas contra él, sin embargo, eran escasas.
La policía científica solo había encontrado en el frasco las huellas de Julia y de Martin Saathoff.
Tampoco en la tarjeta de acceso a la taquilla había rastro alguno de Burakow.
El examen de la consigna automática seguía en marcha.
Dependían, por tanto, de la declaración de Alina Petrowa, y esta parecía haberse esfumado.
Hasta el momento nadie había avistado ni a ella ni al coche de Burakow.
Y eso que había una orden de búsqueda en todo el país.
—Por lo visto no he sido de gran ayuda —murmuró Julia y se sentó. Se dejó caer contra el respaldo de la silla de Florian y se masajeó la nuca dolorida.
Justo en ese momento se abrió la puerta de golpe y el superior de Florian se asomó.
—Malas noticias —empezó Hermann Meier y entró—. La jueza no dicta la orden de detención. Pavlo Burakow puede irse. Estoy cabreadísimo. Su abogado está dando saltos de alegría.
En el despacho se hizo un silencio absoluto. Nadie se movió. La idea de que un posible asesino en serie volviera a quedar en libertad resultaba monstruosa.
—¿Y qué pasa con la orden de registro del piso? —preguntó Florian, que había reaccionado más rápido que los demás—. ¿Podemos entrar? Ahí tiene que haber pruebas.
Hermann Meier negó con la cabeza.
—Denegado todo. Las pruebas son demasiado escasas y, además, según dicen, no hay riesgo de fuga.
—Ese tipo podría tener sobre su conciencia la muerte de dos personas.
¿Es que eso no cuenta para nada? —protestó Martin Saathoff, indignado—.
A lo mejor, con la próxima víctima, la jueza se encarga en persona de informar a los familiares, para que vea de una vez lo que se siente.
Estamos hablando de un posible asesino en serie.
¡El autor se ha llevado nada menos que veinte piezas anatómicas!
—Lo sé, pero por desgracia no puedo hacer más.
Tienen que estrechar más el cerco sobre el sospechoso.
Tráiganme pruebas y no solo conjeturas. Necesitamos testigos o rastros concluyentes.
Llamadas de teléfono, algo sólido. —Hermann Meier levantó las manos, negando con la cabeza—.
Mejor que vuelvan a ponerse a trabajar ahora mismo.
Yo volveré a hablar con la jueza, pero ustedes mismos saben que no tenemos gran cosa.
—Se dio la vuelta y salió del despacho con paso firme.
La puerta se cerró de un golpe y durante un rato reinó de nuevo un silencio consternado.
Esta vez fue Julia la primera en moverse. Se levantó y se acercó a la pizarra del caso, en la que Florian y Saathoff habían ido anotando lo que tenían hasta el momento.
—Vale, empecemos otra vez desde el principio.
—Observó las notas sobre la primera víctima, Jana Petersmann.
Años atrás, esta había roto todo contacto con su familia.
Sus padres y sus hermanos vivían a más de cien kilómetros.
La joven se ganaba la vida con una agencia de chicas de compañía y compartía piso con otras dos mujeres.
Una de ellas había muerto de una sobredosis.
La otra, Carina Muehlheim, tenía una coartada para la noche del asesinato.
Al menos se la proporcionaba su cliente habitual.
El dedo de Julia voló hacia otro nombre.
—¿Y qué hay de Georg Findel? Fue el último cliente con el que Jana Petersmann quedó antes de morir.
—Es un perfil falso —explicó Martin Saathoff, atusándose el bigote—.
Al parecer, contactó con ella por Tinder .
Al menos eso dice la compañera de piso. Sin embargo, hasta ahora no hemos podido incautar el móvil de la víctima, y la plataforma se niega a entregar el chat.
Incluso con una orden judicial pueden pasar semanas hasta que sepamos más.
El perfil, en todo caso, ya lo han eliminado, y el último número con el que habló Jana Petersmann era de un móvil de prepago que no podemos rastrear.
Julia asintió, pensativa, y contempló los demás nombres de la pizarra del caso.
Pavlo Burakow estaba rodeado con un círculo rojo.
Alina Petrowa figuraba al lado, con un signo de interrogación.
La mirada de Julia se desplazó hacia la segunda víctima, Nils Deuss.
Contra él había varias denuncias por violencia doméstica.
Sin embargo, no habían prosperado, porque Nicole Deuss se había acogido a su derecho a no declarar contra un familiar.
En el momento de su muerte, su mujer estaba en el hospital.
Estaban comprobando si tenía una aventura.
En el círculo de sospechosos había también un amigo de Nils Deuss: Joerg Kannen.
Le había prestado dinero a Deuss y por ese asunto habían discutido.
Aun así, Kannen tenía la coartada de su mujer.
Durante el interrogatorio se había mostrado cooperativo, pero, por el dinero que Deuss le debía, seguía siendo sospechoso. En teoría tenía un motivo.
—Deberíamos volver a empezar de cero con Georg Findel y Joerg Kannen —propuso Julia—.
Sigue faltando una conexión entre las dos víctimas.
Florian ya sospechaba que no se eligieron al azar.
Los asesinatos eran demasiado laboriosos para eso.
Cercenar partes del cuerpo y cosérselas a las víctimas tiene un significado, ya sea un castigo o algún tipo de ritual.
En algún sitio tiene que haber una relación.
—Golpeó la pizarra con los nudillos—. Y si la encontramos, quizá lleguemos también a pruebas para detener a Pavlo Burakow.
—¿Y cómo vamos a averiguar algo sobre Georg Findel, si ese nombre no es más que un perfil falso?
—masculló Martin Saathoff—. La verdad es que espero que Hermann Meier consiga convencer a la jueza de que dicte una orden de detención contra Pavlo Burakow.
Interrogaremos al tipo hasta que confiese, y el caso quedará por fin resuelto.
—La jueza tiene que atenerse a la presunción de inocencia —intervino Florian—.
Así que no nos queda más remedio que hacer los deberes.
A lo mejor este Georg Findel se ha registrado con su nombre falso en otras plataformas.
Seguro que Tinder no fue su único intento.
—Tecleó el nombre en el buscador de su ordenador.
Julia se acercó a él y estudió los resultados.
Sin ningún éxito. Lo intentaron en Facebook y en Instagram.
Tampoco allí existía el nombre. La búsqueda de perfiles en las plataformas de citas resultó igual de frustrante.
Al cabo de un rato, Julia suspiró y se frotó los ojos.
—Vamos a repasar los comentarios de la página del servicio de acompañantes de Jana Petersmann —dijo, porque sencillamente no quería rendirse.
Florian se puso a leer los comentarios mientras Martin Saathoff hojeaba el expediente. Saathoff le pasó una lista a Julia.
—Esta es la lista de clientes del servicio de acompañantes. Una compañera la ha cotejado con la agenda de citas y con los datos bancarios y la ha entregado hace un rato. Todavía no le he echado un vistazo.
Julia se puso con el listado. El servicio de acompañantes parecía funcionar bien, al menos para Carina Muehlheim.
La mayoría de los clientes figuraban a su nombre.
Con Jana Petersmann la cosa era distinta.
Al mes se veía como mucho con cuatro hombres, a veces solo con uno.
Nunca había habido movimientos de dinero, o al menos no a través de una cuenta.
Carina Muehlheim, en cambio, incluso se dejaba pagar por PayPal.
Eso encajaba con la declaración de Muehlheim de que Jana Petersmann solo quedaba una vez con sus clientes y luego los robaba.
Probablemente se quedaba con el dinero en efectivo y con las tarjetas de crédito.
Cabía pensar que uno de los estafados hubiera querido vengarse de ella.
De pronto se le ocurrió una idea.
—¿Habéis comprobado si Nils Deuss era cliente del servicio de acompañantes?
Florian miró a Julia como si le hubiera caído un rayo encima.
—Hemos intentado averiguar si conocía a Jana Petersmann. No si tuvo trato con Carina Muehlheim o con la tercera compañera de piso —dijo—. Pero eso lo aclaro ahora mismo.
—En la lista, desde luego, su nombre no aparece —repuso Julia, mientras se preguntaba si Deuss podría esconderse tras el perfil falso de Georg Findel.
Florian se pegó al teléfono e hizo que cotejaran la lista de llamadas del servicio de acompañantes con el número de Nils Deuss y con sus datos bancarios. Al cabo de un rato negó con la cabeza.
—No parece que haya ninguna relación. —Se encogió de hombros—. Tenemos que seguir buscando.
La puerta se abrió y Anna Schubert, la jefa de la policía científica, los saludó uno por uno.
—He pensado en venir a informar enseguida —explicó y se apoyó en el escritorio de Martin Saathoff—. Nos hemos pasado horas revisando la consigna automática de la estación central. —Se pasó la mano por la abundante melena gris—. Nada. Solo esa pieza anatómica. ¿No se robaron veinte?
—Así es. Un par de orejas y unas manos aparecieron cosidas a las víctimas, y una pieza estaba en la taquilla. La verdad es que yo esperaba encontrar más piezas anatómicas ahí dentro. —Florian puso cara pensativa—. Quizá el asesino estaba sobre aviso y vació las taquillas.
Anna Schubert negó enérgicamente con la cabeza.
—No lo creo. Hemos mirado cuántas taquillas se ocuparon el día del depósito.
Sencillamente no cuadra. La pieza anatómica se guardó hace ya una semana.
Ese día hubo cientos de depósitos, pero la nuestra es, junto con una maleta, el único objeto que lleva guardado tanto tiempo.
La maleta la hemos revisado. Está llena de ropa y es inofensiva.
Sería bastante llamativo que alguien fuera a la consigna automática con dieciocho frascos grandes y pesados.
Nada. La mayoría de las taquillas se vacían al cabo de un día.
—También hay otras empresas de consignas en Colonia. Puede que el asesino repartiera las piezas anatómicas. —Julia intentó imaginarse metiendo dos o tres de aquellos recipientes de cristal en una bolsa. Enseguida pasaban de diez kilos.
De repente, Martin Saathoff, que había estado todo el rato enfrascado en los expedientes, chasqueó los dedos.
—He encontrado una cosa. —Paseó la mirada por el grupo y arqueó las cejas—. Joerg Kannen, el que le prestó dinero a su amigo Nils Deuss, es cliente de Carina Muehlheim.