Capítulo 21
Teresa se lavó las manos mientras se miraba en el espejo.
Tenía los ojos enrojecidos. No era de extrañar.
Era plena noche. No había parado de correr de un paciente a otro.
Aquello era un infierno, como tantas veces en las últimas semanas.
Nadie parecía tener la menor consideración con el personal del hospital.
También las enfermeras y los enfermeros estaban en las últimas.
Teresa lo veía en sus caras pálidas y en las ojeras oscuras.
Notó un ligero mareo y se agarró al lavabo.
La guardia de noche duraba hasta la mañana.
Tendría que aguantar unas horas más. Rebuscó en el bolsillo de la bata, sacó un paquete de pastillas de glucosa y se comió dos.
Poco después se le pasó el mareo y se sintió algo mejor.
Se soltó la goma del pelo y se hizo otra coleta.
Luego abrió el grifo y se echó agua fría en la cara y en el cuello.
Se secó con las toallitas de papel, grises y baratas, y volvió a toda prisa a la planta, junto al paciente que habían ingresado dos horas antes con dificultad respiratoria.
El hombre, de sesenta años y con mucho sobrepeso, yacía apático en la cama.
Apenas reparó en Teresa. Ella comprobó la saturación de oxígeno en sangre.
El valor era peligrosamente bajo. Le administró más oxígeno y controló las demás constantes vitales.
No tenía fiebre. La tensión estaba demasiado alta, cosa que, con aquellos kilos de más, no la sorprendió.
Anotó los valores y decidió volver a verlo al cabo de media hora.
Todavía tenía que ocuparse de otro ingreso.
Una mujer con retortijones abdominales que había acabado en su planta únicamente porque ginecología y gastroenterología estaban cerradas por saturación.
Teresa no tenía ni idea de por qué la mujer se encontraba tan mal.
Gemía sin parar. Teresa le había administrado un espasmolítico, pero no parecía hacerle efecto.
—Señora Burkhart, ¿se encuentra mejor? —le preguntó aun así.
La mujer negó con la cabeza sin fuerzas.
—Sigue igual de mal —se lamentó, apretándose el bajo vientre con las dos manos.
Teresa sabía que, como mínimo, tenía que hacerle una ecografía.
Quizá la mujer tuviera líquido libre en la cavidad abdominal.
Aquellas urgencias ginecológicas eran bastante frecuentes, sobre todo en mujeres con tendencia a formar quistes.
Pero también podía tener que ver con el intestino.
Teresa rebuscó en la memoria. Intentó recordar cómo se diagnosticaba con fiabilidad una apendicitis.
Sin embargo, el estrés parecía haberle borrado de un plumazo todos sus conocimientos.
Se planteó llamar a un colega. Aunque eso ya lo había hecho tantas veces en las últimas horas que seguro que empezaba a llamar la atención.
Necesitaba urgentemente ponerse con los libros y repasar.
Pero ¿cómo iba a hacerlo con aquella carga de trabajo desmedida? Era sencillamente imposible.
—Los medicamentos harán efecto enseguida —tranquilizó a la señora Burkhart, que tenía la piel cenicienta y sudorosa.
Le tomó el pulso: demasiado alto. Teresa solo podía confiar en que la paciente se estabilizara.
También volvería a verla al cabo de media hora.
Con un nudo en el estómago salió de la habitación y se ocupó de unos cuantos casos más leves.
Al paciente de la habitación cinco podían darle el alta a la mañana siguiente.
Con él no había problemas. Teresa suspiró.
¿Por qué era tan difícil vivir su sueño?
Si lo único que quería era ayudar. Ser médica.
El rostro moribundo de una chica joven le vino a la mente. Intentó apartar el recuerdo, pero no lo consiguió. La chica la miraba fijamente, con reproche.
—Sé lo que hiciste —susurraron los labios pálidos y muertos.
—No es más que un trozo de papel —replicó la conciencia de Teresa—. Papeleo que no vale nada. Lo que cuenta es el corazón y la voluntad de curar.
La chica muerta negó con la cabeza. A Teresa el corazón se le desbocó. Corrió al aseo y volvió a echarse un poco de agua fría en la cara. Cerró los ojos, pero la chica no se iba.
—Vete —gritó y se dejó caer al suelo—. Vete de una vez. —Las lágrimas le corrían por las mejillas. Respiraba tan deprisa que le volvió el mareo. Hundió la cara entre las manos y lloró.
Al cabo de un rato, Teresa había perdido por completo la noción del tiempo.
Se puso en pie a duras penas y se secó las mejillas.
No podía rendirse sin más. Con las rodillas temblorosas, salió tambaleándose al pasillo.
Tenía que ir a ver a la paciente de los retortijones.
La aguja del reloj de la planta había avanzado casi una hora. ¡Se le había hecho tardísimo!
Teresa entró en la habitación y miró hacia la cama. La señora Burkhart estaba tendida como si durmiera. Con el estómago encogido, Teresa se acercó. La paciente no podía estar durmiendo, porque tenía los ojos abiertos. La miraban fijamente. Sin pensarlo, le tocó la piel, fría y flácida. ¡Sin pulso!
Teresa retiró la mano. Aquello no podía ser. Otra vez no. Se dio la vuelta y salió corriendo. Con los dedos temblorosos marcó el número del médico adjunto.
—Voy ahora mismo —prometió el médico.
Teresa irrumpió de nuevo en la habitación y empezó a hacer el masaje cardíaco con desesperación. Tenía que salvar lo que aún se pudiera salvar. Quizá no fuera demasiado tarde.