Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 19
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Capítulo 19

Dos años antes

¿Se estaba volviendo loca? Frank Laganis estaba en la cárcel.

Anne había marcado en el calendario el día de su puesta en libertad.

Hasta entonces faltaba casi un año entero.

No podía haber sido él. Y aun así, el hombre de la farola no se le iba de la cabeza.

La había mirado fijamente. Se le puso la piel de gallina al instante.

Se bebió el café de un trago y miró el reloj.

Tenía veinte minutos; luego la esperaba el doctor Reuscher.

Se alegraba de ver a su terapeuta y de escuchar sus consejos.

Él veía el mundo de un modo completamente distinto al de ella.

Sin complicaciones, casi como un niño. No la consideraba una víctima, sino que se concentraba en el presente.

Las tensiones de su matrimonio no habían mejorado con la terapia, pero tampoco se trataba de eso.

Anne quería librarse por fin de su trauma.

Y para eso tenía que dejar de pensar constantemente en Frank Laganis.

Aquel hombre la había utilizado. Había descargado en ella su pulsión sexual enferma.

Nada más. Tenía que empezar a ver aquello como lo que era.

Una violación. No un intento de asesinato.

Y justo ahí estaba el problema. No conseguía desprenderse del miedo a morir que había sentido durante la agresión.

Por razones inexplicables, el pulso se le disparaba varias veces al día.

Su cuerpo se acordaba de Laganis a la mínima señal, y Anne no podía hacer nada por evitarlo.

O casi nada. Primero tenía que cambiar los pensamientos, y después vendrían las emociones.

Así se lo había explicado el doctor Reuscher.

Por desgracia, no lograba controlar su cabeza.

Por su mente pasaban sin parar imágenes de todo tipo y, por mucho que se esforzara, no conseguía apartarlas.

Anne no pudo evitarlo. Cogió la taza de café y subió la escalera hasta el dormitorio. Miró por la ventana y, durante una fracción de segundo, allí estaba otra vez. El monstruo que se había abierto paso entre sus piernas y le había hecho un daño espantoso. Sonó el timbre y ella dio un respingo.

¡Maldita sea! No podía ser tan asustadiza.

Dejó la taza y bajó a toda prisa a la planta baja. Primero miró por la mirilla. El repartidor esperaba fuera con gesto impaciente y volvió a llamar al timbre. Anne abrió la puerta y la cara del hombre se iluminó. Le puso el paquete en las manos y corrió hacia su furgoneta.

—¡Que tenga un buen día! —gritó y cerró de un portazo la puerta del conductor.

Anne se quedó mirando la farola. Como atraída por un imán, salió de casa y recorrió el estrecho sendero adoquinado del jardín delantero hasta llegar a ella. Se dio la vuelta y levantó la vista hacia el dormitorio.

Demonios. Quienquiera que hubiera estado allí veía sin problema por la ventana.

De noche, con la luz encendida, quizá incluso viera la cama reflejada en el armario de espejos.

Aun así, seguía siendo un hecho: su violador estaba entre rejas.

No la había estado observando. Anne se preguntó si Frank Laganis tendría quizá un hermano.

O si habría mandado a alguien desde la cárcel para asustarla.

Al fin y al cabo, ella había declarado contra él y por eso lo habían condenado.

Nunca olvidaría la mirada gélida que le había lanzado cuando se leyó la sentencia.

Le sonó el móvil y Anne se sobresaltó. Era el doctor Reuscher. Descolgó con el corazón acelerado.

—Hola —susurró al teléfono.

—Anne, soy el doctor Reuscher. ¿Dónde está usted? Teníamos cita hace cinco minutos.

Anne miró el reloj, atónita, y se preguntó adónde se le había ido el tiempo. Si hacía nada le quedaban más de veinte minutos. ¿Tanto rato había estado junto a aquella farola? Parpadeó, incrédula.

—Lo siento. Me ha surgido un imprevisto. Enseguida estoy ahí.

El doctor Reuscher colgó y ella entró corriendo.

Por suerte, lo tenía todo preparado. Se quitó las zapatillas de estar por casa y se calzó los zapatos de tacón.

Luego cogió las llaves y el bolso y corrió al coche.

Hizo el trayecto en un tiempo récord y, en menos de un cuarto de hora, estaba sentada en el diván del doctor Reuscher.

—Viene usted acelerada. ¿Ha ocurrido algo? —Su terapeuta la observó con mirada perspicaz.

Anne se esforzó por controlar la respiración.

—Todo va bien —respondió aun así, sin aliento, mientras se planteaba si contarle lo del hombre de la farola que había frente a su casa.

No quería decepcionarlo: él la tenía por una mujer fuerte y seguramente vería aquel episodio como una recaída.

Por otro lado, era la única persona del mundo que la comprendía—.

Anteayer vi a Frank Laganis en la calle, delante de nuestra casa. Me estaba observando —soltó de golpe.

Al doctor Reuscher se le formó un ejército de arrugas en la frente.

—Sé perfectamente que no puede haber sido él, claro. Está en la cárcel —se apresuró a añadir Anne.

Pero las arrugas no desaparecieron. Al contrario: parecieron hacerse más profundas. Se le veía muy serio y también algo preocupado. Completamente distinto de lo habitual. Anne se mordió el labio inferior. Ojalá hubiera cerrado el pico.

—Anne, no estoy tan seguro de que haya interiorizado usted de verdad que Frank Laganis no puede perseguirla.

Anne bajó la mirada. El doctor Reuscher la calaba, evidentemente.

—¿Me estoy volviendo paranoica? —preguntó con un punto de miedo.

El doctor Reuscher no respondió de inmediato. Primero la observó, pensativo.

—Tenemos que trabajar en su trauma —explicó después—. Hoy está usted visiblemente nerviosa y alterada. Es importante que se relaje también físicamente. Lo mejor será que respire hondo.

Anne hizo lo que le indicaba.

—Muy bien —la elogió el doctor Reuscher al cabo de unos minutos. Repitieron el ejercicio y añadieron otras técnicas de relajación. Cuando terminó la sesión, Anne se sentía de verdad mejor. Él sonrió satisfecho y se despidió de ella.

Anne volvió a casa en coche, relajada. Hasta el sol se abría paso de vez en cuando entre la gruesa capa de nubes.

El coche de su marido estaba en la entrada.

Por una vez había vuelto pronto del trabajo.

Pasaban demasiado poco tiempo juntos. De buen humor, Anne abrió la puerta.

Su marido estaba sentado en el sofá del salón. Se levantó al verla.

—Anne. Tengo que decirte algo importante. Algo que seguro que no te va a alegrar. Pero te prometo que podremos con ello. Eres una mujer fuerte y, por supuesto, yo siempre voy a estar a tu lado. —Hizo una pausa y la miró con intensidad. A Anne el pulso se le disparó.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con una voz extrañamente aguda.

Su marido se acercó a ella y la abrazó.

—Acabo de recibir una llamada y he venido corriendo a casa.

Verás… —La estrechó con más fuerza—. Me he enterado de que a Frank Laganis lo pusieron en libertad hace dos días, por sorpresa.

Oficialmente, por buena conducta. Yo más bien creo que la cárcel está desbordada. Sea como sea: lo superaremos, Anne.

Anne tuvo la sensación de que el corazón se le paraba.

Los pulmones también parecieron negarse: boqueó en vano en busca de aire.

Un velo negro se extendió sobre ella. Se desplomó mientras intentaba asimilar las palabras de su marido.

Pero en su cabeza reinaba el caos absoluto.

No conseguía terminar ni un solo pensamiento.

—Tranquila —le susurró su marido—. Yo te protejo.

Todo irá bien. —La sostenía entre sus brazos y ella sentía su fortaleza, pero en lo más hondo sabía que se equivocaba.

Frank Laganis volvería a hacerle daño. ¿Por qué, si no, se había plantado delante de su casa nada más salir de la cárcel?

A Anne le vinieron arcadas. Tenía náuseas.

Se incorporó y volvió a desplomarse de inmediato.

Estaba en caída libre y nada podía frenarla.