Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 26
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Capítulo 26

Hacía horas que había oscurecido. Julia se sentía por lo menos tan cansada como parecían estarlo Florian y Martin Saathoff.

Había sido una jornada agotadora. En su lista había tres sospechosos y a ninguno podían atribuirle los asesinatos.

Pavlo Burakow no parecía tener ninguna conexión con la segunda víctima, Nils Deuss.

Además, en la pieza anatómica de la estación central no habían aparecido huellas suyas ni ningún otro rastro.

Eso los llevaba a la segunda sospechosa, Alina Petrowa.

A esa mujer se la había tragado la tierra.

Aunque había conducido a Julia hasta la pieza anatómica, tampoco podían descartar a la rusa.

Ni excluir que hubiera cometido el crimen junto con Burakow.

Y el número tres era el amigo de la segunda víctima, Joerg Kannen.

Tenía la oportunidad y un motivo, ya que le había prestado mucho dinero a Nils Deuss y no lo había recuperado.

A diferencia de los dos primeros sospechosos, con él sí podían establecer una conexión con Jana Petersmann.

Kannen mantenía contacto regular con su compañera de piso, Carina Muehlheim, y no era imposible que también se hubiera encontrado con la primera víctima.

Como Jana Petersmann robaba a sus clientes, cabía que Kannen tuviera un motivo también en ese caso.

Cierto que su mujer le daba una coartada, pero eso lo hacían a menudo los familiares.

Podría haber salido a hurtadillas por la noche sin que su mujer se despertara.

Julia aparcó su destartalado Golf delante de la casa de Lenja.

No solo estaba cansada: además tenía mala conciencia.

Su ayudante la había sustituido durante todo el día y Julia quería al menos devolverle el favor.

Lenja no cogía el móvil, así que había decidido pasarse por su casa.

Quizá pudieran pedir algo de picar a una pizzería.

Se bajó y se dirigió al portal. El piso de Lenja estaba bajo el tejado, en la quinta planta.

Por el rabillo del ojo percibió un movimiento.

Un cigarrillo se avivó en un punto rojo.

Alguien fumaba delante del edificio. Julia ignoró a aquella persona y llamó al timbre.

No abrió nadie.

Julia lo intentó otra vez y luego echó mano del móvil.

Pero no consiguió localizar a Lenja. Quizá su ayudante hubiera salido con alguna amiga.

Lo de Marcel la había afectado visiblemente.

Seguro que buscaba consuelo. Por un momento se sintió aún peor.

Le había prometido a Lenja que estaría a su lado y, en vez de eso, se había pasado el día persiguiendo a un asesino y encima le había cargado más trabajo en el instituto.

Suspiró y estaba a punto de darse la vuelta cuando volvió a percibir un movimiento junto a la fachada.

De nuevo se avivó un cigarrillo. Esta vez, sin embargo, mucho más cerca.

Julia distinguió a un hombre que, por lo visto, la estaba observando.

Dio un paso hacia él, porque de algún modo le resultaba conocido.

—¿Marcel Stoecker? —preguntó, pero el cigarrillo se apagó y el hombre echó a correr.

Julia lo siguió con la mirada, desconcertada. Quizá se había equivocado. Bostezó y volvió a su coche.

Un cuarto de hora más tarde llegó a su casa.

Se planteó un momento pasarse por casa de Florian, pero decidió que no.

Necesitaba dormir urgentemente y allí eso no iba a funcionar.

Sonrió al pensarlo y abrió el portal. Su piso estaba en la planta baja.

Julia esperó a que el detector de movimiento encendiera la luz de la escalera y se llevó un susto al ver a alguien agachado delante de su puerta.

—¿Lenja? Madre mía, ¿qué haces aquí a oscuras? Anda, pasa. —Abrió y, sin esperar respuesta, llevó a Lenja al salón.

Su ayudante se sentó en el sofá y le entregó una caja de bombones con un lazo.

—Esto te lo manda el fiscal jefe Kreitz para darte las gracias.

Lo ha traído hoy su colaborador, ese Christian Moeller.

Han conseguido demostrar la culpabilidad de ese violador en serie gracias a tu ayuda.

Tú examinaste a una de las víctimas. El condón estaba efectivamente entre los arbustos y el ADN lo han podido atribuir sin ninguna duda.

Por lo visto, el tipo ya había estado entre rejas.

—Lenja soltó un suspiro hondo y dejó los bombones sobre la mesa—.

Es que no aguantaba más en casa —explicó luego—.

He roto con Marcel y desde entonces me bombardea con mensajes.

—Lo siento de verdad —dijo Julia y abrió una botella de vino—.

Chocolate y vino: eso debería bastar para relajarnos un poco.

Me alegro mucho de que por fin se haya resuelto el caso del Hombre Lobo.

—Sirvió aquel líquido de un rojo brillante en una copa y se la ofreció a Lenja. Después se sirvió ella y brindaron.

—Yo tenía la esperanza de que hubiera alguna explicación para lo de Marcel en el italiano —confesó Julia—. Parecía todo tan armonioso entre vosotros dos.

Lenja negó con la cabeza.

—Lo pillaste con su exnovia. Ella se pasó dos semestres en el extranjero, en Francia. Es medio francesa. Con eso yo no puedo competir. No soy más que una finlandesa sin florituras.

Julia volvió a llenarle la copa a Lenja.

—Anda, no te quites méritos. Todos los tíos se vuelven a mirarte. Esa francesa no te llega ni a la suela del zapato. Que yo la vi.

—Gracias —dijo Lenja con una sonrisa forzada—.

Ese idiota me ha roto el corazón, de verdad.

Quería que le diera tiempo para decidirse.

Fíjate tú. Vuelve la tipa esa de Francia y ya no sabe dónde encaja.

Hace una semana escasa me juraba amor eterno y no podía esperar a irse a vivir conmigo.

—Se encogió de hombros—. Bueno, pues ahora tiempo tiene de sobra.

Yo eso no lo pienso consentir. No voy a hacer de plato de segunda mesa.

—¿Y por qué te bombardea con mensajes?

Lenja torció el gesto como si hubiera mordido un limón.

—Creo que no contaba con que yo fuera a cortar por lo sano. Ahora, por lo visto, sí quiere estar conmigo. Pero, como te digo, a mí ya no me interesa.

—Yo también tuve un novio así —contó Julia—. Después de su desliz lo intentamos otra vez, pero nunca volvió a ser como antes. Yo era un auténtico manojo de nervios y estuve a punto de ponerme a espiarlo. La confianza se había roto por completo.

Lenja miró a Julia, asombrada.

—¿En serio? Siempre pareces tan serena, como si lo tuvieras todo dominado. Yo ya me estaba viendo como una llorica.

—No. Eres muy fuerte y dentro de unas semanas lo habrás superado. Estoy segura de que pronto conocerás a alguien que encaje mucho mejor contigo y que te merezca.

Lenja asintió y de pronto le rodaron las lágrimas por las mejillas.

—Ya lo sé, pero ahora mismo me siento fatal igualmente. ¿Puedo quedarme a dormir en tu casa? No quiero ir a la mía. Seguro que Marcel me está esperando allí.

Al instante le vino a Julia el recuerdo del hombre del cigarrillo.

—Oye, ¿Marcel fuma?

—Por desgracia, sí. Siempre quería dejarlo, pero nunca lo consiguió. Ahora ya no es problema mío.

—¿Puede ser que estuviera esperando delante de tu casa? —preguntó Julia—. Fue bastante inquietante. Aquel hombre se parecía a Marcel y estaba fumando a cierta distancia del portal. Cuando lo llamé por su nombre, se largó.

Sus palabras no parecieron impresionar demasiado a Lenja.

—Me ha escrito que iba a pasarse —explicó y desbloqueó la pantalla del móvil—. A ver si sigue mandándome mensajes.

Lenja frunció el ceño y leyó. Sus lágrimas se secaron y, al cabo de un rato, le tendió el móvil a Julia.

—¿Ves? No para de bombardearme.

Julia leyó por encima los muchos mensajes.

—Seguro que en unos días se calma y acepta que se ha acabado. —Miró el reloj—. Deberíamos dormir ya, o mañana las dos vamos a tener unas ojeras espantosas.

Lenja bostezó sin querer.

—Tienes razón. Es mucho más importante que pillemos de una vez a ese asesino. Al fin y al cabo, todavía faltan diecisiete piezas anatómicas robadas del Instituto de Anatomía. Prefiero no imaginarme lo que podría llegar a hacer con ellas.

Julia asintió. Entre el hallazgo del primer y del segundo cadáver no habían pasado ni cuarenta y ocho horas.

Si el asesino seguía al mismo ritmo, no podía faltar mucho para que apareciera otra víctima.

Desde que encontraron asesinado a Nils Deuss habían pasado ya cuatro días, y ella no creía ni por un segundo que fuera a ser la última víctima.

Abrió su sofá, que servía también de cama de invitados, y lo cubrió con una sábana limpia.

Lenja desapareció en el baño mientras ella buscaba la ropa de cama.

Cuando poco después se metió en la cama, se durmió al instante.

Tres horas más tarde sonó el móvil de Julia. Medio dormida, lo buscó a tientas y descolgó.

—Schwarz —murmuró, aturdida, y notó un latido agudo detrás de la frente, cortesía del vino tinto.

—¿Julia? Siento despertarte en mitad de la noche. Sé que querías dormir, pero hemos encontrado otro cadáver delante de la entrada del zoo de Colonia y quiero que le eches un vistazo cuanto antes.

La voz de Florian la alarmó hasta tal punto que se despejó del todo al instante. Pidió la dirección y saltó de la cama. Lenja dormía profundamente en el sofá.

—Lenja, despierta —susurró y le sacudió suavemente el hombro.

La finlandesa se incorporó de golpe.

—¿Qué ha pasado? —preguntó medio dormida.

—Han encontrado otro cadáver. Víctima número tres. Tengo que ir al lugar del hallazgo y echar un vistazo. ¿Quieres venir?

—Por supuesto. —Lenja se espabiló de golpe.