Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 20
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Capítulo 20

A Julia el corazón le golpeaba contra las costillas tan fuerte que hasta tapaba el ruido del motor.

Miró por el retrovisor. La rusa tenía los ojos gélidos clavados en la carretera y no le prestaba atención.

Julia no podía permitirse pensar en que había perdido el contacto con Florian.

No quería morir, pero también tenía que impedir que el asesino volviera a actuar.

—¿Lleva usted la tarjeta encima? —preguntó de pronto Alina Petrowa, lanzándole una mirada inquisitiva—. La robé, y eso se va a notar pronto.

—Sí, claro —respondió Julia y vio pasar volando las luces de las farolas y de los coches que venían de frente.

Solo al cabo de un rato comprendió que iban a toda velocidad hacia el centro.

El tráfico aumentó y al final tuvieron que ir más despacio.

Los taxis se cruzaban en su camino. Se dirigían a la estación central de Colonia.

Ojalá no tuviera que subirse también a un tren.

Petrowa frenó en seco a cierta distancia y señaló con la cabeza la entrada principal.

—Solo tiene que meter la tarjeta en la consigna automática. Debe ver lo que Burakow ha guardado ahí dentro. Y ahora váyase y no mire atrás. Adiós y buena suerte.

Julia se bajó. Nada más cerrar la puerta, Petrowa salió disparada haciendo chirriar los neumáticos.

Julia la siguió un instante con la mirada y luego cruzó corriendo la plaza hasta el interior de la gran estación.

No tenía ni idea de dónde estaba la consigna automática.

Sacó la tarjeta magnética del bolsillo del pantalón y se ajustó las gafas.

En el panel informativo que había sobre su cabeza aparecían los horarios de los trenes, pero ninguna indicación de la consigna.

Julia recorrió el vestíbulo de la estación.

Los viajeros pasaban a su lado a toda prisa.

Un codo la golpeó, pero no se distrajo. Acababa de descubrir otro cartel indicador.

Vio el símbolo de una maleta y siguió la flecha.

La consigna automática estaba en la parte delantera de la estación.

Debía de haber pasado por delante sin darse cuenta.

Julia fue a toda prisa en aquella dirección y llegó hasta varias máquinas.

Se detuvo en la primera y, con los dedos temblorosos, introdujo la tarjeta en la ranura.

Pasó un momento y se abrió una taquilla.

Julia miró dentro. Había una bolsa verde oscuro.

Sacó el pesado bulto y abrió la cremallera.

Lo primero que le llamó la atención fue el frasco.

El corazón le retumbó en el pecho: enseguida vio el líquido y lo que flotaba dentro.

¡Maldita sea! En el frasco había un pie humano.

Era, sin ninguna duda, una de las piezas anatómicas robadas del Instituto de Anatomía.

Julia cerró la bolsa de inmediato, antes de que alguien lo viera.

Había acertado. Alina Petrowa quería enseñarle algo importante.

Si Pavlo Burakow había metido de verdad aquella pieza anatómica en la taquilla, era, con toda probabilidad, el asesino.

Nunca lo habría creído posible. Ahora Julia entendía por qué Alina Petrowa había montado todo aquello y la había paseado con sus jueguecitos por media Colonia.

Burakow era un asesino y ella le tenía miedo.

Y quería quitarse a la policía de encima, porque con el hallazgo de la pieza anatómica sin duda la habrían puesto bajo custodia.

Probablemente temía que le ocurriera algo aun estando en la cárcel, o que, como muy tarde el día de su puesta en libertad, Burakow la estuviera esperando.

Julia miró a su alrededor. Tenía que llamar a Florian, pero se había dejado el móvil en el aseo del cine.

—Disculpe, por favor —le dijo a una mujer joven que llevaba a rastras a un niño de cuatro o cinco años muerto de sueño—. ¿Me dejaría el móvil un momento? Necesito hablar urgentemente con la policía.

La joven madre la miró espantada y pasó de largo. Al cabo de unos metros se detuvo y se dio la vuelta. Miró a Julia de arriba abajo y finalmente abrió el bolso para sacar el móvil.

—Perdone. Al principio no la había entendido bien —se disculpó y le tendió el móvil.

—Gracias —dijo Julia y tecleó a toda prisa el número de Florian.

Sonó y sonó. Luego saltó el buzón de voz.

Desesperada, pulsó la rellamada. No se sabía de memoria el número de Martin Saathoff, y a esas horas tampoco tenía sentido intentarlo en la comisaría.

Volvió a sonar el tono de llamada. Cuando estaba a punto de rendirse, oyó la voz de Florian.

—Florian Kessler. ¿Con quién hablo? —Su voz sonaba distorsionada. De fondo rugía el motor de un coche.

—Soy yo, Julia —respondió ella.

—¿Julia? ¿Dónde estás?

—Estoy bien. En la estación central, en las taquillas de la consigna. Venid rápido, por favor.

Julia oyó a Florian indicarle a Martin Saathoff que fuera a la estación.

—No te muevas de ahí. Llegamos en diez minutos. —Colgó y Julia le devolvió el móvil a la mujer.

—Puedo esperar aquí con usted —se ofreció la joven madre—. Hasta que llegue la policía. A lo mejor vuelven a llamar.

Julia señaló al niño, que entretanto se había sentado en el suelo y estaba a punto de dormirse.

—Se lo agradezco muchísimo. Pero no hace falta. El pequeño necesita dormir.

La mujer asintió.

—Hemos estado en casa de sus abuelos. Por desgracia, no había mejor combinación de trenes. Le deseo mucha suerte. —Cogió a su hijo en brazos y se alejó despacio hasta perderse de vista.

Julia se quedó delante de la taquilla. Tenía el cuerpo tan cargado de adrenalina que temblaba ligeramente.

Sus pensamientos giraban en torno a la pieza anatómica y a Pavlo Burakow.

Tenían que detener a aquel malnacido antes de que le hiciera algo a Alina Petrowa.

En el fondo, tendría que haber retenido a la rusa.

Aquella mujer necesitaba protección policial.

Pensó en el recipiente con el pie conservado y confió en que encontraran en él las huellas dactilares de Burakow.

Entonces el tipo estaría perdido. Iba de un lado a otro, inquieta.

Le pareció que pasaba una eternidad hasta que por fin oyó su nombre a lo lejos.

—¡Julia!

Levantó la vista y descubrió a Florian, que se acercaba corriendo con su compañero. La atrajo hacia sí y la abrazó tan fuerte que casi se quedó sin aire.

—Me alegro muchísimo de que no te haya pasado nada. —La besó en la frente y le apartó con ternura un mechón de pelo—. Esa maldita Petrowa se va a enterar de lo que vale un peine. He puesto a todas las unidades disponibles a buscarla. Va a pagar por haberte puesto en peligro.

—Me ha enseñado algo importante —replicó Julia y se soltó un poco del abrazo—. Yo creo que es inocente.

—¿Y qué hay en la bolsa de deporte? —preguntó Martin Saathoff, mirándola con curiosidad—. ¿Me permites?

Julia asintió.

—Adelante. Alina Petrowa ha dicho que fue Burakow quien metió la bolsa en la taquilla.

Saathoff se puso en cuclillas, abrió la cremallera y sacó el recipiente de cristal.

—¡Maldita sea! —soltó con asco al reconocer lo que flotaba en el líquido—. Este malnacido. Si es que lo sabía yo: Burakow nos ha tenido engañados. Qué rodaje inofensivo de porno en sitios especiales ni qué narices. A saber si este pervertido no habrá grabado además la agonía de Jana Petersmann.

Florian no dijo nada. Se quedó mirando la pieza anatómica y se frotó la barbilla, pensativo.

—¿Y cómo sabemos que Alina Petrowa no miente? A lo mejor está compinchada con Pavlo Burakow.

Julia negó con la cabeza.

—No me lo puedo imaginar. Parecía muy asustada.

¿Por qué iba a enseñarnos la pieza anatómica si fuera cómplice suya?

En cualquier caso, espero que Burakow no tenga ya a la siguiente víctima en su poder.

Deberíais detenerlo antes de que cause más daño.

—Suspiró—. Al menos ahora tengo claro por qué quería hablar conmigo sin su abogado.

Al fin y al cabo, él asesora también a Burakow y habría ido corriendo a contárselo todo.

Esa mujer ha debido de pasar un miedo de muerte.

—Aun así, no tenía por qué secuestrarte —gruñó Florian—. La detención ilegal es un delito grave.

Julia hizo un gesto para quitarle importancia.

—No quería que Burakow la pillara. Le robó la tarjeta y sospechaba que pronto empezaría a buscarla. Tarde o temprano vendría hasta aquí y probablemente pondría la pieza anatómica a buen recaudo. Sin ella no la habríamos encontrado nunca.

Florian se encogió de hombros.

—Podría haberte dado la tarjeta sin más durante la conversación. No habría cambiado gran cosa.

Julia lo veía de otro modo.

—Yo creo que no se fía de la policía. Por eso me quitó el micrófono y dio ese rodeo absurdo por Colonia. Puede que Burakow tenga además la taquilla vigilada día y noche, y por eso me mandó a mí por delante.

—Un momento —irrumpió de pronto Martin Saathoff—. En total robaron veinte piezas anatómicas. Tres las hemos recuperado. ¿Dónde ha escondido Burakow las diecisiete restantes? —Hizo un amplio gesto con la mano y señaló hacia el sótano—. ¿No estarán en las otras taquillas?

—Demonios. Es una consigna subterránea totalmente automática. Tenemos que acordonarlo todo de inmediato y detener el servicio —soltó Florian.

Julia guardó silencio, perpleja. Esa idea no se le había pasado por la cabeza.

Seguro que había cientos de taquillas en la estación central.

Los objetos se depositaban de forma completamente anónima.

Para revisar las taquillas necesitaban acceso al sótano, donde estaba la maquinaria de la consigna. Miró el reloj.

—Vaya. Son las dos de la madrugada. La administración de la estación no vuelve a abrir hasta dentro de unas horas. —Bostezó al darse cuenta de lo tarde que era.

—Perdona —dijo Florian y le pasó el brazo por los hombros—.

Tienes que descansar y dormir. Yo me encargo de que detengan a Burakow.

De eso puede ocuparse una patrulla. —Se volvió hacia Martin Saathoff—.

¿Pides tú unos cuantos compañeros para acordonar esto?

La policía científica debería revisar mañana la consigna automática.

—Claro. Marchando —respondió Saathoff con una sonrisa—. Os deseo buenas noches.

—Gracias. Igualmente. —Florian acompañó a Julia fuera, hasta su coche.

Más tarde estaban tumbados en la cama de él, muy abrazados.

—Me alegro muchísimo de que no te haya pasado nada —susurró Florian—. ¿Sabes que lo eres todo para mí? Eres mi mundo entero.

—Te quiero —respondió Julia y descubrió con asombro que aquellas palabras le salían con una facilidad que hacía mucho que no sentía. Ya no tenía la necesidad de mantener a Florian a distancia. Se sentía segura entre sus brazos. Tan segura que se quedó dormida al instante.