Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 17
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Capítulo 17

Julia llevaba una eternidad sin ir al cine.

Se quedó unos segundos mirando el llamativo cartel que anunciaba la película y compró una entrada.

Le crepitó algo en el oído. Florian había insistido en ponerle un micrófono.

Al menos había conseguido convencerlo de que la dejara ir sola.

Quería averiguar a toda costa qué tenía que decirle Alina Petrowa.

Las tripas le rugían. De puros nervios no había sido capaz de probar bocado, aunque Florian se había molestado en traerle un sándwich.

Florian y Martin Saathoff se habían apostado en el aparcamiento grande de la parte de atrás y escucharían cada palabra.

Varios policías de paisano se habían situado en las entradas y dentro del edificio.

Julia miró a su alrededor. Olía a palomitas y a nachos.

Las voces de los espectadores se fundían en un zumbido continuo que llenaba el vestíbulo.

Esa noche había mucha gente por allí. En las taquillas se habían formado largas colas.

Con la luz tenue, los rostros se desdibujaban hasta convertirse en máscaras borrosas.

Buscó a una mujer menuda, pero no la encontró.

Seguro que Alina Petrowa estaba ya sentada en la sala, esperándola.

Julia echó a andar y, por el camino, se fijó en cada mujer que se pareciera a la rusa. Sin éxito.

—¿Está ahí? —La voz de Florian le retumbó en el oído.

—No. Nada —susurró Julia—. Espero que no me dé plantón. A lo mejor nos ha visto juntos.

—No lo creo. Esperamos —respondió Florian, y el oído volvió a quedarle en silencio.

Empezó la película. Una figura negra de murciélago cruzó veloz la pantalla.

Delante de Julia se habían sentado unos adolescentes que comían patatas fritas de bolsa.

El olor llegaba hasta ella. Volvió a mirar hacia la entrada.

Nada. Los espectadores llevaban ya un buen rato en sus asientos.

Quien llegara a esas alturas llamaría la atención.

Julia no se imaginaba que Alina Petrowa quisiera eso.

La razón le decía que ya no iba a venir.

Se preguntó por qué la rusa la había atraído hasta aquel cine.

Nadie actuaba sin motivo. Todo lo que ocurría seguía una lógica.

Julia repasó mentalmente el mensaje de la nota.

Entonces se le ocurrió una idea. Petrowa no había escrito que fuera a estar allí.

Suponiendo que no hubiera visto a la policía en la entrada y que nada la hubiera retenido, podía haber dejado algo en el asiento, o quizá debajo.

No la había hecho ir hasta allí porque sí. Eso era seguro.

Julia encendió la linterna del móvil e iluminó la butaca, pero no encontró nada. Inspeccionó las ranuras. Nada.

—¡Eh, apaga la luz! —protestó uno de los adolescentes y se volvió furioso hacia ella.

Julia tapó el móvil con el dedo para que no se escapara más luz.

Cuando el chico volvió a concentrarse en la película, levantó el asiento.

Efectivamente, debajo había pegada una cajita del tamaño de un teléfono.

A Julia el corazón se le salía del pecho.

Arrancó la cajita y volvió a sentarse. Miró dentro con cuidado.

Contenía una pequeña tarjeta con banda magnética.

La sacó y la examinó. Julia no tenía ni idea de para qué servía, y se la guardó en el bolsillo del pantalón.

Después estudió la cajita. En algún sitio tenía que haber una pista escondida; si no, nada de aquello tenía sentido.

Iluminó el interior de la caja. El fondo estaba forrado con un papel aterciopelado y las caras interiores no llevaban nada escrito.

Le dio vueltas en todas direcciones, pero no había nada.

Al final tiró del papel aterciopelado. Se movió. Lo despegó y le dio la vuelta.

«Aseo de señoras, segunda cabina, debajo del inodoro».

Julia leyó el mensaje en voz baja para que Florian pudiera oírlo.

—Maldita sea —siseó él—. Esto no me da buena espina.

—Voy un momento a comprobarlo.

Julia apagó la luz del móvil y fue a toda prisa al aseo de señoras, en la parte trasera del cine.

Como las sesiones ya habían empezado, parecía estar sola.

Se agachó y miró por debajo de las cabinas para asegurarse de que no había nadie más.

Luego entró en la segunda cabina y palpó el inodoro en busca de un mensaje.

Efectivamente, encontró otra caja con una nota doblada.

«Deje su teléfono aquí dentro. En la primera cabina encontrará uno nuevo», leyó.

—Cielo santo —soltó Florian—. Ni se te ocurra hacerlo.

—Vale —respondió Julia y se quedó con su teléfono.

Volvió a fijar la caja vacía debajo del inodoro.

Luego recogió de la primera cabina la caja con el otro móvil.

Estaba encendido. Examinó la caja de cerca.

En el fondo había un número de teléfono.

Lo marcó. Sonaron cinco tonos hasta que por fin alguien descolgó. Julia contuvo el aliento, nerviosa.

—Cambie a videollamada —exigió Alina Petrowa.

Julia pulsó el símbolo. La rusa apareció en la pantalla. El fondo estaba oscuro y Julia no logró distinguir dónde se encontraba.

—Enséñeme la caja con su teléfono. Quiero saber si de verdad está ahí.

A Julia se le disparó el pulso. Guardó silencio y fue a la otra cabina.

—Todavía no lo he metido —dijo al abrir la caja.

La rusa sonrió con sorna.

—Me lo esperaba. Meta el móvil en la caja y gire la cámara para que pueda verlo.

Julia hizo lo que le ordenaba.

—Muy bien. Ahora salga del aseo y gire a la izquierda.

Camine unos treinta pasos hasta una puerta con el rótulo Personal .

Entre y baje por la escalera. Siga el cartel verde de la salida de emergencia.

Fuera espera un coche rojo. Suba atrás. —Le llegaron tres pitidos cortos al oído.

Después la línea quedó muda. Alina Petrowa había colgado.

—Julia, no puedes subirte a un coche desconocido. No estamos preparados para seguirte. Ven al aparcamiento grande. Abortamos la operación.

—De ninguna manera —replicó Julia y echó a andar—. Llevo el micrófono. Podéis rastrearme.

—Julia, por favor.

—Quiero saber para qué sirve la tarjeta de la primera caja. Podría ser de una consigna automática.

—No lo sé —dijo Florian con un suspiro—. La cosa se nos está yendo de las manos.

—No me va a pasar nada.

—¡Cuídate mucho, por favor! —dijo al fin. Julia le notaba el miedo en la voz. Pero para ella ya no había vuelta atrás. Eso había quedado descartado en cuanto entró en el cine, si no antes. Petrowa no se tomaría tantas molestias si no tuviera algo importante que contarle o que enseñarle.

—Lo haré —respondió con determinación y se dirigió a la puerta de personal.

Detrás había una escalera a oscuras; solo los carteles verdes que señalaban la salida de emergencia brillaban en la penumbra.

Encendió la luz y bajó la escalera a toda prisa.

Recorrió un pasillo estrecho que olía a cerrado.

Al final había una puerta. Julia la abrió de golpe y vio el coche rojo.

Era idéntico al de Burakow, el que había visto en las imágenes de las cámaras de seguridad del recinto de contenedores.

Al volante estaba Alina Petrowa. Julia no se lo pensó mucho y subió atrás.

—¿Va usted sola? —preguntó la rusa y la escrutó por el retrovisor.

Julia asintió. No logró articular palabra por miedo a que Petrowa le notara la mentira en la voz.

Recorrieron a una velocidad temeraria una calle de sentido único y después giraron una y otra vez.

Julia tenía el estómago como una piedra.

¿Y si algo salía mal y la policía no podía seguirlas?

El rastreo daba su posición, sí, pero, llegado el caso, Florian llegaría demasiado tarde.

A partir de ese momento tenía que dar por hecho que solo podía contar consigo misma.

—¿Por qué no me dice sin más de qué se trata? —le pidió a la rusa, pero esta negó enérgicamente con la cabeza.

—¿Está usted loca? No voy a sacrificar mi vida. Burakow me mata. Lo he organizado todo para que no pueda atraparme.

—Podríamos ir a la policía. La pondrían a salvo.

—¿A salvo? No me haga reír. Ni siquiera estoy legalmente en Alemania. ¿Qué van a hacer por mí? —Volvió a negar con la cabeza—. Venga. Lo que va a encontrar ahora, Burakow lo echará en falta muy pronto. Así que más le vale darse prisa.

—De acuerdo —dijo Julia y se agarró al asidero de encima de la ventanilla cuando Petrowa tomó una curva cerrada—. ¿Adónde vamos?

La rusa no respondió de inmediato. Tomó el siguiente desvío a una velocidad de vértigo. Luego frenó tan en seco que a Julia se le fue la cabeza hacia delante.

—¡Baje del coche!

—¿Qué? —preguntó Julia, espantada, y miró afuera. Estaba todo a oscuras. Probablemente Petrowa había aparcado el coche en un paso subterráneo.

—Venga —la apremió la rusa—. Dese prisa.

Julia se soltó el cinturón de seguridad y buscó la manilla de la puerta, indecisa. La rusa ya había bajado y había rodeado el coche. Abrió la puerta de un tirón.

—Baje, por favor, y levante los brazos. Tengo que cachearla.

A Julia se le encogió el estómago. Durante un segundo pensó en salir corriendo sin más, pero luego levantó las manos y notó los dedos de la rusa subiéndole por la espalda. Avanzaron hasta el hombro y se detuvieron en el cable. A Julia el corazón se le heló.

—Maldita sea. Me lo imaginaba —maldijo Petrowa. Arrancó los cables de un tirón. El auricular le arañó a Julia la piel de la oreja. La rusa le sacó del bolsillo del pantalón el otro móvil—. Esto me lo quedo —anunció.

Julia guardó silencio. Solo podía esperar que Alina Petrowa no perdiera los estribos.

—¡Suba! —ordenó la rusa, y Julia obedeció.

Siguieron a toda velocidad. Julia no tenía ni idea de adónde.

Sin el micrófono, ya nadie sabía dónde estaba.

Quizá acabara siendo un cadáver en un río o en un rincón solitario del bosque.

Sin móvil, ni siquiera podía hacer una llamada de emergencia.

Julia sentía el miedo en cada latido que le retumbaba en el pecho. Aun así, no se arrepentía de nada.